Viaje a Taiwán: Tainan, Puerta del Mundo
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, ONEIRA club de viajeros recorrerá Taiwán en un gran viaje cultural que nos llevará desde la vitalidad de Taipéi hasta los paisajes del lago del Sol y la Luna, las montañas de Alishan y las ciudades históricas del sur. Todavía quedan plazas disponibles para acompañarnos en esta ruta, en la que conoceremos también Tainan, la antigua capital de la isla, visitando el templo de Confucio, el barrio histórico de Anping y los manglares de Taijiang. Para comprender la importancia de esta ciudad hay que mirar más allá de sus calles actuales e imaginarla frente a un mar que ya no existe: durante siglos, Tainan fue la gran puerta de entrada de Taiwán al mundo.
Tainan, puerta del mundo
«Los acontecimientos son polvo.» Fernand Braudel.
Quien se planta hoy ante los restos del fuerte Zeelandia, en el barrio tainanés de Anping, contempla tierra firme. Casas, calles, un aparcamiento. Cuesta imaginar que aquello fue una isla: una lengua de arena en mitad de una laguna enorme, el llamado mar interior de Taijiang, donde los barcos entraban por un canal y fondeaban a resguardo de los tifones. La laguna se fue cegando durante siglos y una gran riada terminó de rellenarla en 1823. El fuerte no se movió, se movió el mar.
En 1624, tras un pulso entre los holandeses con la marina Ming en las islas Pescadores, aceptaron retirarse a cambio de que nadie les molestara si se instalaban en la isla grande de enfrente, que no pertenecía a nadie y que a la corte china no le interesaba. Aquella es la clave de todo el siglo XVII taiwanés: la primera potencia comercial de Europa montó su base asiática precisamente en el único tramo de costa que ningún imperio reclamaba.

Levantaron el fuerte con ladrillo traído como lastre en las bodegas y lo unieron con un mortero de melaza de azúcar, arroz glutinoso y cal de conchas de ostra machacadas. Aún queda un lienzo de muralla en pie, atravesado y sostenido a la vez por las raíces de un baniano, que es hoy lo más fotografiado de Anping.
¿Qué se comerciaba desde aquí? Sorprende la respuesta. El primer producto global de Taiwán no fue el té ni el azúcar: fue la piel de ciervo. Los venados sika de las llanuras se cazaban por decenas de miles y sus pieles viajaban a Japón, donde se empleaban en armaduras y prendas de guerrero. En los mejores años salieron más de cien mil pieles anuales. En dos generaciones la especie estaba al borde de la extinción. Después vino el azúcar, y con el azúcar la decisión que más consecuencias tuvo: para trabajar las plantaciones, la Compañía importó mano de obra del continente. Los holandeses fabricaron, sin proponérselo, la población china de Taiwán. Y esa población acabaría siendo la que los expulsara.
La expulsión llegó en 1661. Un almirante leal a la dinastía Ming derrotada desembarcó con cientos de barcos y decenas de miles de hombres frente a poco más de mil ochocientos defensores. El asedio duró nueve meses. El gobernador Frederick Coyett resistió hasta febrero de 1662 y capituló con una condición insólita: la guarnición salió del fuerte con las banderas desplegadas y los tambores tocando, un honor que la Compañía casi nunca obtuvo en Asia. A Coyett no le sirvió de nada. Fue juzgado en Batavia por haber perdido la colonia y desterrado a una isla remota. Años después publicó un libro furioso, Formosa abandonada, en el que explicaba que sus superiores le habían negado los refuerzos que pidió durante años. Es un detalle que dice mucho del siglo: el vencido fue el único que escribió.

El vencedor duró todavía menos. Koxinga murió cuatro meses después de su victoria, a los treinta y siete años. El reino que fundó sobrevivió veintiún años, hasta que en 1683 los Qing lo anexionaron, y el emperador estuvo a punto de ordenar la evacuación completa de la isla por considerarla un gasto sin sentido. Hoy, a poca distancia del fuerte que conquistó, hay un santuario donde se le venera como a un dios. Un almirante derrotado en su propia guerra terminó convertido en divinidad local de la ciudad que tomó.
Durante dos siglos Tainan fue Taiwán. Se la llamaba simplemente la ciudad, porque no había otra que mereciera el nombre. Aquí se levantó el primer templo de Confucio de la isla, en 1665, que fue también su primera academia. Aquí estaban la administración, el puerto, el dinero y los letrados. Y aquí terminó todo cuando la laguna se convirtió en llanura: sin fondeadero no hay puerta, y a finales del siglo XIX la capitalidad se marchó al norte, a una ciudad nueva llamada Taipéi.
Perder la capitalidad le sentó bien. Tainan es hoy una ciudad de baja altura, con más de mil seiscientos templos, callejones que no llevan a ninguna parte y una reputación gastronómica excepcional. Conserva algo que las capitales pierden: el tiempo. Y conserva un fuerte de ladrillo holandés, comido por una higuera, mirando fijamente hacia un horizonte de tejados donde antes había cien barcos fondeados.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Taiwán: la huella japonesa
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con la Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Nuestro viaje nos llevará por ciudades modernas, templos, montañas, lagos, mercados nocturnos y comunidades indígenas, pero también nos permitirá conocer las distintas culturas que han modelado la compleja identidad de la isla.
Entre todas ellas destaca la profunda y contradictoria influencia de Japón, que gobernó Taiwán entre 1895 y 1945. Ferrocarriles, hospitales, escuelas, sistemas de riego y numerosos edificios históricos recuerdan todavía aquella etapa de modernización, inseparable también de la explotación colonial, la segregación, la represión y los intentos de asimilación cultural.
Para comprender mejor esta herencia, compartimos «La huella japonesa», un magnífico artículo que nos invita a mirar más allá de los monumentos y paisajes que encontraremos durante el viaje. Un relato sobre un pasado que Taiwán no ha olvidado ni absuelto, pero con el que ha aprendido a convivir y que continúa formando parte de su identidad.
Las plazas para este viaje son limitadas.
«No hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.» Walter Benjamin
En abril de 1895, derrotada por Japón, la dinastía Qing cedió Taiwán a perpetuidad en el Tratado de Shimonoseki. No la perdió defendiéndola: la entregó en una mesa de negociación, como quien se desprende de algo que nunca llegó a considerar del todo suyo. En la isla todavía se repite una frase atribuida al ministro Li Hongzhang que despachaba Taiwán como una tierra de hombres sin talento, pájaros que no cantan y flores sin olor. Los taiwaneses no fueron conquistados: fueron cedidos.
No lo aceptaron sin más. En mayo de aquel año las élites locales proclamaron la República de Formosa, que suele citarse como la primera de Asia y que duró unos ciento cincuenta días: los que tardó el ejército japonés en recorrer la isla de norte a sur. La resistencia en el interior se prolongó años.

Fueron cincuenta años de transformación real, y conviene decirlo sin rodeos. El arquitecto del sistema, Gotō Shinpei, era médico y gobernó como tal: primero, estudiar al paciente. Encargó catastros y censos de una minuciosidad asombrosa, y sobre ellos levantó alcantarillado, hospitales y campañas sanitarias que erradicaron la peste y el cólera, un ferrocarril troncal terminado en 1908, puertos, escuelas primarias con matrícula masiva y un sistema de riego que convirtió la llanura seca del sur en el granero de la isla.
Toda esa obra admite, sin excepción, una segunda lectura. El ferrocarril de montaña de Alishan, hoy una excursión encantadora, se trazó para bajar cipreses milenarios hasta el puerto. Las escuelas estaban segregadas y enseñaban en japonés. A los taiwaneses se les abrió la carrera de medicina y se les cerraron el derecho y la política, de modo que su élite fue durante décadas una élite de médicos: exactamente los que la represión de 1947 se llevaría por delante. La modernización fue verdadera. Simplemente, no estaba pensada para ellos.
Ningún caso resume mejor esa ambivalencia que el del ingeniero Hatta Yoichi, autor del embalse y los canales que riegan el sur desde 1930. Murió en 1942, torpedeado su barco; su mujer se arrojó al desagüe del embalse tres años después. Cada 8 de mayo se celebra allí una ceremonia en su memoria; a la del año pasado acudieron más de quinientas personas de ambos países, con el presidente de Taiwán entre ellas. Y en 2017 alguien decapitó su estatua por motivos políticos: la repararon a toda prisa para que llegara entera al aniversario. Un ingeniero del imperio, homenajeado y decapitado por el país al que ocupó.

Tampoco conviene suavizar el resto. En 1930, un grupo seediq se levantó en Wushe durante una fiesta escolar y mató a más de un centenar de japoneses; la respuesta incluyó artillería y gas. A partir de 1937, con la guerra, la administración dejó de gestionar para asimilar: nombres japoneses, santuarios sintoístas, prensa en chino suprimida. Cerca de doscientos mil taiwaneses sirvieron en las fuerzas del imperio y unos treinta mil no volvieron.
Cuando Japón capituló en 1945, la isla recibió a la administración china con esperanza. Duró poco, y de aquellos meses quedó una frase que lo condensa todo: se fueron los perros, llegaron los cerdos. Los perros ladran y muerden, pero guardan la casa; los cerdos solo comen. Quienes la acuñaron no estaban elogiando al imperio: estaban comparando. Después, el nuevo régimen dedicó cuarenta años a borrar el japonés de las aulas, la prensa y la radio, y al prohibirlo lo convirtió en lengua doméstica, en algo que una generación entera habló en voz baja y puertas adentro. La nostalgia se conservó, en buena medida, porque estaba perseguida.
El resultado puede desconcertar al visitante. El presidente de Taiwán se aloja en el antiguo Palacio del Gobernador General, un edificio de ladrillo rojo de 1919 que nadie derribó ni convirtió en museo: se sigue usando para gobernar. Las viejas casas japonesas de madera se restauran y se llenan de cafeterías y librerías. Y tras el terremoto de 2011, veintitrés millones de taiwaneses donaron a Japón más de doscientos cuarenta millones de dólares, situándose entre los mayores contribuyentes del mundo, a un país con el que ni siquiera mantienen relaciones diplomáticas. Nada de eso significa que aquel medio siglo esté perdonado. Significa algo más incómodo de formular y muy fácil de ver sobre el terreno: que Taiwán no ha demolido su pasado colonial ni lo ha absuelto, sino que ha aprendido a habitarlo. Sigue trabajando dentro del edificio, y sigue discutiendo de quién es.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Taiwán, una isla de identidades superpuestas
Taiwan, una isla de identidades superpuestas
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con las vacaciones de Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Con plazas todavía disponibles (no van quedando muchas), viajaremos de norte a sur entre ciudades vanguardistas, templos, antiguos pueblos mineros, bosques de montaña, mercados nocturnos y comunidades indígenas, alojándonos en hoteles seleccionados de 4**** y 5***** y acompañados por guía de habla hispana. Pero para comprender verdaderamente Taiwán no basta con admirar sus paisajes: hay que conocer las sucesivas culturas que han dejado su huella en la isla. Pueblos austronesios, comerciantes y misioneros europeos, emigrantes chinos, administradores japoneses y refugiados llegados del continente fueron creando, capa tras capa, una identidad tan compleja como fascinante. Y lo más curioso... los españoles estuvieron también allí, en el norte de Taiwán, para proteger los contactos con las Filipinas. Muy interesante. Sigue leyendo para conocer más en nuestra Blog Oneira, en este excelente artículo de A. Bermejo Vesga.
«La identidad no se compartimenta, no se reparte ni en mitades ni en tercios.» Amin Maalouf
Hay una familia de lenguas que se extiende desde Madagascar hasta la Isla de Pascua y desde Hawái hasta Nueva Zelanda: el austronesio, unos cuatrocientos millones de hablantes repartidos por media circunferencia del planeta. Durante décadas se discutió dónde estaba su raíz. La hipótesis hoy más aceptada la sitúa en un solo lugar, y no es ninguno de los grandes archipiélagos: es Taiwán. El argumento es de diversidad interna —de las diez ramas principales de la familia, nueve se encuentran en la isla—, la misma regla por la que sabemos que el latín no nació en América. Dicho de otro modo: de un territorio del tamaño de Cataluña salieron los navegantes que acabaron poblando el Pacífico y el Índico.

La primera identidad de Taiwán es, por tanto, austronesia, y tiene milenios. Hoy se reconocen oficialmente dieciséis pueblos indígenas, unas seiscientas mil personas, en torno al 3 % de la población. Los pueblos de llanura fueron absorbidos casi por completo por los colonos posteriores, y de aquello quedó un refrán taiwanés que resume el asunto mejor que cualquier estadística: tenemos abuelos venidos de la China, pero no abuelas.
En 1624 llega la segunda capa, y llega en forma de empresa. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales fue una criatura extraordinaria: la primera sociedad que colocó acciones entre el público, y a la vez una potencia con derecho a acuñar moneda, firmar tratados, levantar fortalezas y declarar la guerra. Un Estado con accionistas. Taiwán le interesaba como nudo logístico entre la seda china y la plata japonesa, y allí levantó el fuerte Zeelandia, en la actual Tainan. La globalización empezó con contables holandeses decidiendo dónde poner un almacén.
Aquellos comerciantes hicieron además algo que nadie había previsto. Para evangelizar, sus misioneros transcribieron al alfabeto latino la lengua siraya de los indígenas de la zona. Los holandeses fueron expulsados en 1662, pero la escritura se quedó: durante más de siglo y medio los siraya siguieron redactando en aquel alfabeto sus contratos de compraventa de tierras, los llamados manuscritos de Sinckan. Un abecedario europeo sobreviviendo un siglo y medio a los europeos, en manos de quienes lo recibieron y usado para defender sus propias fincas ante los recién llegados.
Y entre 1626 y 1642 hubo también una capa española. La corona ocupó el norte de la isla y fundó allí Santísima Trinidad, en la actual Keelung, y el fuerte de Santo Domingo, en Tamsui. Dieciséis años escasos, hasta que los holandeses los echaron. Pero el rastro no se borró del todo: el cabo del extremo nororiental de Taiwán se llama hoy Sandiaojiao, que no es más que la transcripción china de Santiago, el nombre que le pusieron aquellos marinos al pasar. Un santo español convertido en fonema chino en un mapa asiático. En cuanto al fuerte de Tamsui, fue español, luego holandés, después imperial chino, más de un siglo consulado británico, luego japonés y hoy museo taiwanés. Seis banderas en un solo edificio.

Las migraciones chinas, que suelen contarse como una, fueron varias y mal avenidas. Quien expulsó a los holandeses en 1662 fue Koxinga, hijo de padre chino y madre japonesa, nacido en Japón, y hoy lo reivindican todos: Pekín como el héroe que echó a los colonialistas de Occidente, el Kuomintang como el leal a una dinastía caída que se refugió en la isla soñando con reconquistar el continente, Japón como hijo propio y el nacionalismo taiwanés como fundador del primer Estado de la isla. Un hombre, cuatro banderas. Después, los Qing gobernaron a regañadientes durante dos siglos, con prohibiciones de emigrar con familia y una frontera interior que separaba a los colonos de los indígenas, y no convirtieron Taiwán en provincia hasta 1887, ocho años antes de cederla.
Vinieron luego los cincuenta años japoneses, que dejaron ferrocarriles, hábitos y una nostalgia perseguida; y en 1949, un millón largo de refugiados del continente y cuarenta años de ley marcial dedicados a imponer el mandarín y a castigar a los niños que hablaban taiwanés en el patio. Ambos regímenes se propusieron sustituir la identidad de la isla. Ambos acabaron siendo un estrato más.
Lo interesante es lo que ha salido de ahí, y que se puede fechar con precisión. Cuando la Universidad Chengchi empezó a medirlo en 1992, un 25,5 % de los encuestados se declaraba chino, un 17,6 % taiwanés y casi la mitad, ambas cosas. Hoy alrededor de un 62 % se declara solo taiwanés, un 31 % ambas cosas y menos de un 3 % solo chino. La respuesta mayoritaria se ha invertido en una sola generación, y lo ha hecho en libertad. No es un pueblo redescubriendo su esencia: es un pueblo decidiendo qué quiere ser.
Se nota en todo. En la lengua, que pasó del castigo escolar a tener canales de televisión propios en taiwanés, hakka e idiomas indígenas. En la religión: Mazu, protectora de los navegantes, llegó en los barcos de los migrantes de Fujian y es hoy la deidad más popular de la isla, con una peregrinación anual de nueve días que moviliza a cientos de miles de personas. Y en la mesa, donde las capas se comen una detrás de otra: vino de mijo indígena, ostras hoklo, té molido hakka, tempura heredada de los japoneses con nombre taiwanizado y una sopa de fideos con ternera que pasa por plato tradicional chino y que en realidad inventaron, en el sur de la isla, unos veteranos llegados en 1949.
Nada de esto se sumó amablemente. Cada capa llegó dispuesta a borrar la anterior y ninguna lo consiguió del todo. Lo que el viajero encuentra hoy no es una mezcla sino un sedimento: estratos que no se disolvieron y que todavía se distinguen a simple vista. Taiwán tardó cuatro siglos en tener un nombre para todo eso. Lleva una sola generación usándolo.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Taiwán: De la Ley Marcial a la Democracia
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027 viajaremos a Taiwán con ONEIRA club de viajeros para descubrir una isla fascinante, donde los grandes templos, los paisajes de montaña, las tradiciones orientales y las ciudades más modernas conviven con una sociedad abierta y dinámica. Pero el Taiwán que hoy admiramos no surgió de manera sencilla: durante buena parte del siglo XX vivió bajo un régimen autoritario y una de las leyes marciales más prolongadas de la historia. Conocer este apasionante camino hacia la democracia nos ayudará a comprender mejor los lugares que visitaremos y el carácter de sus habitantes. Si quieres vivir con nosotros este gran viaje por una de las islas más sorprendentes de Asia, todavía estás a tiempo de solicitar información y reservar tu plaza. Hoy os contamos cómo Taiwán conquistó su libertad.
De la ley marcial a la democracia
«El momento más peligroso para un mal gobierno es generalmente aquel en que empieza a reformarse.» Alexis de Tocqueville.
Para entender lo que hoy es Taiwán conviene empezar medio siglo antes de Chiang Kai-shek. Entre 1895 y 1945 la isla fue colonia japonesa: una administración eficaz, que construyó ferrocarriles y escuelas, y que trató a los taiwaneses como súbditos de segunda. Cuando en 1945 Japón capitula y la isla pasa a la República de China, la población recibe a los nuevos administradores como liberadores. Tarda unos meses en comprender que ha cambiado de dueño, no de condición: llegan funcionarios que los miran con recelo por haber servido al enemigo, la corrupción se instala, la inflación devora los ahorros y los puestos de responsabilidad se reparten entre recién llegados.
El 28 de febrero de 1947, unos agentes golpean en una calle de Taipéi a una mujer que vende tabaco de contrabando. En cuestión de horas la isla entera está en la calle. La represión que llega desde el continente no es una carga indiscriminada, sino selectiva: se lleva por delante a la élite taiwanesa educada —médicos, abogados, profesores, notables locales—, es decir, a quienes podrían articular una alternativa. Las cifras todavía se discuten. El silencio que vino después duró cuarenta años.

El 19 de mayo de 1949 se declara la ley marcial. No se levantará hasta el 15 de julio de 1987: treinta y ocho años, una de las más largas de la historia mundial. A ese periodo lo llamaron el Terror Blanco, y conviene precisar su mecánica, porque no fue la del panóptico de Foucault. El panóptico supone una torre central desde la que alguien vigila, y su eficacia consiste en que el vigilado nunca sabe si en ese momento lo están mirando. En Taiwán la torre se repartió entre los vecinos: el sistema funcionaba por denuncia, y una carta anónima bastaba para arruinar una vida. El miedo resultante es distinto y más íntimo. No se teme al Estado: se teme a la mesa de al lado.
Los condenados iban a Isla Verde, un peñasco frente a la costa oriental convertido en cárcel política. Allí pasó casi nueve años el escritor Bo Yang. Su delito había sido traducir al chino una tira de Popeye en la que un padre y un hijo, náufragos en un islote, se proclamaban cada uno presidente. Se leyó como sátira de los Chiang.
Mientras tanto, en el centro de Taipéi envejecía la imagen más exacta de aquel sistema: el llamado parlamento de los diez mil años. Sus diputados habían sido elegidos en 1947 en las provincias del continente y conservaban el escaño porque no era posible convocar elecciones en circunscripciones que el gobierno ya no administraba. Durante cuatro décadas legislaron sobre Taiwán unos representantes de otro país, cada vez más ancianos, sin relevo posible. Difícil encontrar mejor imagen para un régimen incapaz de renovar su élite: una asamblea que no podía cambiar sin dejar de existir.
El 10 de diciembre de 1979, Día de los Derechos Humanos, una manifestación en Kaohsiung acaba en redada y consejo de guerra. Los procesados son la plana mayor de la oposición clandestina. Los defiende un grupo de abogados jóvenes y desconocidos.
Porque la grieta decisiva no se abrió en la calle, sino arriba. Chiang Ching-kuo, hijo y heredero, había dirigido durante años el aparato de seguridad: era el arquitecto del edificio represivo. Presidente desde 1978, fue él quien empezó a desmontarlo. En septiembre de 1986, cuando la oposición funda ilegalmente el Partido Democrático Progresista en un hotel de Taipéi, el gobierno conoce la sala, la hora y los nombres. No detiene a nadie. Al año siguiente levanta la ley marcial. Muere en enero de 1988.

La ciencia política ha dado nombre a este mecanismo. O'Donnell y Schmitter distinguieron entre duros y blandosdentro del propio régimen y sostuvieron que la mayoría de las transiciones no empiezan con una multitud, sino con esa fractura interna, en el momento en que una parte del poder calcula que reprimir sale más caro que ceder. Algo parecido ocurriría poco después en la Unión Soviética, donde también fue el heredero del sistema quien comenzó a desarmarlo, aunque allí el desenlace fue muy diferente.
Lo demás llegó deprisa. En 1990 los estudiantes acamparon a los pies del memorial de Chiang Kai-shek exigiendo elecciones reales. En 1991 se jubiló por fin al parlamento de 1947. En 1996 se celebraron las primeras presidenciales directas, mientras China lanzaba misiles de prueba sobre el estrecho. Y en el año 2000, el partido que había gobernado medio siglo perdió y entregó el poder sin un disparo. El nuevo presidente era uno de aquellos abogados anónimos que en 1979 habían defendido a los acusados de Kaohsiung; otro llegaría a primer ministro. Sin proponérselo, el régimen había fabricado a su élite sucesora en una sala de juicios.
Quien viaje hoy a Taiwán puede ir a ver cómo termina la historia. En Cihu, junto al mausoleo donde el cuerpo de Chiang Kai-shek sigue aguardando un traslado al continente que nunca llegó, hay un parque con más de cien estatuas suyas, retiradas de plazas, cuarteles y patios de colegio de toda la isla. Están de pie, sentadas, a caballo, en bronce y en mármol, todas él, reunidas entre los árboles. Nadie las destruyó. Se limitaron a bajarlas del pedestal y dejarlas ahí, en un jardín tranquilo, donde ya no presiden nada. Es una manera muy poco espectacular de cerrar cuarenta años, y probablemente la más taiwanesa: sin derribos, sin ajustes de cuentas, sin ruido. Solo un país que un día decidió que aquel señor ya no tenía por qué mirarlo desde arriba.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Taiwán antes de China
En nuestro próximo viaje a Taiwán con ONEIRA club de viajeros descubriremos mucho más que sus templos, ciudades y hermosos paisajes. Nos acercaremos también a la historia de una isla habitada desde tiempos remotos, cuya identidad no puede comprenderse sin sus pueblos indígenas. Sus culturas, vinculadas al gran mundo austronesio que se extiende por los océanos Índico y Pacífico, conservan lenguas, músicas, ceremonias y tradiciones sorprendentes. Hoy os invitamos a viajar hacia el pasado más antiguo de Taiwán, cuando sus habitantes ya navegaban por mares lejanos y conectaban la isla con buena parte del sudeste asiático y Oceanía.
Antes de China, los pueblos austronesios
«No son islas en un mar lejano, sino un mar de islas.» Epeli Hau´ofa
En tumbas de la Edad del Hierro repartidas por Filipinas, Vietnam, Tailandia y Borneo aparece un mismo tipo de pendiente: una pieza de nefrita verde con dos cabezas de animal, tallada con una destreza notable. Durante mucho tiempo se dio por hecho que la piedra sería local. No lo es. El análisis geoquímico la hace converger, una y otra vez, en un único yacimiento de la costa oriental de Taiwán. Siglos antes de que existiera la Ruta de la Seda funcionaba en el mar de China Meridional una ruta del jade, y el material salía de aquí en embarcaciones sin cubierta.
Hay una segunda prueba, y es todavía más silenciosa. Los pueblos del Pacífico fabrican telas golpeando la corteza de la morera de papel, un árbol que no se propaga solo fuera de su hábitat y que por tanto viaja siempre en manos humanas. Cuando se analizaron genéticamente las moreras de Polinesia, los linajes condujeron al sur de Taiwán. Una planta funcionando como pasaporte tres mil años después de embarcar.
Que esta isla es el punto de partida de la expansión austronesia lo sostiene desde hace décadas la lingüística; el jade y la morera son su equivalente material, palpable. Pero lo que sigue no trata de quienes se marcharon, sino de quienes se quedaron: los pueblos que llevan cinco mil años aquí y que hoy son una minoría en su propia isla.
Los bunun viven en la alta montaña y cantan una plegaria para la cosecha del mijo a ocho voces y sin letra, en la que los cantores van elevando el tono muy despacio hasta que las voces encajan en un acorde. Cuando aquella grabación llegó a Europa en los años cuarenta obligó a revisar teorías asentadas sobre el origen de la polifonía. Los atayal, en el norte, tatuaban el rostro: los hombres se lo ganaban en la guerra y las mujeres demostrando maestría en el telar; la última mujer con el tatuaje tradicional murió en 2022, a los ciento seis años, y hay jóvenes que se lo están volviendo a hacer. Los paiwan del sur tienen nobles, plebeyos, dinteles tallados y una víbora por antepasada. Y los tao, en la Isla de las Orquídeas, tienen a sus parientes más próximos no en Taiwán, sino al otro lado del canal, en el archipiélago filipino de Batanes.

Después llegaron los demás, y la historia se vuelve previsible. Los holandeses evangelizaron y castigaron. Los Qing los clasificaron en bárbaros crudos y bárbaros cocidos según su docilidad, y dejaron que perdieran las tierras mediante contratos que no sabían leer. Los japoneses declararon la montaña propiedad del Estado por carecer de dueño registrado, tendieron alambradas electrificadas por las cumbres, aplastaron con artillería y gas el levantamiento de Wushe en 1930 y los reordenaron por decreto en nueve categorías. El Kuomintang impuso el mandarín, repartió nombres chinos en 1946 y los rebautizó oficialmente como compatriotas de la montaña.
Ese nombre duró hasta 1994, cuando una campaña de años y una enmienda constitucional lo sustituyeron por yuanzhumin: habitantes originarios. Merece la pena detenerse ahí un segundo. Conseguir que te llamen por tu nombre exigió modificar la Constitución. Los pueblos reconocidos son hoy dieciséis; ellos mismos se cuentan cerca de treinta, y varios siguen pleiteando por figurar en la lista. En 2016 llegó la primera disculpa oficial del Estado. Hay ya televisión en lenguas indígenas, cantantes que llenan recintos en toda Asia cantando en paiwan y escritores como Syaman Rapongan, tao, que narra desde dentro lo que significa construirse la propia canoa. Y hay heridas sin cerrar: desde 1982 la Isla de las Orquídeas custodia más de cien mil bidones de residuos radiactivos, instalados sin que sus habitantes supieran qué se estaba levantando allí. El engaño se reconoció oficialmente en 2019 y hubo indemnización; la retirada, que es lo que piden, sigue sin fecha.
Queda todavía una capa por debajo de todas. Quince de los dieciséis pueblos conservan leyendas sobre unas gentes de baja estatura y piel oscura que habitaban las montañas antes que ellos; se han recopilado más de doscientos cincuenta relatos distintos, recogidos por funcionarios chinos, etnógrafos japoneses e investigadores contemporáneos. Siempre se tuvieron por mitología.
En 2022 se publicó el estudio de un esqueleto femenino hallado en unas cuevas de la costa oriental, enterrado en cuclillas hace seis mil años, cuyos rasgos craneales resultaron más cercanos a los de las poblaciones de Filipinas y las islas Andamán que a los de cualquier grupo austronesio. Los saisiyat los llaman ta'ai. Su propio relato admite que fueron sus antepasados quienes los exterminaron, que después les llovieron las desgracias y que dos supervivientes les enseñaron la ceremonia con la que debían recordarlos. La celebran cada dos años y llevan siglos haciéndolo. En una isla donde cada recién llegado quiso empezar la historia por sí mismo, ese es probablemente el gesto más antiguo y más desconcertante de todos: un pueblo que se niega a olvidar a quienes borró.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Los Tesoros Imperiales de Taiwán
En nuestro próximo viaje a Taiwán con ONEIRA club de viajeros tendremos la oportunidad de descubrir una isla fascinante, en la que los templos tradicionales, los paisajes naturales y las ciudades más dinámicas conviven con una extraordinaria herencia cultural. Entre las visitas imprescindibles de nuestra aventura se encuentra el Museo Nacional del Palacio de Taipéi, custodio de una de las mejores colecciones de arte chino del mundo. Sus tesoros no solo nos permitirán acercarnos al refinamiento de la China imperial, sino también conocer una apasionante historia de guerras, huidas y viajes que explica cómo miles de obras maestras encontraron finalmente refugio en Taiwán. Hoy os contamos su historia.
Hay museos que nacen alrededor de una colección y otros cuya propia historia parece una novela de aventuras. El Museo Nacional del Palacio de Taipéi pertenece a esta segunda categoría. Sus salas conservan cerca de setecientas mil piezas que permiten recorrer varios milenios de civilización china. Pero antes de llegar a Taiwán, muchas de ellas atravesaron un país en guerra, viajaron en trenes, barcos y camiones y permanecieron ocultas durante años para evitar su destrucción.

El origen de la colección se encuentra en la Ciudad Prohibida de Pekín. Durante siglos, los emperadores chinos reunieron en sus palacios pinturas, caligrafías, porcelanas, jades, bronces rituales, libros raros y objetos de extraordinaria delicadeza. No eran únicamente obras bellas: representaban la continuidad de la autoridad imperial y condensaban la memoria cultural del país.
La caída de la última dinastía en 1912 puso fin al Imperio, aunque el emperador destronado Puyi continuó residiendo algún tiempo en la Ciudad Prohibida. Tras su expulsión definitiva en 1924, las antiguas colecciones imperiales pasaron a ser patrimonio público. En 1925 abrió allí sus puertas el Museo del Palacio.
La tranquilidad duró poco. Ante el avance japonés sobre el norte de China, en 1933 se decidió evacuar las piezas más valiosas. Miles de cajas fueron enviadas primero a Shanghái y Nankín. Cuando comenzó la guerra abierta con Japón en 1937, los tesoros emprendieron una nueva huida hacia el interior del país. Divididos en varias expediciones, recorrieron rutas distintas hasta encontrar refugio en Sichuan y otras regiones alejadas del frente.
El traslado fue una empresa extraordinaria. Había que proteger rollos de seda, porcelanas quebradizas, manuscritos centenarios y antiguos bronces en medio de bombardeos, carreteras difíciles y constantes desplazamientos. Conservadores, funcionarios y trabajadores acompañaron las cajas durante años. Gracias a aquel esfuerzo, la colección sobrevivió casi intacta a una de las etapas más destructivas de la historia de China.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, las obras regresaron a Nankín. Sin embargo, la guerra civil entre nacionalistas y comunistas volvió a amenazarlas. A finales de 1948, el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek ordenó seleccionar las piezas consideradas más importantes y trasladarlas a Taiwán. Entre diciembre de 1948 y febrero de 1949, tres barcos transportaron miles de cajas hasta la isla. No viajó toda la colección, pero sí una parte excepcional por su calidad artística e importancia histórica.

Los tesoros permanecieron inicialmente en almacenes de Taichung y después fueron instalados en depósitos especiales en Beigou. Finalmente, en 1965 se inauguró el Museo Nacional del Palacio en Waishuangxi, al norte de Taipéi. Su arquitectura, inspirada en los palacios tradicionales chinos, parecía ofrecer una nueva residencia a una corte desaparecida.
Entre sus obras más populares se encuentra la célebre Col de jadeíta, cuyos tonos blancos y verdes fueron aprovechados para reproducir las hojas de una verdura, incluyendo dos diminutos insectos. También sorprende la Piedra con forma de carne, un fragmento de jaspe tallado y teñido hasta parecer un apetitoso trozo de panceta estofada. Junto a estas piezas curiosas se exhiben refinadas porcelanas, paisajes pintados, caligrafías de grandes maestros y bronces rituales de hace más de tres mil años.
Pero el museo es mucho más que una cámara del tesoro. Su existencia plantea cuestiones todavía sensibles. Para la República Popular China, aquellas obras forman parte inseparable del patrimonio histórico chino. En Taiwán, entretanto, el museo se ha convertido en una institución propia y en uno de los pilares de su vida cultural. Las piezas hablan de la China imperial, pero su accidentado viaje pertenece también a la historia contemporánea taiwanesa.
Quizá ahí resida su mayor fascinación. El Museo Nacional del Palacio no conserva solamente objetos desplazados: custodia una memoria que también viajó. Cada jade, cada pintura y cada porcelana sobrevivieron porque alguien decidió embalarlos y ponerlos a salvo. Contemplarlos es admirar la belleza de una civilización, pero también recordar hasta qué punto la cultura puede ser frágil, viajera y, al mismo tiempo, extraordinariamente resistente.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Viaje a Taiwán: de los arrozales a los microchips
De los arrozales a los microchips: el milagro económico taiwanés
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con las vacaciones de Semana Santa, ONEIRA club de viajerosos invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Viajaremos de norte a sur entre ciudades modernas, templos, lagos, bosques de montaña, mercados nocturnos y comunidades indígenas, alojándonos en hoteles seleccionados de 4**** y 5***** y con guía acompañante de habla hispana. Durante el viaje no solo conoceremos algunos de los lugares más bellos de la isla: también descubriremos cómo un territorio de dimensiones modestas consiguió convertirse en una de las sociedades más avanzadas, dinámicas y sorprendentes de Asia. Las plazas son limitadas.
Una transformación extraordinaria
Cuando contemplamos el perfil futurista de Taipéi, ascendemos al Taipei 101 o recorremos la isla a bordo de su tren de alta velocidad, resulta difícil imaginar que, hace apenas unas décadas, Taiwán era una sociedad fundamentalmente agrícola.
A mediados del siglo XX, buena parte de la población vivía todavía vinculada al cultivo del arroz, la caña de azúcar, el té y otros productos del campo. La isla había heredado algunas infraestructuras construidas durante la administración japonesa, pero debía afrontar las consecuencias de la guerra, una importante presión demográfica y una profunda incertidumbre política.
Con pocos recursos naturales y un territorio de apenas 36.000 kilómetros cuadrados, Taiwán no parecía reunir las condiciones necesarias para convertirse en una potencia económica. Sin embargo, precisamente esa escasez obligó al país a buscar su principal riqueza en otro lugar: la educación, el esfuerzo colectivo, la organización y el conocimiento.
El proceso no fue inmediato ni sencillo. Se construyó paso a paso, a través de varias generaciones que fueron abandonando progresivamente el campo para incorporarse a talleres, fábricas, universidades, laboratorios y empresas tecnológicas.
La tierra como punto de partida
Una de las primeras claves de aquella transformación fue la reforma agraria desarrollada durante los años cincuenta. La redistribución de la propiedad permitió mejorar las condiciones de numerosos agricultores, elevar la productividad y generar una población rural con mayor capacidad de consumo y ahorro.
El campo no desapareció de repente. Al contrario, proporcionó estabilidad y recursos durante la primera etapa del crecimiento. La agricultura alimentó a una población creciente, generó exportaciones y liberó progresivamente mano de obra para las nuevas industrias.
En aquellos años comenzaron a multiplicarse pequeños talleres y empresas familiares dedicados inicialmente a actividades sencillas: textiles, juguetes, calzado, bicicletas, componentes metálicos o aparatos eléctricos. Muchas de ellas eran negocios modestos, pero formaron una red extraordinariamente flexible de pequeñas y medianas empresas capaces de adaptarse rápidamente a las necesidades de los mercados internacionales.
Taiwán no construyó su prosperidad únicamente sobre grandes corporaciones. Su éxito también nació en miles de pequeños talleres, en familias emprendedoras y en una cultura empresarial basada en la disciplina, la cooperación y la capacidad de reaccionar con rapidez.
Educar para transformar
La educación fue otra de las grandes columnas del llamado milagro taiwanés. El país apostó por extender la enseñanza, mejorar la formación técnica y crear universidades capaces de preparar ingenieros, científicos y especialistas.
En una isla sin petróleo, grandes minas ni extensas reservas de materias primas, el conocimiento se convirtió en un recurso estratégico. Las escuelas formaron trabajadores cualificados; las universidades, ingenieros; y los centros de investigación comenzaron a conectar el mundo académico con la industria.
Esta combinación entre educación, planificación pública y espíritu empresarial permitió que Taiwán avanzara desde la producción agrícola hacia la industria ligera y, posteriormente, hacia sectores de mayor complejidad tecnológica.
Durante las décadas de 1960 y 1970, las exportaciones crecieron con rapidez. Los productos fabricados en la isla comenzaron a llegar a Estados Unidos, Europa y Japón. Taiwán se integró en las grandes cadenas comerciales internacionales y aprendió no solo a producir, sino también a mejorar, innovar y competir.
Del “Made in Taiwan” a la innovación
Durante años, la expresión Made in Taiwan apareció en juguetes, radios, herramientas, electrodomésticos y multitud de productos económicos. En Occidente se asociaba con frecuencia a una fabricación barata y masiva.
Pero aquella primera etapa fue solo el comienzo.
Las empresas taiwanesas fueron acumulando experiencia, capital y conocimiento técnico. Poco a poco, dejaron de limitarse a copiar o ensamblar productos y comenzaron a fabricar componentes más sofisticados. Algunas desarrollaron sus propias marcas; otras se especializaron en producir para las principales compañías internacionales.
Taiwán comprendió pronto que no podría competir eternamente mediante salarios bajos. Para asegurar su futuro debía dar un nuevo salto: pasar de la fabricación intensiva en mano de obra a una economía basada en la tecnología, la investigación y los productos de alto valor añadido.
La creación del Parque Científico de Hsinchu, en 1980, simbolizó esta nueva orientación. Inspirado parcialmente en Silicon Valley, reunió empresas, centros de investigación y universidades en un mismo ecosistema. Muchos científicos e ingenieros taiwaneses que habían estudiado o trabajado en el extranjero regresaron para participar en aquella transformación.
La revolución de los semiconductores
El gran símbolo del Taiwán tecnológico es hoy la industria de los semiconductores.
Los microchips son diminutas piezas de silicio capaces de procesar y almacenar información. Se encuentran en teléfonos móviles, ordenadores, automóviles, electrodomésticos, equipos médicos, satélites, sistemas de inteligencia artificial y prácticamente cualquier dispositivo electrónico contemporáneo.
En 1987 se fundó Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, conocida mundialmente como TSMC. Su creador, Morris Chang, desarrolló un modelo empresarial entonces revolucionario: fabricar chips diseñados por otras compañías, sin competir con ellas mediante productos propios.
Había nacido la primera gran fundición independiente de semiconductores del mundo. Este sistema permitió que numerosas empresas pudieran dedicarse a diseñar chips sin necesidad de construir fábricas extraordinariamente costosas.
Fabricar los chips más avanzados exige instalaciones extremadamente sofisticadas, inversiones multimillonarias y una precisión difícil de imaginar. Algunas de sus estructuras son tan pequeñas que se miden en nanómetros, millonésimas de milímetro. En esta industria, una mota de polvo puede arruinar una pieza y una pequeña desviación puede afectar a miles de componentes.
El liderazgo taiwanés no depende solo de una empresa. A su alrededor se ha creado una red de fabricantes de maquinaria, productos químicos, componentes electrónicos, sistemas de diseño, embalaje y servicios técnicos. Todo un ecosistema construido durante décadas y difícil de reproducir rápidamente en otro lugar.
Por eso, una isla de tamaño reducido ocupa hoy una posición esencial en la economía mundial.

El Taipei 101: un símbolo hacia el cielo
La prosperidad y la confianza del Taiwán contemporáneo también se expresan en su arquitectura.
El Taipei 101, que visitaremos durante nuestro viaje, fue inaugurado a comienzos del siglo XXI y durante varios años fue el edificio más alto del mundo. Su silueta, inspirada en la forma de una pagoda y en la sucesión de segmentos de un tallo de bambú, representa una fusión muy taiwanesa entre tradición y modernidad.
No es únicamente un rascacielos. Es una declaración de intenciones: una isla sometida a tifones y terremotos demostraba que podía levantar una de las estructuras más ambiciosas del planeta.
En su interior cuenta con un enorme amortiguador de masa, una esfera metálica suspendida que ayuda a estabilizar el edificio frente al viento y los movimientos sísmicos. Ingeniería, diseño y simbolismo se unen así en uno de los grandes iconos visuales de Taipéi.
Desde su mirador contemplaremos una metrópoli que resume buena parte de esta transformación: avenidas modernas, barrios comerciales, templos históricos y montañas verdes rodeando la ciudad.
Una isla unida por la velocidad
Otro de los signos visibles del desarrollo taiwanés es su tren de alta velocidad.
En nuestro viaje lo utilizaremos para regresar desde Kaohsiung hasta Taipéi. La red recorre el corredor occidental de la isla, donde se concentra la mayor parte de la población, y conecta ciudades como Taipéi, Taichung, Chiayi, Tainan y Kaohsiung. La compañía ferroviaria define la seguridad, la rapidez y la puntualidad como principios fundamentales del servicio.
El tren no es solo una forma cómoda de desplazarse. Permite comprender la escala y la organización del país. En pocas horas atravesaremos una parte importante de Taiwán, observando desde la ventanilla ciudades, zonas industriales, campos de cultivo y montañas.
Ese paisaje resume su historia económica: el mundo agrícola no ha desaparecido, sino que convive con fábricas, infraestructuras, universidades y centros tecnológicos.
El éxito también plantea desafíos
El milagro económico taiwanés no significa que todo sea perfecto.
La fuerte dependencia de las exportaciones hace que la economía sea sensible a las crisis internacionales. El elevado precio de la vivienda, la presión laboral, el envejecimiento de la población, la baja natalidad, las desigualdades salariales y el impacto medioambiental de determinadas industrias plantean importantes desafíos.
La propia planificación económica taiwanesa reconoce que el crecimiento depende todavía en gran medida de la industria manufacturera y, especialmente, del sector de las tecnologías de la información y la comunicación.
Además, la fabricación de semiconductores consume grandes cantidades de agua y energía. Taiwán debe equilibrar su liderazgo tecnológico con la necesidad de avanzar hacia una economía más sostenible, diversificada y resistente.
Su historia económica no es, por tanto, una narración cerrada. Es un proceso continuo de adaptación.

El verdadero milagro taiwanés
Hablar del milagro taiwanés no significa atribuir su prosperidad a un golpe de fortuna. Detrás de ella encontramos reforma agraria, inversión pública, educación, pequeñas empresas, apertura comercial, ahorro, investigación y una extraordinaria capacidad para anticiparse a los cambios.
Taiwán supo pasar de cultivar arroz a fabricar textiles; de producir juguetes a ensamblar aparatos electrónicos; y de ensamblar productos a fabricar algunos de los microchips más avanzados del planeta.
Pero quizá el aspecto más admirable sea que esa modernización no borró completamente su identidad.
Durante nuestro viaje veremos rascacielos y trenes ultrarrápidos, pero también templos llenos de incienso, ceremonias del té, mercados nocturnos, antiguas calles comerciales y comunidades indígenas que mantienen sus propias tradiciones.
En Taiwán, el futuro no ha sustituido por completo al pasado. Ambos conviven, se mezclan y se observan mutuamente.
Esa es una de las claves de la Isla Inesperada: un territorio donde los arrozales todavía forman parte del paisaje, mientras los microchips que impulsan el mundo digital nacen a pocos kilómetros de distancia.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Viajar a Taiwán: la Isla Inesperada - Semana Santa 2027 - Un viaje ONEIRA
Taiwán, una Asia diferente: naturaleza, templos y ciudades sorprendentes
En Semana Santa de 2027, del 23 de marzo al 4 de abril, ONEIRA club de viajeros pone rumbo a Taiwán, una de las islas más sorprendentes de Asia. Viajaremos desde Madrid con Turkish Airlines, en un recorrido de 13 días, con hoteles seleccionados de 4** y 5***** , régimen de media pensión, guía de habla hispana y un itinerario diseñado para descubrir el país de norte a sur.
Nos esperan Taipéi, la costa norte, Sun Moon Lake, los bosques de Alishan, la histórica Tainan, la luminosa Kaohsiung, la cultura indígena Rukai en Wutai y los paisajes volcánicos de Yangmingshan.
Una ruta completa, cómoda y muy especial para descubrir una Asia menos evidente, segura, acogedora y llena de contrastes.
Precio por persona en habitación doble: 4.750 €. Plazas limitadas.
Taiwán no es uno de esos destinos que llegan cargados de tópicos. Quizá por eso resulta tan atractivo. Es una isla moderna y tecnológica, pero profundamente espiritual; urbana y sofisticada, pero llena de montañas, bosques, lagos, templos y pueblos tradicionales. En pocos territorios se concentran tantos paisajes y tantas capas culturales: herencias chinas, huellas japonesas, comunidades indígenas, mercados nocturnos, cultura del té, arquitectura contemporánea y una naturaleza de una belleza inesperada.
Nuestro viaje comenzará en Taipéi, capital amable, vibrante y muy fácil de disfrutar. Allí descubriremos algunos de los grandes símbolos del país: el Memorial de Chiang Kai-shek, el Museo Nacional del Palacio, el Templo Longshan, Ximending y el Taipei 101, rascacielos emblemático de la ciudad. Taipéi será nuestra puerta de entrada a un país que sabe combinar tradición y modernidad con una naturalidad admirable.
Desde la capital nos acercaremos a la costa norte, donde el paisaje se vuelve más escénico y evocador. En Yehliu veremos formaciones rocosas moldeadas por el viento y el océano; en Jiufen y Jinguashi encontraremos antiguos pueblos mineros suspendidos entre montañas y vistas al mar; y en Shifen viviremos una de las experiencias más bellas del viaje, lanzando al cielo un farolillo de los deseos.
El interior de la isla nos llevará hasta Sun Moon Lake, el Lago del Sol y la Luna, uno de los lugares más serenos y fotogénicos de Taiwán. Navegaremos por sus aguas, visitaremos el Templo Wen Wu y conoceremos Ita Thao, en un entorno vinculado a las culturas originarias de la isla. Después continuaremos hacia Wufeng, Lukang y Taichung, donde nos esperan jardines históricos, antiguas calles comerciales y el ambiente vivo de los mercados nocturnos.
Otro de los grandes momentos será Alishan, un territorio de montaña, niebla, bosques centenarios y plantaciones de té. Allí nos acercaremos a la cultura del té taiwanés y recorreremos parte del histórico ferrocarril forestal, en un paisaje que transmite una profunda sensación de calma y belleza natural.
La ruta continuará hacia Tainan, antigua capital y corazón histórico de Taiwán. Sus templos, el Fuerte de Anping, sus calles tradicionales y el paseo en barco por la zona de manglares nos mostrarán una ciudad con memoria, identidad y un ritmo más pausado.
En Kaohsiung, gran ciudad del sur, descubriremos el impresionante complejo budista de Fo Guang Shan, el Buddha Museum, el Lago del Loto y las célebres Pagodas del Dragón y el Tigre. También nos acercaremos a Wutai, en las montañas, para conocer la cultura indígena Rukai y una forma de vida estrechamente ligada al territorio.
El viaje terminará regresando a Taipéi en el tren de alta velocidad taiwanés y disfrutando de los paisajes volcánicos de Yangmingshan, con una experiencia termal al aire libre en plena naturaleza.

Taiwán es una invitación a dejarse sorprender: una isla moderna, espiritual, verde, segura y hospitalaria, donde cada jornada ofrece una imagen distinta de Asia.
En Semana Santa de 2027, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada.
Información sobre el viaje
ONEIRA club de viajeros
Alberto Bermejo
Teléfono: 629 667 213
Correo: info@oneira.es
Web: www.oneira.es
Organización técnica y reservas
MÁS QUE UN PLAN AGENCIA DE VIAJES
David Esteso
C/ Calderón de la Barca, 2
03004 Alicante
Título/Licencia CV-m1833A
Teléfonos: 965 207 555 · 699 421 525
Correo: ClubViajeros@MasQueUnPlan.com
Consulta el programa completo y reserva tu plaza para descubrir con ONEIRA uno de los secretos mejor guardados de Asia.
Viaje a Taiwan Oneira 2027 La Isla Inesperada
Viaje a Taiwán en Semana Santa 2027 con ONEIRA: la Isla Inesperada
Hay destinos célebres antes incluso de conocerlos y otros que todavía conservan el privilegio de la sorpresa. Lugares capaces de despertar nuestra curiosidad y regalarnos la emocionante sensación de estar descubriendo algo diferente.
Taiwán pertenece, sin duda, a ese segundo grupo.
En ONEIRA club de viajeros nos hace especial ilusión presentar nuestra nueva propuesta para Semana Santa de 2027:
Taiwán, la Isla Inesperada
Una isla fascinante, sofisticada y moderna que conserva intacta su esencia tradicional. Un territorio donde los templos centenarios conviven con grandes rascacielos, los bosques de montaña emergen entre la niebla y las herencias china, japonesa e indígena han creado una cultura llena de matices.
Taiwán reúne ciudades vibrantes, paisajes extraordinarios, espiritualidad, gastronomía, tradiciones ancestrales y una de las sociedades más avanzadas de Asia. Todo ello dentro de una isla acogedora, segura y todavía poco conocida para muchos viajeros europeos.
Datos principales del viaje
Viaje a Taiwán con ONEIRA club de viajeros
La Isla Inesperada
- Fechas: del 23 de marzo al 4 de abril de 2027
- Duración: 13 días
- Salida: Madrid
- Vuelos internacionales: Turkish Airlines, vía Estambul
- Alojamiento: hoteles seleccionados de 4**** y 5*****
- Régimen: media pensión
- Precio por persona en habitación doble: 4.750 €
- Plazas limitadas
El precio incluye vuelos internacionales, guía acompañante de habla hispana, visitas y excursiones previstas, entradas, traslados, alojamientos, comidas indicadas en el programa, seguro de viaje y las propinas principales destinadas a guías y chóferes, entre otros servicios detallados en el programa.
Puedes descargar el programa en PDF completo desde aquí mismo:
https://oneira.es/wp-content/uploads/2026/07/Viaje-ONEIRA-a-TAIWAN-2027-Web.pdf
Y en cualquier momento, accediendo a nuestra página Web.

Taipéi: tradición y modernidad
Comenzaremos nuestro recorrido en Taipéi, una capital dinámica y sorprendentemente agradable, donde la tradición convive con algunas de las expresiones más espectaculares de la arquitectura contemporánea.
Visitaremos el Memorial de Chiang Kai-shek, el extraordinario Museo Nacional del Palacio, el Templo Longshan, el animado distrito de Ximending y el emblemático Taipei 101, símbolo de la transformación económica y tecnológica de Taiwán.
Yehliu, Jiufen y Shifen: los paisajes de la costa norte
La ruta continuará por la costa norte de la isla. En el Geoparque de Yehliu descubriremos curiosas formaciones rocosas modeladas durante siglos por el viento y el océano.
También conoceremos Jiufen y Jinguashi, antiguos enclaves mineros levantados entre montañas, y llegaremos hasta Shifen para contemplar su cascada y participar en la hermosa tradición de lanzar al cielo un farolillo de los deseos.
El Lago del Sol y la Luna
En el interior de la isla nos espera el Lago del Sol y la Luna, uno de los paisajes más serenos y evocadores de Taiwán. Navegaremos por sus aguas, rodeadas de montañas, visitaremos el Templo Wen Wu y conoceremos Ita Thao y algunos aspectos de las culturas originarias taiwanesas.
El recorrido proseguirá por Wufeng, Lukang y Taichung, entre jardines históricos, antiguas calles comerciales, tradiciones locales y los famosos mercados nocturnos de la isla.
Los bosques de Alishan
En Alishan nos adentraremos en uno de los grandes santuarios naturales del país. Caminaremos entre bosques centenarios, conoceremos la cultura del té de montaña y recorreremos parte de su histórico ferrocarril forestal.
Los paisajes de Alishan, frecuentemente envueltos en la niebla y suspendidos sobre un mar de nubes, transmiten una extraordinaria sensación de belleza y serenidad.

Tainan y Kaohsiung
Nuestra siguiente parada será Tainan, antigua capital y cuna histórica de Taiwán. Visitaremos el Templo de Confucio, el Fuerte de Anping y sus animadas calles tradicionales. También realizaremos un paseo en barco por una zona de manglares.
En Kaohsiung conoceremos el monumental complejo budista de Fo Guang Shan y su Buddha Museum. Visitaremos igualmente el Lago del Loto y las coloridas Pagodas del Dragón y el Tigre, convertidas en uno de los grandes símbolos visuales de la ciudad.
Wutai y la cultura indígena Rukai
Uno de los momentos más especiales del viaje será nuestra visita a Wutai, en las montañas del sur. Allí nos acercaremos a las tradiciones del pueblo indígena Rukai, conoceremos una vivienda tradicional y descubriremos una forma de vida estrechamente ligada a la naturaleza y a las costumbres ancestrales.
De regreso a Kaohsiung, recorreremos el creativo Pier-2 Art Center y pasearemos por el Great Harbor Bridge.
Tren de alta velocidad, Yangmingshan y experiencia termal
También conoceremos el rostro más avanzado del país viajando desde Kaohsiung hasta Taipéi en el célebre tren de alta velocidad taiwanés.
La última parte del recorrido nos llevará al Parque Nacional de Yangmingshan, donde disfrutaremos de sus paisajes volcánicos y de una experiencia termal al aire libre en un hermoso entorno de montaña.
Una Asia diferente
Naturaleza, historia, espiritualidad, gastronomía, pueblos tradicionales y ciudades futuristas se unen en una ruta cuidadosamente diseñada para descubrir la extraordinaria personalidad de Taiwán.
Este viaje es una invitación a conocer una Asia diferente: menos evidente, profundamente acogedora y llena de contrastes. Una isla que todavía conserva intacta su capacidad de asombro.
En Semana Santa de 2027, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir:
TAIWÁN, LA ISLA INESPERADA
Las plazas son limitadas. Si deseas acompañarnos, puedes consultar el programa completo y solicitar información sin compromiso.
Información sobre el viaje
ONEIRA club de viajeros
Alberto Bermejo
Teléfono: 629 667 213
Correo: info@oneira.es
Web: www.oneira.es
Organización técnica y reservas
MÁS QUE UN PLAN AGENCIA DE VIAJES
David Esteso
C/ Calderón de la Barca, 2
03004 Alicante
Título/Licencia CV-m1833A
Teléfonos: 965 207 555 · 699 421 525
Correo: ClubViajeros@MasQueUnPlan.com
Consulta el programa y reserva tu plaza para descubrir con ONEIRA uno de los secretos mejor guardados de Asia.
Viaje a Uganda: El Valle del Rift
El Valle del Rift: la gran cicatriz de África
Del 1 al 11 de diciembre de 2026, ONEIRA club de viajeros os propone Uganda Salvaje, una expedición de once días por el corazón natural del país y los espectaculares paisajes modelados por el Rift Albertino. Desde la fuerza desatada del Nilo en las cataratas Murchison avanzaremos hacia los bosques de Kibale, los cráteres y sabanas del Parque Nacional Queen Elizabeth, la garganta de Kyambura y las tierras de Ishasha, antes de adentrarnos en el Bosque Impenetrable de Bwindi y descansar junto al lago Bunyonyi. Seguiremos el rastro de rinocerontes, chimpancés, leones trepadores y gorilas de montaña en un viaje que nos permitirá contemplar cómo una de las grandes fracturas de la Tierra ha creado, paradójicamente, uno de los territorios más fértiles, diversos y deslumbrantes de África.
El Gran Valle del Rift no es simplemente un accidente geográfico: es el testimonio visible de un planeta vivo que continúa transformándose ante nuestros ojos. Esta colosal fractura de la corteza terrestre se extiende a lo largo de miles de kilómetros, desde la región del mar Rojo y el golfo de Adén hasta Mozambique, en el sureste de África.
Su formación es consecuencia del lento e implacable movimiento de las placas nubia y somalí. Ambas se separan a una velocidad de apenas unos milímetros al año —semejante al ritmo al que crecen nuestras uñas—, provocando que el terreno se fracture y algunas zonas de la corteza se hundan progresivamente. Si este proceso continúa durante decenas de millones de años, las aguas del océano podrían terminar penetrando en la gran grieta y separar una parte del África oriental del resto del continente.
En Uganda, este gigantesco sistema tectónico se manifiesta principalmente a través del Rift Albertino, la rama occidental del Gran Valle del Rift. Se trata de una profunda sucesión de fallas, montañas, lagos y cuencas que ha condicionado decisivamente el paisaje y la biodiversidad de esta región de África.

El levantamiento de las montañas y la formación de profundos valles crearon barreras naturales, corredores biológicos, microclimas y sistemas hidrológicos excepcionales. El relieve se convierte aquí en un recordatorio permanente de que la geografía no es estática, sino un lienzo en perpetua transformación.
La geología del Rift en Uganda ha esculpido paisajes que parecen extraídos de las crónicas de los primeros exploradores. Al oeste del país se alzan las míticas Montañas Rwenzori, las “Montañas de la Luna”, identificadas tradicionalmente con las elevaciones descritas por Ptolomeo en el siglo II. Durante siglos, su existencia permaneció envuelta en el misterio, oculta tras las densas nieblas y nubes que cubren habitualmente sus cumbres.
A diferencia de los grandes volcanes aislados del África oriental, los Rwenzori constituyen un macizo formado por antiguas rocas cristalinas, muchas de ellas de origen precámbrico, que fueron empujadas hacia el cielo por las fuerzas tectónicas. Su cima más elevada, el pico Margarita del monte Stanley, alcanza los 5.109 metros.
En sus zonas más altas sobreviven todavía frágiles vestigios de glaciares ecuatoriales, hoy en rápido retroceso. A su alrededor crecen plantas de apariencia casi extraterrestre, como las lobelias gigantes, los grandes senecios y los brezos arbóreos. El resultado es un ecosistema singular que parece pertenecer a otro mundo y a otro tiempo.
La actividad tectónica también dio origen a los grandes lagos del Rift Albertino, entre ellos los lagos Alberto y Eduardo. Sus aguas y riberas albergan una extraordinaria diversidad biológica, con numerosas especies adaptadas específicamente a estos ecosistemas. En torno a ellas se concentra una de las manifestaciones de vida salvaje más ricas y vibrantes del continente.
Durante nuestro viaje podremos observar algunas de las huellas más espectaculares de esta historia geológica. En la región de Ndali-Kasenda, el paisaje aparece salpicado por antiguos cráteres volcánicos, muchos de ellos ocupados actualmente por lagos de aguas intensamente azules y rodeados por colinas, bosques y plantaciones.
También nos adentraremos en la garganta de Kyambura, dentro del Parque Nacional Queen Elizabeth. Esta profunda fractura, de aproximadamente cien metros de profundidad, encierra un bosque tropical en medio de la sabana. Descender hasta ella es como penetrar en un mundo escondido, un refugio verde donde habitan chimpancés, monos, aves y una sorprendente variedad de especies.
Otro de los puntos más dramáticos de esta gran cicatriz africana se encuentra en las cataratas Murchison. Allí, el Nilo Victoria, después de abandonar el gran lago y atravesar Uganda, se ve obligado a franquear una brecha rocosa de apenas siete metros de anchura. El enorme caudal queda comprimido antes de precipitarse con violencia, generando un estruendo ensordecedor, remolinos de espuma y una vibración que parece recorrer la propia tierra.
La imagen del río luchando por abrirse paso entre las rocas simboliza la fuerza indómita del Rift: agua y piedra enfrentadas en una transformación que nunca se detiene.

Pero el Gran Valle del Rift representa mucho más que geología, lagos y montañas. También ocupa un lugar esencial en la historia de la evolución humana. En diferentes lugares del Rift de África oriental se han encontrado algunos de los fósiles de homínidos más importantes del mundo, preservados durante millones de años entre sedimentos, cenizas volcánicas y antiguos depósitos lacustres.
La formación del valle influyó en los patrones climáticos y favoreció la aparición de paisajes muy diversos, en los que bosques, zonas húmedas, matorrales y sabanas fueron expandiéndose y retrocediendo a lo largo del tiempo. Nuestros antepasados tuvieron que desenvolverse en esos entornos variables, desarrollando nuevas formas de adaptación.
Durante mucho tiempo se afirmó que la desaparición de los bosques y la expansión de la sabana obligaron a nuestros ancestros a bajar de los árboles y caminar sobre dos piernas. Hoy sabemos que la evolución fue mucho más compleja. Los primeros homínidos habitaron paisajes en mosaico y el bipedismo, la fabricación de herramientas y otras capacidades humanas surgieron gradualmente, condicionados por numerosos factores ambientales y biológicos.
Por ello, el Rift no debe entenderse como el único lugar donde comenzó nuestra historia, sino como uno de sus grandes escenarios. Sus sedimentos conservaron las huellas de antiguos homínidos y sus cambios ambientales contribuyeron a impulsar la extraordinaria capacidad de adaptación que terminaría caracterizando a nuestra especie.
Viajar por el Rift Albertino de la mano de ONEIRA club de viajeros es, por tanto, mucho más que contemplar paisajes espectaculares. Es seguir las huellas de un planeta que continúa modelándose, penetrar en bosques donde sobreviven nuestros parientes evolutivos más cercanos y descubrir territorios en los que la piedra, el agua y la vida llevan millones de años escribiendo una misma historia.
Es una oportunidad para contemplar la herida fértil de la Tierra, caminar sobre las huellas de nuestros orígenes y comprender que la belleza más conmovedora y la vida más resiliente nacen, muchas veces, de las fracturas más profundas del mundo.
Daniel Bermejo y Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/










