La trampa del Inca: la agónica odisea de Almandro
«Había hombres que se quedaban arrimados a las peñas, congelados, con la sonrisa de la muerte en la cara, y caballos que morían en pie, conservados por el frío como estatuas de carne.» — Crónicas de la época.
En octubre de 2026, ONEIRA Club de Viajeros propone una travesía única por Bolivia, recorriendo el Altiplano andino, el Salar de Uyuni y algunos de los paisajes más extremos y fascinantes del planeta. Pero este no es solo un viaje de naturaleza desbordante: es también un viaje a través de una historia intensa, marcada por la ambición, la resistencia y uno de los episodios más duros de la conquista de América. ¿Quieres formar parte de la expedición a Bolivia?
El texto que sigue nos traslada a ese momento decisivo en el que los Andes se convirtieron en un enemigo implacable. La expedición de Diego de Almagro, atrapada entre el frío del Altiplano y la aridez del desierto, es una de las grandes odiseas olvidadas de la historia. Comprenderla es entender mejor la Bolivia que hoy recorremos: un territorio que no se conquista fácilmente, que exige respeto y que sigue imponiendo sus propias reglas al viajero.
El espejismo del sur
Cusco, 1535. La capital del Imperio Inca era un hervidero de codicia. Tras el reparto del botín de Atahualpa, la ciudad se había quedado pequeña para albergar las ambiciones de dos hombres que, aunque socios, ya no se soportaban: Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Mientras Pizarro se asentaba en la comodidad del poder administrativo, Almagro, un hombre de acción con un solo ojo y un orgullo herido, buscaba su propio reino. El Rey de España había dividido el nuevo mundo en dos gobernaciones, pero los límites eran difusos. La tensión era tal que el Cusco estaba a punto de estallar en una guerra civil antes de tiempo.

El Dorado como arma de guerra
Fue entonces cuando apareció la figura del Manco Inca. Con una inteligencia política que los españoles subestimaron, el soberano inca vio en la avaricia de los extranjeros su mejor oportunidad. Si no podía vencerlos por las armas, lo haría por la geografía.
Con una sonrisa gélida, los nobles incas empezaron a susurrar al oído de Almagro historias sobre el Collasuyo. Decían que, hacia el sur, más allá del Altiplano, existían reinos donde el oro era tan común como el barro y donde el sol nacía de montañas de plata pura. Era el mito de El Dorado puesto «en los morros» de un hombre desesperado por gloria. Los Incas sabían que estaban enviando a Almagro a un viaje sin retorno a través de los terrenos más hostiles del continente. Almagro, cegado por el brillo de un tesoro inexistente, mordió el anzuelo.
La Geografía como Verdugo
En julio de 1535, Almagro partió con una hueste que parecía una ciudad itinerante. Lo que siguió fue una lección magistral de la diversidad geográfica boliviana, que se convirtió en el peor enemigo de la expedición.
Primero fue el Altiplano. Los españoles, acostumbrados al clima mediterráneo o a las selvas bajas, se encontraron de repente a más de 3.800 metros de altura. Aquí, la geografía no te ataca con flechas, te ataca con la falta de oxígeno. El sorojchi o mal de altura empezó a diezmar a los caballos y a los hombres, mientras el sol de alta montaña quemaba sus pieles y las noches de la puna los congelaban. El paisaje, aunque de una belleza sobrecogedora con sus lagunas de colores y planicies infinitas, era un desierto biológico para un ejército de ese tamaño.
Pero el verdadero horror esperaba en la Cordillera de los Andes. El cruce hacia lo que hoy es Chile fue un descenso a los infiernos de hielo. Almagro, en su prisa por encontrar el oro prometido, obligó a su tropa a cruzar pasos de casi 5.000 metros en pleno invierno andino.

Supervivencia a cualquier precio
La expedición de Almagro sacó lo mejor y lo peor del ser humano. La brutalidad con la que trataron a los miles de indígenas que llevaban forzados —encadenándolos y dejándolos morir cuando flaqueaban— contrastaba con la desesperación de los propios españoles, que llegaron a comerse sus propios caballos muertos, una señal de derrota absoluta para un caballero de la época.
Almagro demostró ser un líder de una resistencia sobrenatural, pero carecía de la visión política de Pizarro. Mientras él perdía sus dedos y sus hombres en la nieve, Pizarro se consolidaba en el Cusco. Cuando Almagro llegó finalmente a los valles centrales de Chile y descubrió que el oro era una mentira de los Incas, el regreso fue aún más agónico. Cruzó el desierto de Atacama, el lugar más seco de la Tierra, completando un ciclo de tortura geográfica: del frío extremo del Altiplano a la sed abrasadora del desierto.
El Legado de un Fracaso
Almagro volvió al Cusco en 1537, no como un conquistador rico, sino como un espectro furioso. Su expedición había sido un fracaso económico, pero un hito geográfico: fue el primer europeo en recorrer el corazón de Bolivia de norte a sur.
Para el viajero que hoy recorre las rutas de Oruro, Potosí o Tupiza, el fantasma de Almagro sigue allí. Su viaje nos recuerda que Bolivia no es solo un destino, es un desafío. La trampa que los Incas le tendieron a los españoles usando la propia tierra como arma sigue siendo una de las mayores historias de resistencia psicológica de la historia. Almagro no encontró El Dorado, pero su fracaso abrió las puertas para que, pocos años después, otros encontraran la plata de Potosí, cambiando para siempre el destino del mundo.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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