La Ruta de la Seda
LA RUTA DE LA SEDA
Transitando por la China profunda
Texto: Susana Ávila
Publicado originalmente en Objetivo Viajero, n.º 4, julio de 2026, pp. 8-21.
Nuestra amiga y viajera Susana Ávila, periodista y especialista en hinduismo y religiones orientales, nos comparte su fascinante recorrido por la antigua Ruta de la Seda .
La Ruta de la Seda, un nombre con ecos de magia. Un viaje que no parece se pueda realizar si no es en alfombra voladora, con el pasaporte de los sueños y con la imaginación por equipaje.
Plantearse hacer la Ruta de la Seda puede ser una idea tan atractiva como imposible. Porque no existe "la Ruta", tendríamos que hablar más bien de las rutas. El comercio entre Oriente y Occidente se ha practicado desde la antigüedad y para ello se han utilizado multitud de caminos que se extendían más de doce mil kilómetros.
Atravesando todo el continente asiático, conectando China con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía para alcanzar Europa y África.
Un trayecto que atraviesa cordilleras, valles, desiertos en los que se buscaban oasis, puertos, karavansarais... y que además no siempre era el mismo, debido a las inclemencias del tiempo, los procesos geológicos, los bandidos, las situaciones políticas, que iban desviando la trayectoria y había que buscar diferentes alternativas.
El término Ruta de la Seda no se acuñó hasta el siglo XIX, cuando un ingeniero y geógrafo alemán, Ferdinand Freiherr von Richthofen, lo introdujo en su obra "Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda", refiriéndose a una de las mercancías que circulaban por ella junto con compañeros tan codiciados como diamantes de Golconda, jade de China, perlas del golfo Pérsico, rubíes de Birmania, ámbar, marfil, laca, especias, coral...
Tampoco hay que entenderla como la aventura de un comerciante que hiciera la ruta completa. La lógica de mercado era comprar barato donde se fabricaba el producto y vender caro donde ese producto no existiese. Llevaban sus productos hasta un punto y ahí los vendían o los cambiaban por otros y regresaba a casa. En cada transacción el precio iba subiendo y al final del camino se había multiplicado exponencialmente.
La seda, el misterio secreto
Y ¿por qué Ruta de la Seda, cuando sabemos que circulaban otros muchos productos?
Cuenta la leyenda que allá por el tercer milenio antes de Cristo, la esposa del emperador de China estaba tomando una taza de té bajo un árbol de morera cuando un gusano cayó en su interior. El insecto había formado un capullo para cobijarse en su interior mientras se producía el paso de crisálida y alcanzar el estado de adulto convirtiéndose en mariposa. Al sacarlo de la taza se formó un hilo finísimo y brillante; hasta un kilómetro y medio de hilo pudo salir de un solo capullo, pero tan fino que se necesitaron no menos de doce hilos para poderlo tejer.
Había nacido la seda, arquetipo del lujo, la riqueza y también del misterio.
Occidente conoció la seda manufacturada que les llevaban los comerciantes que venían de Oriente, pero no sabían cómo hacerla y los chinos protegieron deliberadamente esa tecnología durante cerca de 3000 años, desde las primeras evidencias arqueológicas de sericultura en el tercer milenio antes de Cristo hasta el siglo VI d.C. Exportar un gusano de seda vivo, sus huevos o, incluso, semillas de morera blanca que es el único alimento del gusano Bombyx mori en su estado larvario, era castigado con pena de muerte. Un material tecnológicamente desconocido valía su peso en oro.
Pero, continúa la leyenda, fue otra princesa china quien dio a conocer al mundo aquel extraño producto sacando del país unos gusanos de seda ocultos en su cabellera.
Una versión menos romántica y más posible es que fueron dos monjes nestorianos, de una rama herética del cristianismo, que se habían refugiado en China, donde vivieron y conocieron cómo se producía la seda.
En el año 552 d.C. se presentaron ante el emperador Justiniano, que llevaba años tratando de romper la dependencia de Bizancio respecto al comercio de la seda que tan altos costes le producía, y le propusieron darle los medios para producirla dentro del imperio, algo que no había conseguido ningún espía ni mercader hasta el momento.
Ellos eran portadores de huevos de gusanos de seda escondidos en bastones de bambú huecos. Los huevos sobrevivieron al viaje y a los controles a dos hombres santos anónimos. En Bizancio se establecieron criaderos, se plantaron moreras para alimentarlos y se instalaron los primeros telares para seda producida en suelo europeo. El monopolio que China había mantenido durante tres mil años bajo pena de muerte acabó en una tarde gracias a dos monjes sin ningún afán de protagonismo.

La puerta oeste de Asia
Plantearse seguir uno de los caminos por el que transitase la seda china, el vidrio veneciano, las especias de la India o el marfil africano es misión imposible.
No cabe sino visitar una serie de puntos en los que confluían caravanas atraídas por la existencia de oasis que les permitieran un alto en el camino. Lugares de descanso donde intercambiar mercancías con otros comerciantes y que con el tiempo se han convertido en ciudades con un alto desarrollo económico. Prosperidad que empaña la romántica idea de encontrar karavansarais rodeados de dunas y con camellos cargados de ricas mercancías...
La puerta real que conecta el Turquestán Oriental con China es una ciudad perdida llamada Taxkorgan, que significa "Torre de Piedra", hoy convertida en ruinas, pero por donde antiguamente pasaban las principales caravanas, ya fueran en la dirección que fueran.
La siguiente ciudad importante que encontramos es Kashgar, situada en los confines occidentales de China, que algunos llaman Kashi.
Se muestra como un microcosmos de ese macrocosmos que supone el conjunto laberíntico que sería la Ruta de la Seda en su tramo por China. Una ciudad moderna y funcional pero que conserva su casco histórico con todo el sabor que podíamos esperar en nuestra imaginación. Encerrado en el perímetro de sus murallas, parece que el tiempo se ha detenido y hace evocar su pasado esplendor.

La cuenca del Tarim
Y nada más salir de Kashgar nos encontramos con uno de los escollos más peligrosos del camino, el desierto de Taklamakán, del que se pueden decir todo tipo de barbaridades.
Es uno de los más secos y extensos del mundo, con dunas que oscilan entre 100 y 300 m de altura, con una amplitud térmica que va desde 50 °C de máxima hasta -40 °C de mínima. Eso obliga a tomar una drástica decisión, bordearlo por el norte o por el sur.
Nosotros utilizamos el camino del norte que atraviesa poblaciones como Ürümqi y Turfan, lugares donde, de aquella actividad comercial, nacieron importantes núcleos urbanos con una potencia económica extraordinaria. Y aquí nos encontramos con "otro producto" de enorme importancia, porque aquella ruta no solo era comercial, por ella también circulaban culturas, lenguas, escrituras, religiones y pueblos a los que los avatares de la historia desplazaron de sus orígenes.
El Museo Regional de Xinjiang en Ürümqi conserva una gran cantidad de momias encontradas en la cuenca del Tarim, perfectamente conservadas de manera natural, sin seguir los complicados rituales de ultratumba que practicaban los egipcios convertidos en taxidermistas religiosos de su cultura.
La razón está en la extrema sequedad del ambiente que propició la conservación de los cuerpos, incluso la de sus vestiduras y accesorios, muy elaborados y coloridos, con un amplio sentido estético. Y con ello hemos comprobado el origen caucásico de los habitantes de la zona.
La otra ciudad importante de la zona es Turfan, una ciudad-estado, importante centro comercial muy vinculado a la antigua Ruta de la Seda. Su prosperidad estribaba, en buena parte, en la gestión que hacían del fértil oasis junto al que se habían establecido, pues ingeniaron un sistema de canales, llamado karez, que suministraban agua abundante con la que alimentaban sus cultivos y nutrieron a la población local y a los viajeros que pasaban.
Consistía en una serie de pozos verticales que recogían la nieve derretida de las montañas y la conducían mediante canales subterráneos hasta el oasis. De esta manera reducían la evaporación y evitaban contaminarse.
Este sistema de agua y riego de karez
es un importante patrimonio histórico que juega un papel primordial en la vida cotidiana de la población local de Turfan.
En Turfan se combina la montaña y el desierto, el pueblo y las ruinas, porque un enclave que no puede dejarse de lado son las ruinas de Jiaohe, a 10 km de la capital.
Una fortaleza natural situada en la cima de una meseta en forma de hoja entre dos profundos valles fluviales, un oasis imprescindible en el camino. Jiaohe fue capital del reino tocario de Jushi, desde el año 108 a.C. hasta el 450 d.C. Después se convirtió en prefectura y ya, a partir del año 640 con la dinastía Tang, fue dignificado con el título de condado de Jiaohe, siendo sede del Protector General de las Regiones Occidentales.
Finalmente fue abandonada tras ser destruida durante una invasión de los mongoles a las órdenes de Gengis Khan. Corría el siglo XIII.
Dunhuang, una frontera cultural
En el extremo más oriental del desierto de Taklamakán, ya es posible que vuelvan a confluir las dos rutas que se habían abierto para salvar el Taklamakán.
Dunhuang representa un punto de inflexión en nuestro camino, hacia el oeste la etnia uigur, de origen caucásico, y hacia el este el imperio chino.
Allí, en las Cuevas de Mogao, se identifica el centro fundamental en la expansión del budismo hacia China. El hallazgo de un increíble número de textos, preservados casi milagrosamente en cuevas gracias a la extrema sequedad de la región, evidencia la penetración de una gran cantidad de pueblos que llevaron consigo su influencia cultural y religiosa.
A unos 6 km de Dunhuang, en las estribaciones del desierto del Gobi, se encuentra el Oasis Yueyaquan (literalmente, Lago de la Medialuna), uno de los más famosos que abastecieron de agua a los viajeros y mercaderes que transitaban por la antigua Ruta de la Seda, denominado así por la peculiar forma de la laguna que lo forma. Junto a él se levanta una pagoda y el sitio es especialmente frecuentado por visitantes atraídos por las dunas y la posibilidad de dar un paseo en camello emulando otros tiempos.

El corredor de Hexi
Es un estrecho corredor geográfico que se extiende unos 1000 km en dirección NO-SE, al norte de la alta y desolada meseta tibetana y al sur del desierto de Gobi.
El corredor de Hexi o corredor de Gansu es esencialmente una cadena de oasis que cobraron una gran importancia para los comerciantes que recorrían la Ruta de la Seda.
A lo largo de él encontramos la ciudad de Jiayuguan donde en el año 1372 la dinastía Ming, reinante en aquel momento, decidió levantar una fortaleza que protegiera la frontera noroeste del imperio y rematar el final de la Gran Muralla que se extendía hasta allí.
El Fuerte de Jiayuguan se erige como el último baluarte de la Gran Muralla China. Rodeado de desiertos, lo convertían en un enclave estratégico, ideal para la defensa de las ciudades del imperio y, en los términos comerciales que estamos tratando, era un lugar ideal para actuar de aduana y recaudar los impuestos que propiciaba el intercambio de mercancías.
Al salir de Jiayuguan se presenta ante nuestros ojos el increíble paisaje del Geoparque Nacional de Danxia, un arco iris de formaciones rocosas que toman caprichosas formas.
Luego el complejo monástico de Mati, nombre que significa literalmente herradura y hace referencia a la pezuña del caballo celestial que apoyándose en una roca dejó su huella y se elevó hasta los cielos.
El conjunto total lo forman 70 cuevas interconectadas por pasarelas colgantes que ofrecen un asombroso aspecto.
Casi al final del corredor alcanzamos la ciudad de Xining, en la altiplanicie tibetana, un importante cruce de caminos.
Por un lado, el de Zhangye desde donde hemos llegado tras dejar atrás el complejo de Mati y por el otro, Lanzhou que se convirtió en paradigma de riqueza ya que en la zona se encontraron varias minas de oro.
Xining se considera la entrada a China desde el Tíbet y allí se construyó el mayor monasterio budista, fuera del Tíbet, el Ta'en o Kumbum.
En realidad, se trata de un gompa, que combina las características de fortaleza con su función principal que es la de las enseñanzas y formación. Su estructura y diseño es la de un mandala o recinto geométrico sagrado en el que se distribuyen ordenadamente las distintas capillas y aulas con bancos para que los monjes oren y mediten.
Ante la puerta de la sala central, o Templo Dorado, donde se encuentra el arca que almacena los tesoros de la Secta de los Bonetes Amarillos, los peregrinos se postran cien veces y el suelo muestra huellas de desgaste donde tocan sus manos y pies.
Pero la sala más rica es la que tiene sus muros decorados con paneles realizados con manteca de yak que se conservan en unas cámaras con temperatura constante.
La cultura tibetana del lugar se manifiesta en el Museo de Arte Tibetano que custodia un thangka de 618 metros que se extiende en una inmensa vitrina ondulada para no interrumpir la continuidad de la pieza.
En ella se refleja toda la cosmogonía budista a través del Mahayana, y presta atención a otros aspectos como la astronomía, la tecnología, la ciencia, la medicina, la arquitectura, la lingüística y la poesía, en un espectáculo visualmente impresionante y colorista.
La obra, que ya ha sido incluida en el Libro Guinness de los récords, ha ocupado a 400 artistas tibetanos durante más de treinta años.
Y para nosotros es también el final de nuestro trayecto por la Ruta china de la Seda.
Hemos recorrido montañas, desiertos, caminos otrora transitados por camellos y hoy por aviones, trenes de alta velocidad, coches que han cruzado y dejado atrás carreteras, calzadas por donde un día pasó la historia y se instaló, desarrolló y floreció una buena parte de la cultura.
Ver la Ruta de la Seda como un trayecto simplemente comercial es quedarse muy, pero que muy, corto.
Hay que conocer a los pueblos, religiones, idiomas y cultura que durante siglos le han dado su sello de identidad.
Susana Ávila
Madrid
Viaje a Taiwán: Mercados Nocturnos
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, ONEIRA club de viajeros recorrerá Taiwán en un itinerario que enlaza Taipéi con la costa norte, Sun Moon Lake, Taichung, Alishan, Chiayi, Tainan, Kaohsiung, Wutai y Yangmingshan. Será una oportunidad para descubrir la isla a través de sus paisajes, su memoria y también de una de sus expresiones cotidianas más vivas: los mercados nocturnos. En ellos, la gastronomía deja de ser un simple acompañamiento del viaje y se convierte en una forma privilegiada de acercarse a la sociedad taiwanesa, compartiendo la calle, la mesa y el ritmo de la noche.
La ciudad cambia cuando se encienden los puestos
Cuando cae la tarde, muchas ciudades taiwanesas parecen cambiar de piel. Las persianas de algunos comercios bajan, pero en otras calles comienza una segunda jornada. Se montan planchas y vaporeras, se encienden rótulos, llegan carros cargados de mercancía y el aire se llena de caldo, especias, fruta madura, carbón y masa recién horneada. La multitud avanza sin una dirección demasiado clara: se detiene, compara, espera, prueba y vuelve a caminar. Un mercado nocturno no se visita como un monumento. Se entra en él y, durante un rato, se participa de la ciudad.
Esa es quizá su primera lección. Aunque las guías los presentan como grandes escaparates de comida callejera, los mercados son ante todo espacios de convivencia. Acuden familias después del trabajo, grupos de estudiantes, parejas, vecinos que compran la cena y viajeros atraídos por la luz y los aromas. Hay puestos de ropa, pequeños juegos, accesorios para el móvil, remedios, objetos domésticos y caprichos baratos. Comer es esencial, pero también lo son el paseo, la conversación y la posibilidad de estar juntos sin necesidad de una ocasión especial.
Una historia escrita con luz, trabajo y calle
Los mercados nocturnos no aparecieron de la nada. Sus raíces se relacionan con los antiguos mercados que articulaban el intercambio entre agricultores, pescadores, artesanos y poblaciones urbanas. Durante el periodo japonés, la modernización de las calles y la extensión del alumbrado permitieron utilizar de otra manera el espacio público después del anochecer. Las autoridades intentaron ordenar a los vendedores ambulantes por razones de tráfico e higiene, pero la actividad popular resultó difícil de contener y terminó adoptando formas reguladas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la urbanización y el crecimiento industrial reforzaron esta cultura. Para muchos trabajadores, la noche era el momento disponible para comprar, cenar y distraerse. El mercado ofrecía comida económica, pequeños servicios y entretenimiento en un mismo lugar. A medida que Taiwán prosperó, aquellos espacios se transformaron, pero conservaron una característica decisiva: su capacidad para reunir economía popular, vida familiar y ocio cotidiano. Bajo el neón moderno continúa latiendo una larga historia de adaptación urbana.

El idioma de los “pequeños bocados”
La gastronomía de estos mercados se entiende mejor a través de los xiaochi, literalmente “pequeñas comidas” o “pequeños bocados”. No se trata de construir una cena según el orden clásico de entrante, plato principal y postre, sino de probar porciones, compartirlas y dejar que el recorrido decida. Una tortilla de ostras puede dar paso a un bol de arroz con cerdo estofado; después llegan un pan de pimienta cocido en la pared de un horno, unas salchichas, tofu fermentado, fideos, pollo frito, fruta fresca o hielo raspado.
Los nombres de los platos cuentan migraciones, adaptaciones e identidades regionales. Hay herencias de las distintas comunidades llegadas desde la China continental, técnicas desarrolladas en la propia isla, influencias japonesas y productos tropicales que sitúan al viajero en otra latitud. La receta importa, pero también la especialización: algunos puestos preparan durante décadas una sola elaboración y construyen su prestigio mediante la repetición, la memoria de los clientes y una cola que funciona como recomendación pública.
Cada mercado posee una voz
No existe un único mercado nocturno taiwanés. En Taipéi, Raohe se extiende como un corredor compacto junto al templo Ciyou: lo religioso, lo comercial y lo festivo aparecen casi unidos en una misma escena. Shilin, más grande y conocido, combina comida, compras y entretenimiento. Ningxia mantiene una fuerte reputación gastronómica y demuestra que una calle relativamente corta puede condensar una enorme variedad de sabores.
En Taichung, Fengjia creció alrededor del ambiente universitario y proyecta una energía joven, comercial y creativa. En Chiayi, el mercado de Wenhua conecta la cocina local con el paseo nocturno por el centro. Tainan, ciudad fundamental para comprender la historia culinaria de la isla, convierte sus mercados en un territorio de especialidades y recetas con profundas raíces locales. Y en Kaohsiung, Liuhe recuerda la relación de la gran ciudad portuaria con el mar mediante puestos de pescado y marisco, junto a bebidas tan populares como la leche de papaya.
Estas diferencias evitan que la experiencia se reduzca a una lista de platos famosos. El mercado revela la personalidad de cada ciudad: su tamaño, sus horarios, su público, los productos de la región y la forma en que el barrio utiliza la calle. Algunos funcionan todas las noches; otros se instalan únicamente ciertos días. Unos son grandes destinos turísticos y otros conservan un carácter eminentemente vecinal.

Mirar, elegir y compartir
Para el viajero, la mejor estrategia consiste en abandonar la prisa. Conviene observar qué prepara cada puesto, cómo se organiza la cola y qué eligen los clientes habituales. Compartir varias porciones permite probar más cosas y convierte la comida en una conversación. También ayuda llevar algo de efectivo, mantener el paso de la multitud y recordar que el mercado no es un decorado: es un lugar de trabajo y una parte real de la vida del barrio.
La intensidad sensorial puede parecer caótica, pero suele existir un orden aprendido. Los vendedores trabajan con rapidez, los clientes saben cuándo pedir y dónde esperar, y la corriente humana encuentra sus propios carriles. El visitante comprende pronto que la vitalidad no equivale a desorganización. Hay una coreografía colectiva hecha de gestos mínimos: señalar una bandeja, aceptar un cuenco, apartarse para dejar pasar, buscar un rincón donde compartir y devolver después el recipiente.
Taiwán, contado a ras de suelo
Los mercados también afrontan preguntas contemporáneas. La regulación sanitaria, la convivencia con los residentes, el tráfico, los residuos, el aumento de los alquileres y la tentación de repetir las mismas fórmulas para el turismo condicionan su futuro. Sin embargo, su fuerza reside precisamente en la capacidad de cambiar sin perder del todo su función social. Surgen recetas nuevas junto a negocios familiares; la tecnología facilita el pago o la promoción, mientras el contacto directo entre quien cocina y quien come sigue siendo el centro de la experiencia.
Al final, un mercado nocturno ofrece algo difícil de encontrar en una visita apresurada: la posibilidad de ver cómo una sociedad ocupa colectivamente su ciudad. Allí se cruzan generaciones, acentos, gustos y ritmos de vida. La comida actúa como puerta de entrada, pero lo que permanece en la memoria es una atmósfera: el calor de las planchas, el murmullo de la gente, los carteles encendidos y la naturalidad con la que la calle se convierte en comedor, paseo y punto de encuentro. Cuando Taiwán se cuenta desde la calle, la noche no oculta la ciudad: la revela.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
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Viaje a Uganda: los chimpancés
Uganda sigue siendo uno de esos destinos capaces de cambiar nuestra forma de mirar la naturaleza. Este próximo mes de diciembre, Oneira viajará de nuevo al corazón de África y todavía disponemos de algunas últimas plazas en una de nuestras salidas. Entre los grandes momentos del viaje estará el encuentro con los chimpancés en los bosques de Uganda: una experiencia que va mucho más allá de observar animales en libertad. Porque cuando los vemos comunicarse, cuidar a sus crías, establecer alianzas o resolver conflictos, resulta inevitable reconocernos un poco en ellos. En este artículo nos acercamos precisamente a ese fascinante espejo evolutivo que compartimos con nuestros parientes vivos más cercanos
Chimpancés
Si miramos de frente y profundamente a los ojos de un chimpancé,
una personalidad inteligente y segura de sí misma nos devuelve la mirada.
Si ellos son animales, ¿qué somos nosotros? Frans de Waal
El grito que nos precede
El silencio en el Bosque de Kibale anticipa la tormenta. De pronto, el aire se rasga. En algún punto de la selva ugandesa, antes incluso de que el ojo alcance a distinguir una silueta entre la espesura, irrumpe el pant-hoot, ese grito largo, ascendente, casi ceremonioso, con el que los chimpancés anuncian su presencia.
Hay algo profundamente perturbador en ese sonido: no parece el rugido lejano de una bestia exótica, sino la voz de una inteligencia que se mueve en un territorio tan remoto como extrañamente cercano. Uganda, con sus bosques húmedos y densos, es uno de los grandes escenarios africanos para este encuentro.
La herida de Darwin y el choque de identidad
Cuando en el siglo XIX Charles Darwin tuvo la osadía de sugerir que no éramos una creación aislada, sino el resultado de una evolución compartida con los simios, el mundo victoriano sufrió un síncope cultural. La idea de que bajo nuestros trajes y modales latía el instinto de un primate era inaceptable.
Sin embargo, caminar hoy por los senderos de Uganda es aceptar que Darwin no solo tenía razón, sino que se quedó corto en la descripción del vínculo. No es solo anatomía; es una psicología compartida. Observar a un grupo de chimpancés en Kibale es asistir a una obra de teatro donde se representan la política, la diplomacia y el afecto de forma tan pura como desencarnada.

El legado de Jane Goodall
Nuestra percepción moderna de estos seres le debe todo a Jane Goodall. Fue ella quien, en las selvas de Gombe, rompió el protocolo científico al ponerles nombres en lugar de números. Nos enseñó, con el corazón en un puño, como una madre se dejaba morir de hambre por la tristeza que le produjo la muerte de su hijo. Nos presentó a individuos: madres abnegadas, jóvenes traviesos y líderes carismáticos. Nos mostró que los chimpancés fabrican herramientas, poseen ritos de consuelo y mantienen vínculos familiares que duran décadas.
Jane, movida siempre por una profunda empatía, inicialmente vio a los chimpancés como una versión "mejorada" y pacífica del ser humano, hasta que fue testigo de la Guerra de los Cuatro Años.
Los orígenes de nuestra propia sombra
La comunidad que ella estudiaba, los Kasakela, se dividió de forma orgánica: un grupo se quedó en el norte y otro, los Kahama (siete machos y tres hembras), se desplazó hacia el sur. Lo que empezó como una separación pacífica terminó en lo que Goodall solo pudo describir como una guerra civil.
Lo que horrorizó a la investigadora no fue la violencia en sí, sino su naturaleza premeditada. No eran peleas accidentales por comida o apareamiento. Eran "patrullas de castigo". Grupos de machos del norte se internaban en silencio en el territorio del sur, se escondían entre la maleza y esperaban a que un antiguo "amigo" estuviera solo.
Durante cuatro años, los ataques se repitieron con una precisión militar. Uno a uno, los machos de la facción del sur fueron cazados y ejecutados, utilizando todo tipo de técnicas de carácter casi militar (emboscadas, trampas…). Las hembras fueron secuestradas o golpeadas. La comunidad Kahama fue, literalmente, borrada del mapa.

La cara y la cruz
Para bien y para mal, las huellas de nosotros mismos nos dirigen hasta ellos. Al observar a una comunidad de chimpancés, no solo ves su capacidad de cuidar al herido o de jugar durante horas; ves también su capacidad para la guerra y la política territorial.
Es un espejo incómodo. En su estructura social vemos lo mejor de nosotros: la cooperación y la empatía. Pero también vemos nuestra sombra: la ambición y la violencia tribal. Uganda no te ofrece un safari contemplativo; te ofrece el reflejo que permite observar nuestra propia esencia.
A. Bermejo Vesga
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Safari UGANDA: Leones trepadores de Ishasha
Leones trepadores de Ishasha – una rareza africana
En una nueva entrega de nuestra sección SABER MÁS, Daniel Bermejo nos invita a descubrir uno de los comportamientos más sorprendentes de la fauna africana: el de los leones trepadores de Ishasha, en el Parque Nacional Queen Elizabeth. Estos extraordinarios felinos serán uno de los grandes atractivos de nuestros próximos viajes a Uganda. Todavía quedan últimas plazas disponibles en una de las salidas programadas en diciembre de este año, una magnífica oportunidad para adentrarnos en el corazón salvaje de África y contemplar en su entorno natural a estos singulares leones que han hecho de las copas de los árboles su lugar de descanso y observación.
En el sector sur del Parque Nacional Queen Elizabeth, el paisaje de la sabana de Uganda nos reserva uno de los espectáculos más inusuales y magnéticos de la zoología moderna: los leones trepadores de árboles de Ishasha. Mientras que en la mayor parte de África el león es el rey absoluto del suelo, aquí las manadas han desarrollado la sorprendente costumbre de pasar las horas de mayor calor encaramadas en las ramas horizontales de las grandes higueras y acacias. Estos ejemplares suelen elegir con especial predilección los sicomoros antiguos, cuya estructura de ramas bajas y robustas permite que varios miembros de la familia se acomoden simultáneamente en una siesta colectiva que desafía la gravedad.
Ver a un felino de más de ciento cincuenta kilos de peso descansando con total naturalidad a varios metros de altura, con las patas colgando entre el follaje verde esmeralda, es una imagen que desafía la lógica instintiva y que convierte a este rincón de Uganda en un destino de culto para naturalistas y fotógrafos. La estampa resulta casi surrealista para el viajero: la melena dorada del macho alfa contrasta con el gris ceniciento de la corteza, mientras el viento que sopla desde la cercana frontera con la República Democrática del Congo mece suavemente su improvisada cuna de madera.

La ciencia ha intentado descifrar este comportamiento único a través de diversas teorías que combinan la biología y la ecología del entorno. Una de las razones principales es la termorregulación; en las copas de los árboles, los leones aprovechan las brisas frescas que no llegan al nivel del suelo, permitiéndoles enfriar su cuerpo durante el sofocante mediodía tropical.
Además, el ascenso a las ramas les proporciona un refugio seguro frente a las moscas tsetse y otros insectos parásitos que proliferan en la hierba alta y que pueden ser una fuente constante de irritación y enfermedades. Por último, la altura les otorga una posición de vigilancia estratégica, permitiéndoles otear el horizonte en busca de sus presas favoritas, como los cobos de Uganda, o detectar con antelación la aproximación de competidores potenciales como elefantes y búfalos, evitando así encuentros innecesarios en la densa maleza.
Sin embargo, lo más fascinante de los leones de Ishasha es que este comportamiento parece ser una forma de herencia cultural más que una simple adaptación fisiológica. Los cachorros aprenden a trepar observando a sus madres, imitando sus movimientos desde edades muy tempranas y convirtiendo la ascensión en una tradición transmitida de generación en generación. Este proceso de aprendizaje social subraya la inteligencia adaptativa de los felinos, quienes perpetúan una auténtica "escuela de trepadores" que garantiza su bienestar y cohesión social en este ecosistema particular.
Aunque se han documentado casos similares de forma esporádica en el lago Manyara, en Tanzania, la frecuencia y la naturalidad con la que ocurre en Ishasha no tiene parangón en el mundo. Este aislamiento geográfico ha convertido a la población local en un tesoro biológico de valor incalculable, recordándonos que la conservación de estas áreas es vital para proteger no solo a la especie, sino también sus costumbres únicas.
Observar a estos "guardianes silenciosos" desde el viaje de ONEIRA club de viajeros es un recordatorio de que la naturaleza siempre guarda secretos y que la vida salvaje es capaz de reinventarse de las formas más inesperadas. Es, en última instancia, una lección de humildad que nos enseña cómo incluso los depredadores más poderosos buscan, a su manera, un lugar de paz entre el cielo y la tierra, dejando una huella imborrable en la memoria de todo aquel que tiene la fortuna de cruzar su mirada con un rey que ha decidido conquistar las alturas.
Daniel Bermejo
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Taiwán industrial: oro, carbón, azúcar y memoria
En marzo de 2027, ONEIRA Club de Viajeros viajará a Taiwán, una isla fascinante donde conviven templos centenarios, montañas cubiertas de niebla, ciudades vibrantes y una de las sociedades más modernas de Asia. Nuestro recorrido nos llevará también por lugares como Jiufen, Shifen, Tainan y Kaohsiung, donde descubriremos una faceta menos conocida pero esencial para comprender el país: la de sus minas, sus ferrocarriles, sus antiguas fábricas y sus puertos. Espacios que fueron protagonistas de la transformación económica de Taiwán y que hoy han encontrado una nueva vida como pueblos históricos, centros culturales y barrios creativos. En este artículo nos acercamos a esa memoria industrial que sigue formando parte del paisaje y de la identidad de la isla.
Taiwán no solo se comprende a través de templos, montañas, mercados nocturnos y ciudades ultramodernas. Una parte esencial de su historia reciente está escrita también en minas, ferrocarriles, fábricas, almacenes y puertos. Durante décadas, estas infraestructuras impulsaron la transformación económica de la isla y modificaron profundamente su paisaje y la vida de sus habitantes. Hoy, muchos de aquellos espacios han perdido su función original, pero no han desaparecido: se han convertido en lugares de memoria, centros culturales y nuevos espacios creativos.
En el norte de la isla, Jiufen y Jinguashi crecieron al calor de la minería del oro. A finales del siglo XIX, el descubrimiento de yacimientos auríferos transformó pequeñas aldeas de montaña en núcleos mineros muy activos. Jiufen llegó a vivir una época de gran prosperidad, con trabajadores, comerciantes, viviendas, negocios y servicios que dependían casi por completo de la actividad minera. Cuando las minas comenzaron a declinar, el pueblo entró en decadencia, pero con el tiempo recuperó una nueva vida. Hoy sus callejuelas empinadas, las casas tradicionales y las vistas sobre el mar han convertido Jiufen en uno de los lugares más evocadores del norte de Taiwán.

Muy cerca, Jinguashi conserva de forma todavía más evidente las huellas de aquel pasado. Las antiguas instalaciones mineras, las galerías, las viviendas de trabajadores y otros restos industriales permiten imaginar cómo era la vida en torno a la extracción de oro. Frente al ambiente animado y nostálgico de Jiufen, Jinguashi mantiene un carácter más silencioso y directamente vinculado con la memoria minera.
Otro capítulo de esta historia aparece en Shifen. La pequeña línea ferroviaria que hoy atraviesa el centro del pueblo estuvo originalmente vinculada al transporte de carbón desde las zonas mineras de las montañas. Durante décadas, aquellas vías sirvieron a una economía industrial que marcó el desarrollo de la región. Hoy el mismo ferrocarril se ha convertido en uno de los atractivos turísticos más pintorescos de Taiwán. El tren continúa pasando junto a las casas y comercios, pero transporta viajeros en lugar de carbón. El paisaje permanece; su significado ha cambiado.
Más al sur, la memoria industrial adquiere otro protagonista: el azúcar. Cerca de Tainan, el actual Ten Drum Cultural Village ocupa una antigua fábrica azucarera levantada durante el periodo japonés. Durante buena parte del siglo XX, estos complejos industriales desempeñaron un papel importante en la economía taiwanesa. Tras el cierre de la fábrica, sus almacenes, chimeneas y estructuras no fueron demolidos. El espacio fue recuperado y transformado en un centro dedicado a la música, las artes escénicas y la creación cultural. Allí donde antes resonaba la maquinaria industrial, hoy lo hacen los tambores.
En Kaohsiung, esta transformación se percibe en torno al gran puerto. La ciudad creció durante el siglo XX estrechamente ligada al comercio marítimo, al ferrocarril y a la actividad industrial. Sus almacenes portuarios fueron durante décadas espacios de trabajo y distribución de mercancías. Con la modernización del puerto y los cambios económicos, muchos de ellos quedaron sin uso. En lugar de desaparecer, una parte importante ha sido rehabilitada como zona cultural, galerías, espacios de exposición y centros creativos, especialmente en el entorno del Pier-2 Art Center.
Jiufen, Jinguashi, Shifen, Ten Drum y Kaohsiung muestran así una característica especialmente interesante del Taiwán contemporáneo: su capacidad para reutilizar sin borrar. Una mina puede convertirse en museo, una antigua vía de carbón en ferrocarril turístico, una fábrica de azúcar en escenario cultural y un almacén portuario en galería de arte.
Recorrer estos lugares permite descubrir algo más que bellos paisajes o espacios curiosos. Permite comprender el trabajo, las industrias y las profundas transformaciones que ayudaron a construir el Taiwán moderno, y comprobar cómo una sociedad puede conservar su pasado sin quedar atrapada en él.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
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Viaje a Taiwán: Budismo Humanista
En marzo de 2027 volvemos a mirar hacia Asia para descubrir una de sus islas más fascinantes: Taiwán. Del 23 de marzo al 4 de abril, ONEIRA Club de Viajeros recorrerá un país sorprendente, donde grandes ciudades, montañas, templos, paisajes costeros y una extraordinaria herencia cultural conviven con una de las sociedades más modernas de Oriente. Todavía disponemos de plazas para acompañarnos en este viaje, pensado para quienes disfrutan descubriendo no solo lugares, sino también las historias y las ideas que ayudan a comprenderlos. Porque Taiwán guarda algo especialmente valioso: durante buena parte del siglo XX se convirtió en refugio de tradiciones que al otro lado del estrecho atravesaban tiempos convulsos, y algunas de ellas encontraron en la isla una nueva manera de dialogar con el mundo contemporáneo. Una de las historias más fascinantes es la del llamado budismo humanista, protagonista del magnífico artículo que compartimos hoy y que nos acerca a otra de las muchas dimensiones que harán de nuestro viaje a Taiwán una experiencia cultural extraordinaria.
Budismo humanista: una espiritualidad para el mundo contemporáneo
«Los budas aparecen entre los hombres; nunca alcanzan la budeidad en los cielos.» Āgamas
China, años veinte del siglo pasado. La tradición -el budismo- que había levantado los colosos de Longmen y las bibliotecas de Dunhuang apenas ocupa ya un lugar en la vida de la gente: aparece apenas cuando hay que enterrar a alguien. Los monasterios conservan tierras y rentas, pero se han convertido en empresas funerarias con liturgia, y el monje es un profesional al que se contrata para que cante por los muertos. Fuera de sus muros, los reformistas republicanos discuten si no sería más útil transformar los templos en escuelas. El budismo chino no está perseguido: está de más.
A esa parálisis responde una generación con una idea sencilla y, en su contexto, casi insolente: que el budismo debía servir para vivir, y no solo para morir. Como toda revolución, necesitó dos clases de hombres muy distintos, dos tipos de temperamentos radicales.
Primero el agitador. Taixu (1890-1947) fue un monje incómodo, polemista, con instinto de periodista, que exigió una triple reforma —de la doctrina, de la institución y de la propiedad— y denunció que se había construido un budismo de los difuntos. Fracasó en casi todo lo práctico, típico de una personalidad pasional y desorganizada como la suya: sus proyectos institucionales se deshicieron uno tras otro.
Después, quien ordena. Yin Shun (1906-2005), erudito paciente y de temperamento opuesto, hizo con aquel impulso lo que hacen los buenos administradores de una revolución: convertir el grito en argumento. Buscó fundamento textual y lo encontró en los Āgamas, en el pasaje que abre este artículo. Le dio nombre —renjian fojiao, budismo del ámbito humano— y, sobre todo, le dio una dirección sobre la que construir.

Porque lo que aquellos hombres proponían no era una novedad, sino una vuelta a lo que siempre fue. La figura central del budismo mahayana es el bodhisattva: aquel que, pudiendo extinguirse en el nirvana, renuncia a hacerlo mientras quede un solo ser que sufra. Alguien que elige quedarse. El budismo humanista no inventó nada; se limitó a bajar esa figura del altar a la calle, y a preguntar qué significaba tomarla en serio en una sociedad con hospitales, periódicos y elecciones.
Faltaba el tercero: el que lo pusiera en pie. Hsing Yun nació en 1927 en una aldea pobre de Jiangsu y se ordenó a los doce años. En 1949, con la derrota nacionalista, cruzó el estrecho entre la multitud del éxodo y llegó a Taiwán sin nada; sus primeras semanas en la isla las pasó detenido, sospechoso de espía comunista. La escena resume bien lo que era entonces Taiwán: un territorio pequeño que recibía de golpe una masa de talento desproporcionada para su tamaño —militares, catedráticos, novelistas y también la élite monástica del budismo chino— y que no tenía forma de distinguir a un refugiado de un infiltrado. Pocos años después, la Revolución Cultural arrasaba en el continente los monasterios que aquellos monjes habían dejado atrás. Sin habérselo propuesto, la isla se convirtió en el arca de una tradición que estaba siendo demolida en su país de origen.
En 1967 Hsing Yun compró una ladera de bambú cerca de Kaohsiung y la llamó Fo Guang Shan, la Montaña de la Luz de Buda. Lo que levantó allí durante medio siglo se parece poco a lo que solemos imaginar bajo la palabra monasterio: emisoras de radio, una editorial, un diario, televisión, coros juveniles con música moderna, universidades en Taiwán y en California, un templo en Los Ángeles y una asociación internacional de seglares con millones de miembros en decenas de países. Ordenó además a mujeres en un número sin precedentes: hoy las monjas superan ampliamente a los monjes y dirigen buena parte de las instituciones de la orden.

Quien llega hoy encuentra un recinto de escala imperial, construido para custodiar una reliquia dental del Buda: una avenida flanqueada por ocho pagodas y cuatro estupas, y un Buda sedente de bronce que se distingue desde la autopista. En el comedor se come gratis. La desmesura y la sopa pertenecen al mismo proyecto: una religión que ha decidido no esperar a que vengan a buscarla.
Fo Guang Shan no está sola. La misma pregunta —qué hace una tradición antigua dentro de una sociedad moderna— recibió en Taiwán cuatro respuestas distintas, las llamadas cuatro grandes montañas. Fo Guang Shan apostó por la cultura y la difusión. Tzu Chi, fundada por la maestra Cheng Yen, por la filantropía, hasta convertirse en una de las mayores organizaciones de socorro de Asia. Dharma Drum, por el estudio y la meditación. Chung Tai Shan, por una arquitectura contemporánea de una audacia desconcertante. Quien recorre la isla no visita cuatro templos: visita cuatro maneras de contestar.
Hsing Yun murió en 2023, a los noventa y cinco años. Los últimos los pasó ciego; una diabetes le había ido apagando la vista. Siguió haciendo caligrafía. Como no podía ver dónde levantar el pincel ni dónde volver a apoyarlo, escribía frases enteras de un solo trazo, sin interrupción, confiando la línea completa a la memoria de la mano. Cuesta encontrar mejor imagen de lo que aquellos tres hombres habían propuesto: no elevarse, no retirarse, no aguardar el cielo. Seguir escribiendo en el mundo, a oscuras y sin levantar la mano.
A. Bermejo Vesga
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Viaje a Taiwán: Templos vivos
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con la Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Entre los lugares que conoceremos se encuentran algunos de sus templos más fascinantes: Lungshan, en Taipéi; Wen Wu, frente al lago del Sol y la Luna; y las coloridas pagodas del Dragón y el Tigre, en Kaohsiung.
Pero los templos taiwaneses no son únicamente monumentos que se visitan. Son espacios vivos, llenos de incienso, ofrendas, consultas, agradecimientos y conversaciones con los dioses. En ellos conviven con absoluta naturalidad el budismo, el taoísmo, la tradición confuciana, las creencias populares y el culto a los antepasados.
En «Templos vivos», nuestro nuevo artículo, nos adentramos en esa relación cotidiana y sorprendentemente práctica que los taiwaneses mantienen con lo divino. Una lectura amena y reveladora que nos ayudará a comprender mejor algunos de los lugares más coloridos, animados y desconcertantes que encontraremos durante el viaje.
Templos vivos
«Los rituales son a la comunidad lo que la casa es a la habitación.» Byung Chul Han.
El viajero que entra por primera vez en un templo taiwanés cree estar cruzando el umbral de algo remotísimo, y en realidad está entrando en una lógica que conoce de sobra: se pide, se concede, se agradece. Lo que sí resulta difícil de asimilar es otra cosa. Aquí no se pertenece a nada. No hay conversión, ni credo, ni bautismo, ni obligación de escoger. La misma persona quema incienso ante una bodhisattva budista, consulta a un dios taoísta, cumple los ritos confucianos con sus mayores y mantiene en casa las tablillas de sus antepasados, sin percibir contradicción alguna, porque las categorías nunca fueron excluyentes. Por eso las encuestas religiosas en Taiwán arrojan cifras que no suman: la pregunta presupone una exclusividad que no hay por ningún lado.

El Templo de Lungshan, en Taipéi, fundado en 1738 por colonos llegados de Fujian, demuestra todo esto en un solo paseo. En la sala delantera se venera a Guanyin, budista. Al fondo, un pleno de deidades taoístas y populares: Mazu, el general Guan Gong, el dios de los exámenes, ante el cual los estudiantes dejan fotocopias de su resguardo de matrícula junto a una piña y unas cebolletas; y el Anciano bajo la Luna, casamentero oficial, que reparte hilos rojos y tiene siempre la cola más larga del recinto. Una visita, tres tradiciones, ninguna incomodidad.
Ayuda saber que el cielo chino está organizado como una administración pública. Hay un Emperador de Jade en la cúspide, ministerios, funcionarios con competencia territorial, expedientes y ascensos: varios dioses fueron promovidos en su día por decreto imperial. El más humilde de todos, el dios de la tierra es el funcionario de barrio, y su capilla mínima aparece en esquinas, arrozales, medianas de carretera y aparcamientos subterráneos. De ahí que la relación con lo divino sea contractual antes que sentimental. A un funcionario no se le ama: se le presenta una solicitud, se aporta documentación y se espera resolución.
La documentación es el incienso, en forma de tres varillas y en un orden preciso de incensarios para que el humo transporte el mensaje. Y la resolución llega mediante dos piezas de madera en forma de medialuna que se lanzan al suelo. Hay tres respuestas posibles: sí, no, y una tercera en la que ambas caras quedan hacia arriba y que significa que el dios se ríe, porque la pregunta está mal planteada.
En agosto de 2014, el templo de Xingtian (no incluido en nuestro programa), que recibe seis millones de visitantes al año, retiró de madrugada sus dos grandes incensarios y quince mesas de ofrendas por razones de contaminación —en el país se queman cada año entre noventa mil y doscientas veinte mil toneladas de papel ceremonial—. Antes de tocar nada, la dirección le pidió permiso al dios lanzando aquellas mismas piezas de madera. Lo obtuvo. Una reforma medioambiental negociada con la divinidad mediante el rito que se iba a suprimir.
En el lago del Sol y la Luna, el templo Wen Wu —literalmente, "Literatura y Armas"— aloja a Confucio en un lado y a Guan Gong en el otro, y existe porque una presa hidroeléctrica anegó dos templos antiguos que hubo que fundir en uno. En Kaohsiung, junto al estanque de los Lotos, se levantan las pagodas del Dragón y el Tigre: se entra por las fauces del primero y se sale por las del segundo, y la mala suerte queda convertida en buena.
Y una vez al año, durante el séptimo mes lunar, se abren las puertas del inframundo y los muertos sin familia salen a comer. Se les ofrece comida en la calle, se queman papeles y se evita casarse, mudarse, operarse o nadar. No hablamos de aldeas remotas: hay ingenieros de la industria de semiconductores que aplazan una mudanza por este motivo. Quien haya leído a Rulfo no encontrará nada exótico en un país donde los muertos siguen presentes en la conversación.
El visitante suele salir de todo esto preguntándose qué religión ha visto exactamente: si budismo, si taoísmo, si folclore. Es exactamente el tipo de pregunta ante la cual las dos maderas caen boca arriba y el dios se ríe.
A. Bermejo Vesga
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Viaje a Taiwán: Tainan, Puerta del Mundo
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, ONEIRA club de viajeros recorrerá Taiwán en un gran viaje cultural que nos llevará desde la vitalidad de Taipéi hasta los paisajes del lago del Sol y la Luna, las montañas de Alishan y las ciudades históricas del sur. Todavía quedan plazas disponibles para acompañarnos en esta ruta, en la que conoceremos también Tainan, la antigua capital de la isla, visitando el templo de Confucio, el barrio histórico de Anping y los manglares de Taijiang. Para comprender la importancia de esta ciudad hay que mirar más allá de sus calles actuales e imaginarla frente a un mar que ya no existe: durante siglos, Tainan fue la gran puerta de entrada de Taiwán al mundo.
Tainan, puerta del mundo
«Los acontecimientos son polvo.» Fernand Braudel.
Quien se planta hoy ante los restos del fuerte Zeelandia, en el barrio tainanés de Anping, contempla tierra firme. Casas, calles, un aparcamiento. Cuesta imaginar que aquello fue una isla: una lengua de arena en mitad de una laguna enorme, el llamado mar interior de Taijiang, donde los barcos entraban por un canal y fondeaban a resguardo de los tifones. La laguna se fue cegando durante siglos y una gran riada terminó de rellenarla en 1823. El fuerte no se movió, se movió el mar.
En 1624, tras un pulso entre los holandeses con la marina Ming en las islas Pescadores, aceptaron retirarse a cambio de que nadie les molestara si se instalaban en la isla grande de enfrente, que no pertenecía a nadie y que a la corte china no le interesaba. Aquella es la clave de todo el siglo XVII taiwanés: la primera potencia comercial de Europa montó su base asiática precisamente en el único tramo de costa que ningún imperio reclamaba.

Levantaron el fuerte con ladrillo traído como lastre en las bodegas y lo unieron con un mortero de melaza de azúcar, arroz glutinoso y cal de conchas de ostra machacadas. Aún queda un lienzo de muralla en pie, atravesado y sostenido a la vez por las raíces de un baniano, que es hoy lo más fotografiado de Anping.
¿Qué se comerciaba desde aquí? Sorprende la respuesta. El primer producto global de Taiwán no fue el té ni el azúcar: fue la piel de ciervo. Los venados sika de las llanuras se cazaban por decenas de miles y sus pieles viajaban a Japón, donde se empleaban en armaduras y prendas de guerrero. En los mejores años salieron más de cien mil pieles anuales. En dos generaciones la especie estaba al borde de la extinción. Después vino el azúcar, y con el azúcar la decisión que más consecuencias tuvo: para trabajar las plantaciones, la Compañía importó mano de obra del continente. Los holandeses fabricaron, sin proponérselo, la población china de Taiwán. Y esa población acabaría siendo la que los expulsara.
La expulsión llegó en 1661. Un almirante leal a la dinastía Ming derrotada desembarcó con cientos de barcos y decenas de miles de hombres frente a poco más de mil ochocientos defensores. El asedio duró nueve meses. El gobernador Frederick Coyett resistió hasta febrero de 1662 y capituló con una condición insólita: la guarnición salió del fuerte con las banderas desplegadas y los tambores tocando, un honor que la Compañía casi nunca obtuvo en Asia. A Coyett no le sirvió de nada. Fue juzgado en Batavia por haber perdido la colonia y desterrado a una isla remota. Años después publicó un libro furioso, Formosa abandonada, en el que explicaba que sus superiores le habían negado los refuerzos que pidió durante años. Es un detalle que dice mucho del siglo: el vencido fue el único que escribió.

El vencedor duró todavía menos. Koxinga murió cuatro meses después de su victoria, a los treinta y siete años. El reino que fundó sobrevivió veintiún años, hasta que en 1683 los Qing lo anexionaron, y el emperador estuvo a punto de ordenar la evacuación completa de la isla por considerarla un gasto sin sentido. Hoy, a poca distancia del fuerte que conquistó, hay un santuario donde se le venera como a un dios. Un almirante derrotado en su propia guerra terminó convertido en divinidad local de la ciudad que tomó.
Durante dos siglos Tainan fue Taiwán. Se la llamaba simplemente la ciudad, porque no había otra que mereciera el nombre. Aquí se levantó el primer templo de Confucio de la isla, en 1665, que fue también su primera academia. Aquí estaban la administración, el puerto, el dinero y los letrados. Y aquí terminó todo cuando la laguna se convirtió en llanura: sin fondeadero no hay puerta, y a finales del siglo XIX la capitalidad se marchó al norte, a una ciudad nueva llamada Taipéi.
Perder la capitalidad le sentó bien. Tainan es hoy una ciudad de baja altura, con más de mil seiscientos templos, callejones que no llevan a ninguna parte y una reputación gastronómica excepcional. Conserva algo que las capitales pierden: el tiempo. Y conserva un fuerte de ladrillo holandés, comido por una higuera, mirando fijamente hacia un horizonte de tejados donde antes había cien barcos fondeados.
A. Bermejo Vesga
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Taiwán: la huella japonesa
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con la Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Nuestro viaje nos llevará por ciudades modernas, templos, montañas, lagos, mercados nocturnos y comunidades indígenas, pero también nos permitirá conocer las distintas culturas que han modelado la compleja identidad de la isla.
Entre todas ellas destaca la profunda y contradictoria influencia de Japón, que gobernó Taiwán entre 1895 y 1945. Ferrocarriles, hospitales, escuelas, sistemas de riego y numerosos edificios históricos recuerdan todavía aquella etapa de modernización, inseparable también de la explotación colonial, la segregación, la represión y los intentos de asimilación cultural.
Para comprender mejor esta herencia, compartimos «La huella japonesa», un magnífico artículo que nos invita a mirar más allá de los monumentos y paisajes que encontraremos durante el viaje. Un relato sobre un pasado que Taiwán no ha olvidado ni absuelto, pero con el que ha aprendido a convivir y que continúa formando parte de su identidad.
Las plazas para este viaje son limitadas.
«No hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.» Walter Benjamin
En abril de 1895, derrotada por Japón, la dinastía Qing cedió Taiwán a perpetuidad en el Tratado de Shimonoseki. No la perdió defendiéndola: la entregó en una mesa de negociación, como quien se desprende de algo que nunca llegó a considerar del todo suyo. En la isla todavía se repite una frase atribuida al ministro Li Hongzhang que despachaba Taiwán como una tierra de hombres sin talento, pájaros que no cantan y flores sin olor. Los taiwaneses no fueron conquistados: fueron cedidos.
No lo aceptaron sin más. En mayo de aquel año las élites locales proclamaron la República de Formosa, que suele citarse como la primera de Asia y que duró unos ciento cincuenta días: los que tardó el ejército japonés en recorrer la isla de norte a sur. La resistencia en el interior se prolongó años.

Fueron cincuenta años de transformación real, y conviene decirlo sin rodeos. El arquitecto del sistema, Gotō Shinpei, era médico y gobernó como tal: primero, estudiar al paciente. Encargó catastros y censos de una minuciosidad asombrosa, y sobre ellos levantó alcantarillado, hospitales y campañas sanitarias que erradicaron la peste y el cólera, un ferrocarril troncal terminado en 1908, puertos, escuelas primarias con matrícula masiva y un sistema de riego que convirtió la llanura seca del sur en el granero de la isla.
Toda esa obra admite, sin excepción, una segunda lectura. El ferrocarril de montaña de Alishan, hoy una excursión encantadora, se trazó para bajar cipreses milenarios hasta el puerto. Las escuelas estaban segregadas y enseñaban en japonés. A los taiwaneses se les abrió la carrera de medicina y se les cerraron el derecho y la política, de modo que su élite fue durante décadas una élite de médicos: exactamente los que la represión de 1947 se llevaría por delante. La modernización fue verdadera. Simplemente, no estaba pensada para ellos.
Ningún caso resume mejor esa ambivalencia que el del ingeniero Hatta Yoichi, autor del embalse y los canales que riegan el sur desde 1930. Murió en 1942, torpedeado su barco; su mujer se arrojó al desagüe del embalse tres años después. Cada 8 de mayo se celebra allí una ceremonia en su memoria; a la del año pasado acudieron más de quinientas personas de ambos países, con el presidente de Taiwán entre ellas. Y en 2017 alguien decapitó su estatua por motivos políticos: la repararon a toda prisa para que llegara entera al aniversario. Un ingeniero del imperio, homenajeado y decapitado por el país al que ocupó.

Tampoco conviene suavizar el resto. En 1930, un grupo seediq se levantó en Wushe durante una fiesta escolar y mató a más de un centenar de japoneses; la respuesta incluyó artillería y gas. A partir de 1937, con la guerra, la administración dejó de gestionar para asimilar: nombres japoneses, santuarios sintoístas, prensa en chino suprimida. Cerca de doscientos mil taiwaneses sirvieron en las fuerzas del imperio y unos treinta mil no volvieron.
Cuando Japón capituló en 1945, la isla recibió a la administración china con esperanza. Duró poco, y de aquellos meses quedó una frase que lo condensa todo: se fueron los perros, llegaron los cerdos. Los perros ladran y muerden, pero guardan la casa; los cerdos solo comen. Quienes la acuñaron no estaban elogiando al imperio: estaban comparando. Después, el nuevo régimen dedicó cuarenta años a borrar el japonés de las aulas, la prensa y la radio, y al prohibirlo lo convirtió en lengua doméstica, en algo que una generación entera habló en voz baja y puertas adentro. La nostalgia se conservó, en buena medida, porque estaba perseguida.
El resultado puede desconcertar al visitante. El presidente de Taiwán se aloja en el antiguo Palacio del Gobernador General, un edificio de ladrillo rojo de 1919 que nadie derribó ni convirtió en museo: se sigue usando para gobernar. Las viejas casas japonesas de madera se restauran y se llenan de cafeterías y librerías. Y tras el terremoto de 2011, veintitrés millones de taiwaneses donaron a Japón más de doscientos cuarenta millones de dólares, situándose entre los mayores contribuyentes del mundo, a un país con el que ni siquiera mantienen relaciones diplomáticas. Nada de eso significa que aquel medio siglo esté perdonado. Significa algo más incómodo de formular y muy fácil de ver sobre el terreno: que Taiwán no ha demolido su pasado colonial ni lo ha absuelto, sino que ha aprendido a habitarlo. Sigue trabajando dentro del edificio, y sigue discutiendo de quién es.
A. Bermejo Vesga
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Taiwán, una isla de identidades superpuestas
Taiwan, una isla de identidades superpuestas
Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con las vacaciones de Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Con plazas todavía disponibles (no van quedando muchas), viajaremos de norte a sur entre ciudades vanguardistas, templos, antiguos pueblos mineros, bosques de montaña, mercados nocturnos y comunidades indígenas, alojándonos en hoteles seleccionados de 4**** y 5***** y acompañados por guía de habla hispana. Pero para comprender verdaderamente Taiwán no basta con admirar sus paisajes: hay que conocer las sucesivas culturas que han dejado su huella en la isla. Pueblos austronesios, comerciantes y misioneros europeos, emigrantes chinos, administradores japoneses y refugiados llegados del continente fueron creando, capa tras capa, una identidad tan compleja como fascinante. Y lo más curioso... los españoles estuvieron también allí, en el norte de Taiwán, para proteger los contactos con las Filipinas. Muy interesante. Sigue leyendo para conocer más en nuestra Blog Oneira, en este excelente artículo de A. Bermejo Vesga.
«La identidad no se compartimenta, no se reparte ni en mitades ni en tercios.» Amin Maalouf
Hay una familia de lenguas que se extiende desde Madagascar hasta la Isla de Pascua y desde Hawái hasta Nueva Zelanda: el austronesio, unos cuatrocientos millones de hablantes repartidos por media circunferencia del planeta. Durante décadas se discutió dónde estaba su raíz. La hipótesis hoy más aceptada la sitúa en un solo lugar, y no es ninguno de los grandes archipiélagos: es Taiwán. El argumento es de diversidad interna —de las diez ramas principales de la familia, nueve se encuentran en la isla—, la misma regla por la que sabemos que el latín no nació en América. Dicho de otro modo: de un territorio del tamaño de Cataluña salieron los navegantes que acabaron poblando el Pacífico y el Índico.

La primera identidad de Taiwán es, por tanto, austronesia, y tiene milenios. Hoy se reconocen oficialmente dieciséis pueblos indígenas, unas seiscientas mil personas, en torno al 3 % de la población. Los pueblos de llanura fueron absorbidos casi por completo por los colonos posteriores, y de aquello quedó un refrán taiwanés que resume el asunto mejor que cualquier estadística: tenemos abuelos venidos de la China, pero no abuelas.
En 1624 llega la segunda capa, y llega en forma de empresa. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales fue una criatura extraordinaria: la primera sociedad que colocó acciones entre el público, y a la vez una potencia con derecho a acuñar moneda, firmar tratados, levantar fortalezas y declarar la guerra. Un Estado con accionistas. Taiwán le interesaba como nudo logístico entre la seda china y la plata japonesa, y allí levantó el fuerte Zeelandia, en la actual Tainan. La globalización empezó con contables holandeses decidiendo dónde poner un almacén.
Aquellos comerciantes hicieron además algo que nadie había previsto. Para evangelizar, sus misioneros transcribieron al alfabeto latino la lengua siraya de los indígenas de la zona. Los holandeses fueron expulsados en 1662, pero la escritura se quedó: durante más de siglo y medio los siraya siguieron redactando en aquel alfabeto sus contratos de compraventa de tierras, los llamados manuscritos de Sinckan. Un abecedario europeo sobreviviendo un siglo y medio a los europeos, en manos de quienes lo recibieron y usado para defender sus propias fincas ante los recién llegados.
Y entre 1626 y 1642 hubo también una capa española. La corona ocupó el norte de la isla y fundó allí Santísima Trinidad, en la actual Keelung, y el fuerte de Santo Domingo, en Tamsui. Dieciséis años escasos, hasta que los holandeses los echaron. Pero el rastro no se borró del todo: el cabo del extremo nororiental de Taiwán se llama hoy Sandiaojiao, que no es más que la transcripción china de Santiago, el nombre que le pusieron aquellos marinos al pasar. Un santo español convertido en fonema chino en un mapa asiático. En cuanto al fuerte de Tamsui, fue español, luego holandés, después imperial chino, más de un siglo consulado británico, luego japonés y hoy museo taiwanés. Seis banderas en un solo edificio.

Las migraciones chinas, que suelen contarse como una, fueron varias y mal avenidas. Quien expulsó a los holandeses en 1662 fue Koxinga, hijo de padre chino y madre japonesa, nacido en Japón, y hoy lo reivindican todos: Pekín como el héroe que echó a los colonialistas de Occidente, el Kuomintang como el leal a una dinastía caída que se refugió en la isla soñando con reconquistar el continente, Japón como hijo propio y el nacionalismo taiwanés como fundador del primer Estado de la isla. Un hombre, cuatro banderas. Después, los Qing gobernaron a regañadientes durante dos siglos, con prohibiciones de emigrar con familia y una frontera interior que separaba a los colonos de los indígenas, y no convirtieron Taiwán en provincia hasta 1887, ocho años antes de cederla.
Vinieron luego los cincuenta años japoneses, que dejaron ferrocarriles, hábitos y una nostalgia perseguida; y en 1949, un millón largo de refugiados del continente y cuarenta años de ley marcial dedicados a imponer el mandarín y a castigar a los niños que hablaban taiwanés en el patio. Ambos regímenes se propusieron sustituir la identidad de la isla. Ambos acabaron siendo un estrato más.
Lo interesante es lo que ha salido de ahí, y que se puede fechar con precisión. Cuando la Universidad Chengchi empezó a medirlo en 1992, un 25,5 % de los encuestados se declaraba chino, un 17,6 % taiwanés y casi la mitad, ambas cosas. Hoy alrededor de un 62 % se declara solo taiwanés, un 31 % ambas cosas y menos de un 3 % solo chino. La respuesta mayoritaria se ha invertido en una sola generación, y lo ha hecho en libertad. No es un pueblo redescubriendo su esencia: es un pueblo decidiendo qué quiere ser.
Se nota en todo. En la lengua, que pasó del castigo escolar a tener canales de televisión propios en taiwanés, hakka e idiomas indígenas. En la religión: Mazu, protectora de los navegantes, llegó en los barcos de los migrantes de Fujian y es hoy la deidad más popular de la isla, con una peregrinación anual de nueve días que moviliza a cientos de miles de personas. Y en la mesa, donde las capas se comen una detrás de otra: vino de mijo indígena, ostras hoklo, té molido hakka, tempura heredada de los japoneses con nombre taiwanizado y una sopa de fideos con ternera que pasa por plato tradicional chino y que en realidad inventaron, en el sur de la isla, unos veteranos llegados en 1949.
Nada de esto se sumó amablemente. Cada capa llegó dispuesta a borrar la anterior y ninguna lo consiguió del todo. Lo que el viajero encuentra hoy no es una mezcla sino un sedimento: estratos que no se disolvieron y que todavía se distinguen a simple vista. Taiwán tardó cuatro siglos en tener un nombre para todo eso. Lleva una sola generación usándolo.
A. Bermejo Vesga
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