Viaje a Perú 2027: Andres, Machu Picchu y la Amazonía
Perú 2027: un viaje entre los Andes, Machu Picchu y la Amazonía
Hay viajes que empiezan mucho antes de preparar la maleta. Comienzan con una fotografía, una conversación o ese lugar que llevamos años queriendo conocer. Nuestro viaje a Perú 2027 con ONEIRA club de viajeros ya puede empezar así: os invitamos a descubrirlo a través de una presentación visual que reúne el recorrido, las experiencias y la información necesaria para imaginar vuestra próxima aventura.
Del 11 al 26 de mayo de 2027 compartiremos 16 días por un país donde las ciudades, las montañas y la selva nos acercarán a formas muy distintas de vivir y entender el mundo. Regresamos a Perú después de nuestro viaje de 2019, con una propuesta que combina algunos de sus grandes escenarios con una estancia en la Amazonía de Tambopata.
De las ciudades coloniales a los caminos de los Andes
Comenzaremos en Lima y continuaremos hacia Arequipa, donde nos esperan el Monasterio de Santa Catalina, sus calles de colores y la presencia de los volcanes. Desde allí nos adentraremos en los paisajes del Colca y nos acercaremos al mirador de la Cruz del Cóndor, antes de continuar hacia Puno y el lago Titicaca.
La navegación por sus aguas nos llevará a las islas de los Uros y Taquile. Será una oportunidad para conocer comunidades en las que la relación con el lago y la tradición textil forman parte de la vida cotidiana. Más adelante, Cusco y el Valle Sagrado nos permitirán seguir el rastro del mundo inca entre templos, muros de piedra, terrazas agrícolas y pueblos que conservan su personalidad.
Machu Picchu ocupará, por supuesto, un lugar especial. Llegaremos en tren desde Ollantaytambo y realizaremos la visita guiada por el circuito confirmado. En Umasbamba compartiremos también un encuentro con la comunidad, su tradición textil y una ceremonia de agradecimiento a la Pachamama: otra manera de acercarnos al significado que la tierra tiene en la cultura andina.
Un cambio de escenario: la Amazonía
Desde Cusco viajaremos a Puerto Maldonado para continuar en embarcación hasta nuestro lodge. Cambiarán los colores, los sonidos y el ritmo del viaje. Las caminatas por la selva, el lago Sandoval y la observación de fauna nos acercarán a un entorno que se descubre con atención y paciencia. Cada encuentro dependerá de la naturaleza, y esa incertidumbre forma parte de la experiencia.
Os invitamos a recorrer la presentación
Hemos preparado una presentación con fotografías e información sobre cada etapa, los vuelos, los hoteles, los precios y las principales condiciones. Podéis avanzar a vuestro ritmo y deteneros en aquello que más os interese.
Y para quienes quieran seguir descubriendo Perú…
La extensión opcional a Nazca y Paracas, del 25 al 28 de mayo, añade el sobrevuelo de los geoglifos, la navegación a las Islas Ballestas y un recorrido entre dunas. Tiene contratación y condiciones propias, que encontraréis detalladas en el programa.
El viaje principal tiene un precio de 5.215 € por persona en habitación doble, con media pensión y las comidas adicionales indicadas. Incluye vuelos, tasas e impuestos previstos, visitas, seguro y propinas de guías y chóferes; las bebidas y otras propinas se abonan aparte, según programa.
Si os ilusiona acompañarnos, contactad con Alberto en info@oneira.es o el 629 667 213. Para consultar disponibilidad y formalizar reservas, David Esteso os atenderá en MÁS QUE UN PLAN, ClubViajeros@MasQueUnPlan.com, teléfonos 965 207 555 / 699 421 525.
Alberto Bermejo | ONEIRA club de viajeros
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Viaje a Perú: Península de Paracas
Nuestro viaje a Perú con Paracas como extensión opcional permite asomarse a uno de los contrastes más sorprendentes del país. ONEIRA club de viajeros recorrerá Perú del 11 al 26 de mayo de 2027; quienes elijan la extensión de Nazca y Paracas, del 25 al 28 de mayo, contratada aparte, podrán navegar hasta las islas Ballestas y acercarse al desierto. Una invitación a descubrir cómo una misma corriente alimenta la abundancia del océano y la aridez de la costa. Puedes conocer el programa del viaje a Perú con ONEIRA y su extensión al final del recorrido.
«En esta gran cadena de causas y efectos, ningún hecho puede considerarse aisladamente.»Alexander von Humboldt
La península de Paracas apenas recibe lluvia y no tiene un solo río. Frente a sus orillas, el agua que la rodea sostiene una de las pesquerías más productivas del planeta. Las dos cosas ocurren por la misma razón, y la razón empieza en el viento.
Los alisios soplan paralelos a esta costa, de sur a norte. La rotación de la Tierra desvía mar adentro esa agua superficial, y el hueco lo rellena otra que sube desde capas más profundas, fría y cargada de nitratos y fosfatos procedentes de la descomposición de materia orgánica. Eso es un afloramiento, y convierte el sistema de la corriente de Humboldt en uno de los mares más fértiles que existen. La anchoveta que cría sostiene una de las mayores pesquerías del mundo.
El precio lo paga la tierra. El agua recién llegada del fondo enfría el aire que tiene encima, y una inversión térmica limita su ascenso, favoreciendo nieblas y nubes bajas que apenas dejan lluvia sobre la costa.
De ambas cosas juntas salió algo imposible en otro lugar. Millones de aves pescan en ese mar y duermen en los islotes de enfrente, trasladando a la roca, en forma de excremento, la fertilidad que han sacado del agua. En otra costa la lluvia lo disolvería en una semana. Aquí apenas llueve, y el guano se acumuló durante milenios en capas de decenas de metros. El desierto resultó ser el almacén del mar.
Humboldt se llevó muestras a Europa en 1804 y los químicos de París comprobaron su extraordinaria riqueza fertilizante. Hacia 1840, con los suelos europeos agotados, empezó la fiebre. El Estado peruano controló los yacimientos y durante cuarenta años vivió de vender estiércol de pájaro: el guano, con las islas Chincha como uno de sus grandes centros de extracción, llegó a sostener la mayor parte de los ingresos fiscales del país.

Lo que vale tanto se defiende con barcos. El 14 de abril de 1864 una escuadra española ocupó las Chincha en medio de una crisis diplomática y buscando el punto donde más dolía; España no había reconocido todavía la independencia peruana. Perú, aliado con Chile, Ecuador y Bolivia, combatió el 2 de mayo de 1866 frente a las baterías del Callao, en el enfrentamiento que dejó en España la frase de Méndez Núñez sobre la honra y los barcos. La paz entre Perú y España no se firmó hasta 1879. La última campaña militar española en Sudamérica se libró por unos islotes cubiertos de excrementos.
Cuatro años antes de aquel combate, Victor Hugo había interrumpido Los Miserables para dedicar un capítulo a las alcantarillas de París, titulado «La tierra empobrecida por el mar». Sostenía que Europa arrojaba al agua su propia fertilidad mientras mandaba barcos al otro extremo del mundo a recoger estiércol de aves marinas. «No hay guano comparable a los detritos de una capital», escribió; «si nuestro oro es estiércol, nuestro estiércol es oro». Aquellos barcos estaban fondeados frente a Paracas.
Quien navega hoy hasta las Ballestas encuentra el sistema en marcha, y sorprende su sencillez. Una cadena alimentaria muy corta conecta aquí el plancton con los grandes depredadores. Diatomeas, anchoveta, y a partir de ahí todo lo demás: colonias de guanayes que oscurecen la roca, piqueros, pelícanos de medio metro de pico, pingüinos de Humboldt a catorce grados de latitud, que están ahí porque la corriente arrastra agua fría desde el sur, y lobos marinos de trescientos kilos en las repisas. Muchos dependen de la anchoveta, aunque no sea su único alimento.
En el barro de la bahía se alimentan las parihuanas, flamencos blancos con las alas rojas. Allí desembarcó San Martín el 8 de septiembre de 1820 con la expedición libertadora, y la tradición sostiene que de aquellas aves sacó los colores de la bandera peruana. La historia es dudosa, aunque tiene su lógica: en esta costa, hasta el color de una bandera terminaría saliendo de lo que asciende cada mañana desde el fondo.
Si te apetece descubrir este encuentro entre naturaleza e historia, consulta la extensión opcional a Nazca y Paracas de nuestro viaje a Perú. En ONEIRA club de viajeros nos gusta recorrer los lugares con las historias que ayudan a comprenderlos.
A. Bermejo Vesga
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Rostros de Perú
Un viaje cultural a Perú también se disfruta conociendo las historias de quienes hicieron del país su hogar. Con ONEIRA club de viajeros recorreremos Perú del 11 al 26 de mayo de 2027, en un itinerario por Lima, los Andes y la Amazonía. Nuestra estancia en la capital invita a acercarnos a un país cuya identidad se ha formado con raíces indígenas y con aportaciones llegadas de muy lejos. La música, el arte y las palabras conservan la memoria de ese encuentro, a veces doloroso, que sigue formando parte de la vida peruana.
«El que no tiene de inga, tiene de mandinga.» Dicho popular peruano
En las haciendas de azúcar y algodón de la costa peruana trabajaron, a lo largo del siglo XIX, hombres traídos de África y Asia: las sucesivas llegadas estuvieron ligadas a la demanda de mano de obra. San Martín decretó la libertad de vientres en 1821 y Ramón Castilla abolió la esclavitud en 1854 indemnizando a los propietarios. A esas haciendas llegaron unos cien mil cantoneses contratados entre 1849 y 1874, con contratos de ocho años en un idioma que muchos no sabían leer. Cuando el escándalo internacional cerró aquel tráfico, en 1899 atracó en el Callao el Sakuramaru con setecientos noventa japoneses; en 1936 ya eran veintitrés mil.
Cada comunidad tuvo que inventarse una palabra para los hijos que ya eran de aquí. En la colonia, criollo designaba al nacido en América, incluidos los esclavizados nacidos allí, frente al bozal llegado de África; con los siglos el término pasó a nombrar la cultura popular de la costa que esas mismas familias levantaron. Los descendientes de los cantoneses se llaman tusán, del cantonés nacido en este lugar. Los de los japoneses, nikkei.

Esa herencia arraigó hasta tejer sus propias coordenadas. Chincha y el distrito de El Carmen concentran las peñas y las familias que sostienen la música afroperuana, los Ballumbrosio entre ellas. Nicomedes Santa Cruz dio nueva proyección literaria a la décima. Y Susana Baca fue nombrada ministra de Cultura en 2011.
A los tusanes se les reconoce el barrio desde la esquina. El de Lima, en torno a la calle Capón, es uno de los más antiguos de América, y sus sociedades de beneficencia funcionan desde finales del siglo XIX, creadas para repatriar cadáveres y sostener a quienes terminaban sus contratos sin nada. El arco que marca la entrada se inauguró en noviembre de 1971, donado por la colonia china para celebrar los ciento cincuenta años de la independencia peruana.
La trayectoria nikkei fue más accidentada. De las plantaciones pasaron a los pequeños comercios de Lima, y en 1940 una oleada de disturbios antijaponeses los saqueó barrio por barrio. A partir de 1942, rotas las relaciones con Japón, el Perú deportó a más de mil setecientas personas de origen japonés a campos de internamiento en Estados Unidos: familias arraigadas en un país encerradas en los campos de otro. En 1990, Alberto Fujimori llegó a la presidencia, el primer descendiente de japoneses que gobernaba un país fuera de Japón.
Y hay un rostro que reúne dos de las tres oleadas. Tilsa Tsuchiya nació en Supe en 1928, hija de un médico japonés y de una peruana tusán, se formó en Bellas Artes con la promoción que la crítica llama de oro y pintó una serie de mitos sin parecido con nada anterior. Su cara está hoy en el billete de doscientos soles.
La fortuna quiso que la cultura española se cruzara en esta historia. Los esclavizados de los puertos se fabricaron un instrumento con cajas de madera empleadas para transportar mercancías: una caja que se toca sentado encima, golpeando la tapa con las manos. Y en 1977 un tal Paco de Lucía pasó por Lima, coincidió con el percusionista Caitro Soto y volvió a España con uno debajo del brazo. De este origen tan singular salió el compás que hoy sostiene casi todo el flamenco español.
Conocer estas historias añade otra dimensión a los días en Lima. Detrás de una canción, de un apellido o de una palabra aparecen trayectorias que cruzaron océanos y acabaron encontrándose en una misma ciudad. Esa mirada cultural acompaña nuestro recorrido por Perú, junto a sus grandes paisajes y su legado arqueológico. Puedes conocer el viaje a Perú de mayo de 2027 y descubrir otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
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Por qué un viaje a Vietnam transforma al viajero
Un viaje cultural a Vietnam ofrece mucho más que una sucesión de visitas: permite acercarse a una forma de vivir que despierta nuestra curiosidad a cada paso. Con ONEIRA club de viajeros recorreremos Vietnam y Camboya del 7 al 22 de enero de 2027, desde las calles de Hanói hasta el delta del Mekong, con un crucero por Ha Long y etapas en Huế y Hoi An. Entre esos lugares también habrá tiempo para descubrir qué nos ocurre cuando el viaje empieza a importarnos de una manera que no habíamos previsto.
En un álbum de Vietnam, los grandes paisajes ocupan mucho espacio. Hay islas que emergen de la bruma y calles encendidas por farolillos. Sin embargo, al hablar del viaje, a veces la voz se detiene en otra imagen: alguien acercando una silla para hacer sitio, unas manos que sirven un cuenco, una conversación que tuvo que resolverse con gestos. Allí empieza una memoria más difícil de ordenar. La que no cabe entera en las fotografías.
Quizá por eso Vietnam permanece en tantos viajeros. Sus paisajes impresionan, pero lo que ocurre entre una visita y la siguiente puede acabar teniendo un peso inesperado.
El primer desconcierto
Hanói se descubre también con el cuerpo. El sonido de una moto llega antes que su imagen; de una cocina abierta a la calle sale un olor que obliga a volver la cabeza. En una acera conviven el trabajo y la conversación, mientras alguien busca sitio para pasar. Los ojos intentan atender a todo y, durante un rato, no saben dónde quedarse.
Esa intensidad exige una adaptación. Se llega con hábitos muy asentados acerca de cómo debe funcionar una calle, cuánto espacio necesita una comida o dónde termina lo privado. Vietnam pone algunos de ellos en cuestión. Un taburete pequeño basta para prolongar una charla junto a la puerta de un negocio. La preparación de un plato puede ocupar el centro de la escena urbana.
Al principio buscamos lo conocido para orientarnos. Después empezamos a distinguir detalles dentro de lo que parecía una masa confusa: un gesto, una tarea, el cuidado con el que alguien ordena su mercancía. La atención encuentra por fin dónde posarse.
La belleza pide otro ritmo
Tras la intensidad de la ciudad, el agua cambia la experiencia. En Tam Coc, el avance de una barca permite seguir con la mirada la pared de una montaña y descubrir cómo su reflejo se deshace al paso de un remo. En Ha Long, los relieves de piedra van apareciendo unos detrás de otros. La distancia se vuelve visible en sus distintos tonos, hasta que las últimas siluetas apenas se separan del cielo.
Es fácil levantar el teléfono. Más difícil resulta guardarlo antes de haber hecho otra fotografía. Pero basta permanecer unos minutos mirando para advertir cuánto estaba quedando fuera del encuadre: el movimiento del barco, una corriente de aire, la luz que cambia sobre la misma roca.
Hoi An propone una atención distinta. Los farolillos atraen la mirada hacia arriba; a la altura de la calle, la vida continúa entre comercios y puertas abiertas. Un mismo paseo admite la imagen luminosa de la ciudad y la escena modesta de quien termina su jornada. Al dejar de buscar únicamente la fotografía reconocible, el lugar gana profundidad.
De las imágenes a las personas
Viajar modifica las distancias. Antes de llegar, una ciudad puede ser poco más que un nombre y una colección de imágenes. Luego tiene voces, horarios, gente que trabaja mientras nosotros estamos de vacaciones. Una persona concreta ocupa el lugar de aquella idea tan amplia de «los vietnamitas».
Hay encuentros breves que adquieren una importancia difícil de explicar. Que alguien tenga paciencia cuando no sabemos pedir. Que el guía encuentre una comparación que nos permita entender una costumbre. Que una broma atraviese, como pueda, la barrera del idioma. Nada de eso necesita convertirse en una gran anécdota para acompañarnos de vuelta.
También importa aceptar lo que ignoramos. Una sonrisa no cuenta por sí sola una vida, y unos minutos de conversación no nos convierten en conocedores de un país. Precisamente ese límite puede despertar algo valioso: las ganas de escuchar más, preguntar mejor y juzgar con menos rapidez.

Un país que no se queda en el pasado
Para muchos visitantes, Vietnam existió primero a través de las imágenes de una guerra. Conocer sus huellas, acercarse a Cu Chi o visitar el Museo de Recuerdos de la Guerra en Saigón añade una gravedad necesaria al recorrido. Algunas imágenes obligan a detenerse y dejan preguntas que no se resuelven al salir.
Fuera del museo, la ciudad sigue. Hay jóvenes que van al trabajo, negocios que abren y familias con sus propios planes. Ese presente merece tanta atención como la historia. El país que estamos recorriendo tiene preocupaciones y deseos que no nacen de nuestra memoria de él.
Mirar ambas cosas a la vez ensancha el viaje. La belleza deja de ser una impresión aislada y convive con lo que hemos aprendido. A veces una calle que atravesamos al llegar se ve de otra manera unos días después, aunque no haya cambiado nada en ella.
Lo que vuelve contigo de un viaje cultural a Vietnam
En un viaje compartido, esa experiencia se prolonga en la conversación. Durante una cena, alguien recuerda una escena que los demás pasaron por alto. Otro encuentra palabras para una emoción que todavía no sabíamos explicar. El recuerdo incorpora esas miradas y, con ellas, a quienes estuvieron a nuestro lado.
La transformación, si llega, puede ser pequeña. De vuelta en casa, tal vez prestemos más atención a quien nos sirve un café. O recuperemos las ganas de probar algo desconocido, después de comprobar que aún conservamos una buena capacidad de asombro. No hace falta regresar convertidos en otra persona para que el viaje haya dejado algo importante.
Vietnam ofrece ocasiones para esa apertura. La intensidad obliga a estar presente; la belleza invita a quedarse mirando. Y entre ambas aparecen personas que dejan de ser desconocidos anónimos durante un instante. Después, al ordenar las fotografías, puede que volvamos a detenernos en aquella escena sin monumentos. Ahora sabemos por qué la guardamos.
Si te apetece descubrir Vietnam con esta mirada, conoce nuestro viaje en grupo a Vietnam y Camboya de enero de 2027 y otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.
Alberto Bermejo
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Viaje a Vietnam: una herencia de Indochina
La extraña herencia de Indochina
En un viaje a Vietnam en grupo, las huellas de Francia aparecen en lugares inesperados: una fachada, una taza de café o las letras de un letrero. Con ONEIRA club de viajeros recorreremos Vietnam y Camboya del 7 al 22 de enero de 2027, con etapas en Hanói y Saigón, donde nuestro programa incluye la Oficina Central de Correos, el Ayuntamiento y la Ópera. El viaje a Vietnam y Camboya con ONEIRA nos permitirá acercarnos a esa herencia, pero también a lo que los vietnamitas hicieron con ella: transformarla hasta volverla propia.
La etapa colonial francesa de Vietnam se extendió durante casi un siglo, desde los cañonazos sobre Danang en 1858 hasta la derrota de Dien Bien Phu en 1954. Fue tiempo suficiente para partir el país en tres unidades administrativas, encajarlo dentro de un invento cartográfico llamado Indochina y dejar bulevares, catedrales y una ópera. Y también, sin proponérselo, para entregarle la herramienta con la que acabaría siendo expulsada.
Vietnam es uno de los países de la antigua órbita cultural china que dejaron de escribir habitualmente con caracteres. Hoy lo hace en alfabeto latino, con esa constelación de tildes que vuelve su escritura inconfundible, y ese sistema —el quốc ngữ— lo idearon misioneros jesuitas del siglo XVII para catequizar. Dos siglos después, la administración francesa lo impuso en las escuelas con una intención concreta: cortar el cordón que unía al país con China y con su clase de letrados. En 1919 se celebraron los últimos exámenes imperiales y se cerró el sistema que había seleccionado durante siglos a sus funcionarios-poetas.

Lo que ocurrió después fue lo contrario de lo previsto. Los nacionalistas de la Escuela Libre de Tonkín comprendieron en 1907 que ese alfabeto permitía alfabetizar al pueblo a una velocidad imposible con los caracteres, y lo adoptaron como bandera; más tarde, las campañas del Việt Minh lo convirtieron en instrumento de movilización revolucionaria. Un artefacto de misioneros, impuesto por un imperio, terminó siendo el arma con la que ese imperio fue expulsado, y hoy nadie plantea abandonarlo. Del francés, en cambio, la Organización Internacional de la Francofonía calculaba unos setecientos mil hablantes en 2022, menos del uno por ciento de la población. Se conservó el envase y se devolvió el contenido.
Esa misma operación tuvo su momento más brillante el 2 de septiembre de 1945, en la plaza Ba Đình de Hanói. Ho Chi Minh proclamó la independencia con un discurso que arranca citando la Declaración de Independencia norteamericana y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, para enumerar acto seguido lo que Francia había hecho en ochenta años: la explotación económica, el alcohol y el opio, las tierras arrebatadas a los campesinos, la hambruna que aquel mismo año se había llevado a más de un millón de personas en el norte. Un independentista le devolvía a Francia sus propios artículos leídos en voz alta: se había hecho anticolonialista en París, retocando fotografías para comer y presentando en Versalles un memorándum que quedó sin respuesta.
Lo que Francia dejó plantado siguió el mismo camino. Saigón se trazó como una ciudad europea de provincias, con bulevares arbolados, un ayuntamiento de fachada afrancesada, la catedral de Notre-Dame levantada con ladrillo traído de Marsella y una oficina central de correos de nave abovedada que casi todas las guías atribuyen a Eiffel sin fundamento alguno. Hanói respondió con una Ópera que copia en pequeño el Palacio Garnier, un barrio de villas ocres y el puente Long Biên tendido sobre el río Rojo. Y en las montañas quedó Dalat, estación de altura inventada para que los colonos escaparan del calor, con sus chalés pastel y su lago artificial, hoy destino favorito de las lunas de miel vietnamitas. Todo aquello sigue en uso, con cafés en los soportales, motos aparcadas en los porches y ropa tendida en balcones de hierro fundido.

Con la comida ocurrió algo parecido. La baguette llegó con Francia y aquí se convirtió en un pan de miga ligera y corteza fina; rellena de paté, cilantro, chile y encurtido de zanahoria, dio el bánh mì, palabra que ya figura en los diccionarios ingleses. Los franceses plantaron café, pero la leche fresca era impracticable en aquel clima, de modo que se recurrió a la condensada, y de ahí salió el café helado que hoy se bebe en cada esquina. Hasta el áo dài, la prenda que pasa por esencia de la tradición vietnamita, debe parte de su silueta moderna a un rediseño de los años treinta obra de un pintor influido por la moda de París.
Graham Greene ambientó en Saigón, a mediados de los cincuenta, la novela que retrata el momento exacto en que los franceses hacían las maletas y los estadounidenses tomaban posiciones. Del imperio que se marchaba queda hoy un alfabeto que ya es vietnamita, un pan que dejó de ser francés y unas cuantas fachadas ocupadas por gente que no las construyó.
Para descubrir estas historias sobre el terreno, consulta nuestro viaje a Vietnam y Camboya de enero de 2027y conoce otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
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Espíritus de Vietnam
Espíritus de Vietnam
Un viaje cultural a Vietnam también se disfruta aprendiendo a mirar lo que no aparece a primera vista. En el viaje a Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, conoceremos el templo Ngọc Sơn, junto al lago Hoàn Kiếm de Hanói, y un templo Cao Đài en el delta del Mekong. Dos lugares de nuestra ruta que nos invitan a descubrir un país donde los espíritus no pertenecen únicamente a las leyendas: también encuentran su sitio en los hogares, los comercios y la vida cotidiana.
«Todo está lleno de almas.» Victor Hugo, Las contemplaciones
En 1853, desterrado en Jersey, Victor Hugo pasó dos años sentado ante una mesa de tres patas transcribiendo lo que le dictaban los muertos. Por allí desfilaron Shakespeare, Aníbal, Jesucristo y el propio océano. Sus allegados guardaron las actas de aquellas sesiones y en Francia el episodio se recuerda como una excentricidad de un genio en el exilio. Setenta años más tarde, en una llanura del sur de Vietnam, aquello tuvo una consecuencia que a Hugo no se le pudo pasar por la cabeza.
En 1926, un grupo de funcionarios vietnamitas al servicio de la administración colonial fundó una religión que aseguraban haber recibido dictada, también mediante escritura mediúmnica. El espiritismo de salón francés había desembarcado en la colonia y se había encontrado allí con una tradición local de oráculos por pincel que llevaba siglos en funcionamiento. La religión se llamó Cao Đài, tiene su sede en Tây Ninh, y en su templo, bajo un Ojo Divino de varios metros, hay un mural donde tres santos firman una alianza entre Dios y los hombres: un poeta vietnamita del siglo XVI, Sun Yat-sen y Victor Hugo, con levita y pluma en la mano. Es el patrón espiritual de sus misiones en el extranjero.

Como anécdota resulta simpática, aunque conviene leerla más bien como síntoma: el mundo invisible vietnamita está densamente poblado y admite incorporaciones. También está ordenado, y su orden es vertical. En muchas casas y comercios del país, lo invisible se reparte por alturas. En lo alto de la pared, el altar de los antepasados. A ras de suelo, junto a la puerta del negocio, una hornacina roja iluminada con dos figuras —el dios de la tierra y el dios de la riqueza—, con su ofrenda de café, plátanos y un cigarrillo encendido: están abajo porque pertenecen a la tierra y porque tratan con quien cruza el umbral. Y fuera, en el bordillo, se deja comida para las almas sin familia, a las que se alimenta y no se invita a pasar. Tres alturas, tres grados de confianza.
La liturgia más espectacular pertenece al culto de las Diosas Madre, que divide el universo en palacios —el cielo, las montañas, las aguas—, cada uno con su color y su señora, y un panteón de decenas de figuras. En su ritual central, un médium cubierto con un velo rojo va siendo ocupado por un espíritu tras otro, hasta treinta y seis en una sola sesión, cambiándose de vestido en público mientras una orquesta canta la música que corresponde a cada personaje; al terminar cada encarnación, el espíritu reparte dinero y fruta entre los asistentes. La administración colonial lo llamó superstición y las autoridades socialistas también: estuvo prohibido hasta 1987. En 2016, la UNESCO lo inscribió como patrimonio inmaterial de la humanidad.
Nada de esto vive confinado en los templos. La primera persona que cruza el umbral de una casa el día de Año Nuevo determina la suerte de los doce meses siguientes, de manera que se elige con antelación, se comprueba su año de nacimiento y se la cita a una hora exacta. Si el primer cliente de la mañana mira el género y se marcha sin comprar, el tendero quema un papel en la puerta y abanica el humo hacia la calle para limpiar la jornada. Las matrículas de moto cuyas cifras suman nueve se pagan a precios desproporcionados. Y quienes hacen esto son ingenieros de treinta años y promotoras inmobiliarias que contratan geomantes antes de levantar un edificio. Hay un refrán vietnamita que lo explica mejor que cualquier tratado: si veneras, la cosa se vuelve sagrada; si te abstienes, sales indemne. Pascal, en la Francia del siglo XVII, calculó exactamente lo mismo.
Y el catálogo no se limita a los humanos. En toda la costa central los pescadores veneran a la ballena como protectora de náufragos y la llaman "señor pez": cuando una vara en la arena se le celebra un funeral completo, y quien la encuentra primero guarda luto como si hubiera perdido a un padre. Hay templos que custodian esqueletos de veinte metros. En el centro de Hanói, en cambio, lo que se conserva es una tortuga: el último ejemplar gigante del lago Hoàn Kiếm murió en 2016, la noticia abrió los informativos y hubo quien la interpretó como un aviso. Está conservada, en una vitrina, en el templo de la isla, recibiendo visitas.
Descubre el viaje a Vietnam y Camboya de enero de 2027 y sigue explorando otras culturas con ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
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Viaje a Vientam: el culto a los antepasados
El culto a los antepasados
Un viaje cultural a Vietnam en grupo permite acercarse a una cultura en la que los vínculos familiares no terminan con la muerte. En el viaje a Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, conoceremos Hanói, Huế, Hoi An y Saigón. La ruta incluye también Quang Phu Cau, el pueblo del incienso: una buena ocasión para pensar qué significado tienen esas varillas más allá de su color y su aroma. Este artículo nos invita a mirar hacia el lugar donde tantas de ellas acaban encendidas: el altar familiar.
El altar familiar en Vietnam
En muchas casas vietnamitas puede faltar el sofá, pero no el altar. Ocupa un lugar elevado y destacado de la vivienda, y en él hay fotografías de padres y abuelos, un incensario, fruta, té y a veces un paquete de tabaco o una taza de café, porque al abuelo le gustaban. No es un rincón devocional ni un recuerdo enmarcado: es un sitio en uso. Antes de un examen, de un viaje o de una operación, alguien enciende unas varillas y le cuenta lo que ocurre. Ni la vivienda moderna ha borrado esa presencia: el altar también encuentra su sitio en los pisos de la ciudad.
La consecuencia más desconcertante para un visitante europeo es de calendario. En Vietnam, una de las grandes fechas familiares no es el cumpleaños del difunto, sino el aniversario de su muerte: el đám giỗ. Suele contarse por el calendario lunar, se cocina durante la mañana, viene la familia y se sirve al muerto antes que a nadie. Después se espera. En muchas familias, el tiempo que tarda el incienso en consumirse marca la espera antes de compartir las ofrendas. Es como si él hubiese comido primero y solo entonces se sentaran los vivos a comer lo mismo. Lejos de ser una ceremonia fúnebre repetida cada año, es una comida familiar en la que el ausente es el anfitrión. En Año Nuevo se limpia la casa para recibir a los antepasados, se les invita a quedarse los días de fiesta y al terminar se les despide.
La vía de los abuelos
Nada de esto se deja encerrar fácilmente en una sola religión, y ahí está la clave. También se habla de đạo ông bà, la vía de los abuelos, y estas prácticas pueden encontrarse entre budistas, católicos y personas sin afiliación religiosa, porque atraviesan la frontera entre la fe y el parentesco. Las formas varían, pero la obligación de recordar resulta reconocible.
La lengua ayuda a entenderlo. En vietnamita existe tôi, un pronombre de primera persona relativamente neutro, especialmente en contextos formales. Sin embargo, en la conversación cotidiana es muy frecuente nombrarse y dirigirse al otro mediante términos de parentesco —hermano mayor, tía, nieto— incluso cuando se habla con alguien que no pertenece a la familia. Un idioma que lleva tantas relaciones familiares a la conversación difícilmente iba a expulsar de casa a quienes fundaron ese árbol genealógico.

Una larga discusión entre la fe y la familia
Cuando los misioneros llegaron a Asia oriental se dividieron: muchos jesuitas sostenían que honrar a los antepasados era un acto civil y familiar, compatible con el bautismo; otros religiosos lo consideraban idolatría. El pleito, conocido como la querella de los ritos, se prolongó durante generaciones, llegó hasta el emperador de China y dio lugar a condenas papales como la de 1704, que restringieron aquellas prácticas entre los conversos. Fue un obstáculo enorme para la misión, porque podía exigir a las familias elegir entre el bautismo y los gestos con los que honraban a sus mayores.
La instrucción romana de 1939 abrió una nueva etapa al admitir determinados homenajes civiles a los difuntos. En Vietnam, las orientaciones episcopales de 1965 y 1974 desarrollaron esa apertura y precisaron cómo podían practicarse los ritos familiares de manera compatible con la fe católica. Hoy, en muchas casas católicas del país, el crucifijo y el altar dedicado a los antepasados comparten el espacio doméstico. Habían hecho falta siglos de debate para reconocer el lugar de aquellos gestos en la vida familiar.
La memoria también ocupa el espacio público
Tampoco el materialismo de Estado borró la necesidad de recordar. Junto a las campañas contra determinadas prácticas consideradas supersticiosas, la memoria nacional fue llenándose de cementerios de combatientes caídos, homenajes e incienso. No son ritos idénticos a los de una casa, pero muestran hasta qué punto el vínculo con los muertos sigue dando forma a la vida pública.
Ho Chi Minh pidió en su testamento ser incinerado y que sus cenizas se repartieran entre el norte, el centro y el sur del país; su cuerpo, sin embargo, fue conservado y permanece en el mausoleo de Hanói. La familiaridad del nombre con el que se le recuerda, tío Ho, convive con la solemnidad del homenaje nacional.
Un plato más en la mesa
Queda la parte que duele. En una tradición donde el muerto necesita un lugar, un nombre y parientes que lo recuerden, morir lejos y sin sepultura puede adquirir un significado especialmente angustioso: el alma se imagina errante y hambrienta, sin dirección a la que volver. Las guerras del siglo XX dejaron cientos de miles de combatientes sin localizar o sin identificar. Detrás de cada cifra hay una familia que no sabe dónde buscar.
Durante décadas, miles de familias han recorrido el país intentando encontrarlos, y algunas han recurrido a médiums que afirmaban poder localizar restos, en un fenómeno que llegó a encontrar amparo en iniciativas institucionales. Esa acogida no demuestra la validez de sus métodos, pero sí ayuda a medir la profundidad de la necesidad a la que respondían.
Se les puede llamar superstición si se quiere. También se les puede llamar lo que son: gente intentando poner un plato más en la mesa.
Para conocer Vietnam con esta mirada cultural, descubre el viaje de enero de 2027 con ONEIRA y otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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Comer en Vietnam
Comer en Vietnam
Un viaje a Vietnam en grupo también se disfruta alrededor de una mesa. En el recorrido por Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, pasaremos por Hanói, Huế, Hoi An y Saigón, ciudades que permiten acercarse a distintas cocinas del país. La gastronomía también tendrá su espacio como parte de ese descubrimiento. Antes de sentarnos a comer, merece la pena conocer algunas de las ideas que dan sentido a lo que llegará al cuenco.
Del garum al nước mắm
A pocos kilómetros de Tarifa, en las ruinas romanas de Baelo Claudia, todavía se distinguen las piletas donde se elaboraban salazones y garum: pescado, sal y fermentación. Fue una industria enorme, y la costa hispana exportaba sus productos a todo el Mediterráneo. Aquella salsa perdió protagonismo con el tiempo, aunque Europa no abandonó por completo este tipo de sabores: la colatura de anchoas de Cetara, en Italia, recuerda que la tradición tiene parientes cercanos.
En Vietnam, el nước mắm —pescado, habitualmente anchoas, y sal que pueden reposar durante meses en grandes toneles de madera— sostiene por debajo buena parte de la cocina del país. El viajero español que arruga la nariz al destaparlo está encontrándose con un principio culinario que su propia costa conoció hace muchos siglos. No hace falta imaginar una transmisión directa entre Roma y Vietnam para apreciar el parentesco: aprovechar el pescado, conservarlo y dejar que el tiempo transforme su sabor.
Ese es un buen aviso para lo que sigue, porque la cocina vietnamita se entiende mal desde los tópicos que han viajado hasta aquí. Bajo los rollitos y el caldo de fideos hay un sistema, y funciona con reglas que van más allá de una receta.
Frío y caliente no hablan de temperatura
La primera es la más desconcertante. En una tradición alimentaria influida por el equilibrio entre yin y yang, algunos alimentos se clasifican como fríos o calientes. La clasificación no se refiere a la temperatura del plato, sino al efecto que tradicionalmente se les atribuye en el cuerpo. El pato se considera frío, de modo que puede acompañarse de una salsa de jengibre, entendido como caliente. Mariscos y especias participan de ese mismo juego de compensaciones.
No es una tabla de propiedades médicas demostradas ni una regla que explique cada comida de cada familia. Es una manera cultural de pensar el alimento, el clima y el bienestar. Detrás está la idea de que la frontera entre comida y remedio es porosa: los caldos con raíces, la gallina con hierbas medicinales y las dietas que acompañan determinados momentos de la vida. Para el viajero, reconocer esa lógica ayuda a entender combinaciones que, vistas desde fuera, podrían parecer caprichosas.
Una mesa que se compone bocado a bocado
La segunda regla es de estructura, y explica más de lo que parece. En una mesa familiar vietnamita es habitual que los platos se compartan y se coloquen en el centro: arroz, un salteado, un pescado, un caldo, verduras y encurtidos. No todo el país come de una única manera, ni un banquete imperial sigue necesariamente esa organización, pero la mesa compartida es una buena puerta de entrada.
Cada comensal tiene un cuenco pequeño y va montando bocado a bocado lo que le apetece, combinando sabores y ajustando los condimentos disponibles. Una salsa puede reunir nước mắm, lima, ajo, chile y azúcar. Al comensal no se le entrega siempre una obra cerrada, sino un conjunto de piezas que termina de componer él mismo.
El plato de hierbas frescas que acompaña tantas preparaciones —perilla, menta, cilantro largo y otras hojas aromáticas— funciona con esa misma lógica: material de obra, no simple guarnición. Una hoja cambia el perfume de un bocado; un poco de lima modifica el siguiente. Comer allí tiene mucho de trabajo manual.
Aunque el idioma revela quién manda de verdad. Ăn cơm, literalmente «comer arroz», se utiliza para hablar de comer o de tomar una comida, sin necesidad de enumerar el menú. La carne, el pescado y las verduras pueden entenderse entonces como lo que acompaña al arroz. Son, por así decirlo, sus comparsas.

Tres cocinas en un viaje a Vietnam
Sobre ese armazón común, el país se divide en tres cocinas que son casi tres biografías. El norte suele buscar sabores más contenidos y un dulzor menos marcado. En Hanói tienen un lugar propio el bún chả, cerdo a la brasa con fideos de arroz, y el chả cá, pescado con cúrcuma y eneldo asociado a una de las tradiciones gastronómicas más reconocibles de la ciudad.
El centro cocina también con la memoria de lo que fue: Huế tuvo corte imperial, y parte de su mesa conserva el gusto por las pequeñas porciones y las presentaciones minuciosas. Su cocina popular añade sabores intensos y un picante que no siempre concede tregua. No hay que reducir toda la región a un banquete de palacio: la calle tiene mucho que decir.
En el sur son frecuentes un dulzor más visible, las hierbas abundantes y el uso de leche de coco en distintas preparaciones. La cocina del delta incorpora sopas agrias de tamarindo, pescado y productos de una tierra atravesada por el agua. Son tendencias que ayudan a orientarse, no fronteras que impidan que un plato viaje o cambie de una casa a otra.
El arroz da para pensar el universo
Y hay un relato que los vietnamitas cuentan a los niños y que resume el asunto mejor que cualquier tratado. Un rey antiguo anunció que heredaría el trono el hijo que le trajese el mejor manjar, y los príncipes se dispersaron en busca de rarezas. Según la leyenda, Lang Liêu, el de menos recursos, recurrió a los productos cotidianos y preparó dos pasteles de arroz: uno cuadrado, envuelto en hoja verde, que representaba la tierra; otro redondo, que representaba el cielo. Ganó el trono.
El primero es el bánh chưng; el segundo, el bánh giầy. El bánh chưng sigue asociado al Tết, el Año Nuevo lunar, y su preparación tradicional exige horas de cocción y trabajo compartido. No se hace en todas las casas ni tiene un único tiempo de elaboración, pero conserva la fuerza de aquella historia: lo valioso no estaba necesariamente lejos, y el arroz da para pensar el universo entero.
Conocer estas claves cambia la manera de mirar una mesa. Si quieres seguir descubriendo el país con nosotros, consulta el viaje a Vietnam y Camboya de enero de 2027 y conoce el proyecto de ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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Vietnam sobre dos ruedas
Vietnam sobre dos ruedas: la coreografía del orden invisible
Para viajar a Vietnam en grupo también conviene aprender a mirar lo que sucede entre una visita y la siguiente. En el viaje a Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, conoceremos Hanói y Ciudad Ho Chi Minh, dos ciudades donde las motocicletas forman parte inseparable del paisaje cotidiano. Nuestro recorrido por el Barrio Antiguo de Hanói y las visitas de Saigón permitirán observar una escena que cuenta mucho del país: la vida que se organiza sobre dos ruedas.
Quien pisa por primera vez las calles de Hanói o Ciudad Ho Chi Minh experimenta un desconcierto inmediato. Ante sus ojos se abre una corriente densa de motocicletas que avanzan, giran y cruzan intersecciones en un movimiento que cuesta descifrar. Hay semáforos, carriles y normas de circulación, aunque desde la acera el recién llegado perciba sobre todo una sucesión de trayectorias entrelazadas. Lo que a primera vista parece un colapso inminente deja entrever una de las escenas más características del Vietnam urbano: una coordinación cotidiana que se aprende con la práctica, pero que no está libre de conflictos ni de riesgos.
La física de los fluidos en el asfalto
Para quien llega de ciudades donde el tráfico se organiza mediante separaciones muy visibles, el contraste resulta llamativo. En muchas calles vietnamitas, la circulación recuerda a la dinámica de los fluidos. Los ciclomotores y motocicletas parecen un banco de peces o una corriente de agua que busca huecos y sortea obstáculos, ajustando continuamente su curso.
La comparación ayuda a describir lo que vemos, aunque no sea una ley física ni explique por sí sola el comportamiento de todos los conductores. Entre las motos también circulan coches, autobuses y vehículos de reparto. Hay frenazos, atascos y decisiones que no siempre se anticipan a tiempo. Esa mezcla impide reducir la calle a una coreografía perfecta.
Los conductores se observan y reaccionan a los movimientos más próximos. Pequeños cambios de velocidad o de dirección van modificando los espacios disponibles. El claxon puede cumplir una función de aviso: un toque breve anuncia la presencia de un vehículo que se acerca. No expresa siempre irritación, aunque tampoco tiene un significado único. En ese paisaje sonoro, aprender a distinguir una advertencia de otra forma parte de la experiencia local.
El cruce peatonal entre la atención y la prudencia
Para los viajeros de ONEIRA club de viajeros, esta dinámica será especialmente visible desde las aceras. Cruzar una calle concurrida exige atención, no un acto de fe en la habilidad de los motoristas. Conviene utilizar los pasos regulados y las pasarelas disponibles, observar todas las direcciones y seguir las indicaciones del guía durante las visitas.
La recomendación popular de «caminar despacio y dejar que las motos te esquiven» simplifica demasiado una situación que puede ser peligrosa. Mantener movimientos previsibles ayuda a que otros nos vean, pero no garantiza que nos hayan visto ni que vayan a detenerse. Es preferible esperar unas condiciones adecuadas o buscar otro punto de cruce antes que entrar en una corriente de vehículos confiando en que se abrirá a nuestro paso.
Comprender la costumbre local permite mirar con menos desconcierto; no convierte al visitante en un conductor experimentado ni elimina la necesidad de precaución. Las recomendaciones oficiales para viajeros insisten en extremar el cuidado al cruzar calles concurridas, donde el tráfico puede llegar desde distintas direcciones.

La motocicleta como espacio vital y motor social
La presencia masiva de la motocicleta responde a una solución práctica de movilidad y a la historia económica reciente del país tras las reformas del Đổi Mới, iniciadas en 1986. Su expansión acompañó el crecimiento del consumo y de las oportunidades de trabajo. El investigador Arve Hansen ha estudiado esa relación entre transformación económica y movilidad en Hanói.
A partir de los años noventa, la moto fue ganando terreno como herramienta de autonomía personal y trabajo, adaptándose a la trama urbana de calles estrechas y callejones, los ngõ. Su tamaño permite llegar a lugares donde un coche encuentra dificultades; su capacidad de carga, utilizada a veces hasta extremos sorprendentes, la vincula al pequeño comercio y a los desplazamientos familiares.
Sobre dos ruedas se desarrolla buena parte de la vida cotidiana. Se ven familias que comparten trayecto, comerciantes que transportan cajas, muebles o mercancías, y personas que descansan sobre el asiento durante una pausa. Algunas escenas llaman la atención precisamente por su sobrecarga: observarlas no implica considerarlas seguras. El vehículo funciona como una prolongación del hogar, del comercio y del espacio público.
La moto permite enlazar tareas que, vistas por separado, parecen pequeñas: llevar una compra, acudir al trabajo, recoger un encargo o acercarse a casa de un familiar. Para comprender su importancia hay que mirar también el momento en que se detiene. Junto a una tienda o a la puerta de una vivienda, deja de ser una figura dentro del tráfico y vuelve a ser la herramienta concreta de una persona.
Viajar a Vietnam en grupo y mirar la vida cotidiana
El tráfico vietnamita muestra cómo se comparte y se negocia un espacio urbano muy solicitado. Parte de su coordinación surge de la atención al entorno y de costumbres aprendidas, junto a las normas, la señalización y las decisiones de quienes gestionan las calles. También deja ver los límites de ese equilibrio: la congestión, el ruido y la seguridad importan tanto como la destreza.
Observar el movimiento de Hanói y Saigón permite acercarse a una sociedad desde sus gestos más corrientes, sin convertir una escena de tráfico en una explicación de todo un país. Entre dos visitas, una moto que se incorpora a la calle puede contar otra historia: la del trabajo, los vínculos familiares y la necesidad de llegar a tiempo. El «orden invisible» está ahí, en esos ajustes sucesivos, siempre incompletos, que permiten continuar el camino.
Si te apetece conocer también este Vietnam cotidiano, descubre nuestro viaje a Vietnam y Camboya en enero de 2027y las propuestas de ONEIRA club de viajeros.
Daniel Bermejo
ONEIRA club de viajeros
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Viaje a Perú Oneira Mayo 2027
Viaje a PERÚ ONEIRA Mayo 2027
Con extensión opcional al sur a las Líneas de Nazca
El legado del Imperio Inca
Del 11 al 26 de mayo de 2027 · 16 días · Hoteles 4** · Régimen MP + 4 cenas · Salida desde Madrid con IBERIA**
PRECIO DEL VIAJE POR PERSONA COMPARTIENDO HABITACIÓN DOBLE: 5.215 €
Incluye tasas aéreas, suplementos de carburante e impuestos locales conforme al cálculo del programa del 8 de octubre de 2026, sujetos a posibles variaciones. Propinas a guías y chóferes incluidas. Bebidas y otras propinas no incluidas.
Hay viajes que empiezan mucho antes de hacer la maleta. Empiezan con una imagen, un nombre, una historia que despierta nuestra imaginación: las montañas que abrazan Machu Picchu, las aguas del Titicaca, las piedras de Cusco o los sonidos de la selva al caer la noche. Perú reúne todos esos sueños en un mismo país.
En ONEIRA club de viajeros nos hace especial ilusión regresar a un destino que dejó una profunda huella en nosotros. En mayo de 2027 volveremos a Perú con una ruta que une el legado de las culturas andinas, las ciudades coloniales y la naturaleza de la Amazonía. Una invitación a descubrir sus paisajes y a acercarnos a las personas y tradiciones que les dan vida.
De Lima a los grandes paisajes andinos
Comenzaremos en Lima, entre su centro histórico y los barrios abiertos al Pacífico, antes de volar a Arequipa, donde nos esperan el Monasterio de Santa Catalina y el carácter de una de las ciudades más hermosas del país.
Desde allí ascenderemos hacia el Valle del Colca, entre pueblos, terrazas agrícolas y grandes paisajes andinos, hasta el Mirador de la Cruz del Cóndor.
Continuaremos hacia Puno y el Lago Titicaca, donde navegaremos para conocer las islas flotantes de los Uros y la isla de Taquile. Después recorreremos el altiplano rumbo a Cusco, con paradas en Pukará, Raqchi y Andahuaylillas.

Cusco el Valle Sagrado y Machu Picchu
En la antigua capital inca descubriremos una historia que sigue presente en sus calles y sus muros. El Valle Sagradonos llevará a Pisac y Ollantaytambo, antes de vivir uno de los momentos más esperados: viajar en tren para visitar Machu Picchu, rodeada de montañas y de ese misterio que tantas veces hemos imaginado.
Conoceremos también los andenes de Moray, las Salineras de Maras y la comunidad de Umasbamba, donde nos acercaremos a la tradición textil y a una ceremonia de agradecimiento a la Pachamama.
Será una oportunidad para descubrir el mundo andino a través de sus paisajes, su patrimonio y los encuentros con quienes mantienen vivas sus tradiciones.
Un encuentro con la Amazonía peruana
Todavía nos quedará un cambio de escenario extraordinario: la Amazonía peruana. Volaremos a Puerto Maldonadoy navegaremos por el río Madre de Dios hasta nuestro lodge.
Las caminatas por la selva, el Lago Sandoval y las actividades previstas en Tambopata nos permitirán descubrir otro Perú, al ritmo del bosque y de su vida silvestre.
Regresaremos a Lima para disfrutar de una cena especial de despedida en Huaca Pucllana y completar nuestro encuentro con la historia peruana en el Museo Larco.

Servicios incluidos y acompañamiento
El programa incluye vuelos internacionales e internos, traslados, visitas y excursiones con las entradas previstas, además del alojamiento y las comidas detalladas en cada jornada.
Contaremos con guía acompañante de habla hispana durante el recorrido, excepto en la parte de la selva, donde tendremos los guías del destino, así como guías locales y un acompañante desde España de ONEIRA y/o MÁS QUE UN PLAN.
También se incluye seguro de viaje con coberturas de asistencia y cancelación, sujeto a las condiciones de la póliza.
Extensión opcional a Nazca y Paracas
¿Os apetece prolongar la aventura?
El programa incorpora una extensión opcional a Nazca y Paracas, del 25 al 28 de mayo, con sobrevuelo de las Líneas de Nazca, navegación a las Islas Ballestas y recorrido en buggies por el desierto.
Esta prolongación tiene condiciones propias y no cuenta con acompañante desde España. Consultad con la agencia su precio y la coordinación del vuelo de regreso.
Reserva tu plaza con antelación
Las condiciones de acceso y reserva para visitar Machu Picchu requieren formalizar la inscripción con mayor antelación de lo habitual. Por este motivo, la inscripción y confirmación del viaje deberán realizarse dentro de los plazos establecidos por ONEIRA y MÁS QUE UN PLAN.
Las plazas son limitadas. Si Perú forma parte de vuestros sueños viajeros, os animamos a contactar con la agencia y reservar vuestra plaza.
Podéis consultar la información y el programa en la página del viaje a Perú con ONEIRA.
Reservas y organización técnica
MÁS QUE UN PLAN Agencia de Viajes — David Esteso
C/ Calderón de la Barca, 2 · 03004 Alicante
Título/Licencia CV-m1833A
965 207 555 · 699 421 525
ClubViajeros@MasQueUnPlan.com
Información ONEIRA club de viajeros
Alberto Bermejo · 629 667 213
info@oneira.es · www.oneira.es
En mayo de 2027 os invitamos a compartir un viaje que reúne historia, naturaleza y encuentros que permanecerán en nuestra memoria: PERÚ — EL LEGADO DEL IMPERIO INCA.
Nos hará ilusión regresar a Perú con vosotros.
Alberto Bermejo | ONEIRA, un viaje a tus sueños










