En Sri Lanka, la devoción no es un acto individual; es el ritmo de la vida diaria de la comunidad. Alejémonos del calendario que conocemos, un esquema que regula obligaciones laborales y vacaciones; aquí lo que marca el tiempo es un ciclo constante de obligaciones rituales, celebraciones comunales y observancias astrológicas. Y precisamente esta dimensión espiritual será uno de los grandes ejes de nuestro Viaje ONEIRA a Sri Lanka · Semana Santa 2026, un recorrido que nos permitirá vivir desde dentro esta realidad vibrante, compleja y profundamente arraigada. Para el visitante poco acostumbrado a ello, puede parecer un torbellino de procesiones y ofrendas, pero bajo la superficie se encuentra un sistema altamente estructurado de práctica espiritual. Los fundamentos bajo los que se rige este sistema son dos: la Pooja (la ofrenda ritual) y la Perahera (la procesión o festival).
El marco de todo el año espiritual lo marca nuestra vecina la luna. Cada día de luna llena, o Poya, es fiesta nacional. Sin embargo, un Poya no es un mero día de celebración festiva, sino uno de observancia religiosa intensificada. Es el día en que los laicos, a menudo vestidos de blanco impecable, acuden en masa al Viharaya (templo) para realizar el Sil (observar preceptos morales), meditar y escuchar sermones.

La Pooja es la unidad fundamental de esta devoción. Es el acto diario y personal de la ofrenda, el mecanismo central del budismo Theravada para cultivar la generosidad y acumular «mérito» (pin). En esencia, en lo que consiste la pooja es en una transacción ritual: se presentan flores (que simbolizan la impermanencia, pilar fundamental de la enseñanza budista), aceite para lámparas (que simboliza la iluminación) e incienso (que purifica el aire). Estas ofrendas no se hacen para «pedir» favores, sino como un acto de respeto y un recordatorio de las enseñanzas de Buda.
Mientras la Pooja es personal y el Poya es mensual, los festivales son la expresión comunal a gran escala de esta fe.
El más significativo es el Vesak. Celebrado en la luna llena de mayo, es la conmemoración triple del nacimiento, la iluminación y el parinirvana (muerte) de Buda. Durante el Vesak, la isla se transforma. En los edificios se cuelgan los kudu (farolillos de papel) de colores, que simbolizan la luz de la iluminación disipando la oscuridad de la ignorancia, mientras que en las calles se multiplican los dansala: puestos de comida y bebida gratuitos gestionados por la comunidad, un ejercicio masivo de generosidad (dāna).
Poco después, en junio, el Poson Poya conmemora un evento crucial para la identidad nacional: la llegada del budismo a Sri Lanka desde la India en el siglo III a.C. El foco se traslada a Mihintale, la colina donde, según la tradición, el monje Mahinda se reunió con el rey Devanampiyatissa, marcando el inicio de la fe en la isla.

Si Vesak representa la devoción, el festival de la espectacularidad es, sin duda, la Esala Perahera en Kandy. Esta procesión de diez noches, que se celebra en julio o agosto, es un evento de gran complejidad. Su función principal es honrar la reliquia más sagrada de la isla: el Diente de Buda. Es un despliegue de logística cultural que incluye cientos de bailarines, tamborileros y elefantes engalanados. La Perahera (procesión) también integra inteligentemente a los cuatro devales (santuarios) de dioses hindúes protectores de la isla, mostrando el sincretismo histórico de Sri Lanka.
Esta mezcla de hinduismo y budismo lo observamos aún con mayor ahínco en el sur, durante el Festival de Kataragama. Aquí, budistas, hindúes (que adoran al dios Murugan o Skanda) e incluso la población indígena Vedda, convergen en un festival de devoción intensa, que a menudo incluye actos de penitencia física como caminar sobre el fuego.
Desde la pooja silenciosa al amanecer hasta la colosal Perahera de Kandy, el calendario espiritual de Sri Lanka es un sistema funcional. Cada festival y cada ritual reafirman la doctrina, cohesionan a la comunidad y estructuran la vida cotidiana en torno a profundos principios budistas como el de la impermanencia y la generosidad en un despliegue creativo lleno de belleza y color.
A. Bermejo Vesga
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