En nuestro viaje a las tierras de Jordania de este próximo mes de Junio será inevitable encontrarnos de bruces con la historia de Sir Lawrence de Arabia, que reinó en los desiertos de Jordania durante a principios del siglo pasado. El desierto fue escenario ideal para sublimar su conflictos internos.  ¿Queréis conocer algo más sobre este personaje?

Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, fue un arqueólogo y escritor, oficial del Ejército Británico durante la 1ª Guerra Mundial, en la que participó de forma notable como enlace durante la Rebelión árabe contra el ejército otomano. Lawrence era un personaje que en cierto modo se sentía torturado; desarrolló una importante aversión hacia el placer físico (desconocemos si ello estába relacionado o no con su homosexualidad) y una lacerante necesidad de expiación mediante el sacrificio y el ascetismo. Buceó en los anales del gnosticismo y consideraba el mundo físico como ontológicamente imperfecto. Su nivel de exigencia física y moral eran muy elevadas, y ello le marcó como ser humano y como militar.  Tras graduarse en Historia participó en una  expedición arqueológica del British Museum a Karkemish, antigua ciudad hitita y asiria en la frontera turca con Siria.  Años después también trabajaría como arqueólogo en Egipto, Palestina y Líbano, donde aprendió árabe antes de la guerra del 14. Era amante no sólo de la arqueología, también del grabado, la fotografía, la cerámica y la Edad Media.   Ingresó en el Servicio de Inteligencia por su especial talento (en múltiples ocasiones engañado por dicho servicio). En 1915 fue enviado al desierto de Negev (Israel) a hacer un estudio geográfico que terminaría llevándolo a las órdenes del Comandante General del Medio Oriente en El Cairo.

Mientras sus hermanos luchaban y morían en el frente, su vida había perdido el rumbo y se sentía inútil. Al mismo tiempo sus superiores estaban buscando la manera de desestabilizar al imperio Otomano tras unas relaciones que se tambaleaban, esperando que el viejo enfermo de Europa falleciera pronto para apoderarse de sus restos. Tras un fracaso inicial los avatares de la guerra llevaron a los ingleses a centrar sus objetivos en el movimiento nacional árabe que estaba cuajando tiempo atrás, decidiendo encargar a Lawrence el contacto con los árabes y analizar sus posibilidades de planear una revuelta contra los turcos para debilitarlos. Su conocimiento de la geografía, cultura y lengua de la zona lo hicieron el mejor candidato para realizar esta complicada tarea.

Tras un peligroso viaje a través del desierto, llegó a Wadi Safra, con el fin de reunirse con el único líder capaz de unir la causa árabe, el Príncipe Faisal, con quien acabaría haciendo amistad. Fue éste quien convenció a Lawrence de abrazar la vestimenta árabe, el thawb o suriya, tocado con el kefiye, que es una prenda cultural que exhibe el orgullo de la identidad árabe. Propuso una operación que los árabes creían imposible de ejecutar, pero que con la voluntad y el liderazgo de nuestro protagonista se transformó en éxito. Cruzando un extenso y peligroso desierto, con poco más de 1000 hombres armados con espadas y unos pocos fusiles lograron tomar el puerto de Áqaba, puerta de entrada del ejército británico. Lawrence continuó batallando en nombre de Faisal y sus actuaciones fueron vitales en el avance del General Allenby hacia Jerusalén, primero, y luego hasta Damasco, haciendo libre al último de los pueblos árabes del dominio otomano. A causa de esto, Lawrence se convirtió en un mito, una estrella mundial.

Tras la liberación de los pueblos árabes, Lawrence esperaba ansioso la unificación de las regiones en un mismo país, libre de  cualquier otra influencia extranjera, pero el pacto secreto Sykes-Picot entre británicos y franceses para dividirse la región, echó a perder las aspiraciones árabes y las de Lawrence, que se sintió traicionado por su propio gobierno y que marcó negativamente la última etapa de su vida. Llegó a hacerse muy famoso, recibiendo ofertas para ofrecer conferencias bien remuneradas, rechazándolas todas ellas insinuando que su gloria era un malentendido. Al final de su vida, escribió enamorado sobre Jordania en su libro autobiográfico Los Siete Pilares de la Sabiduría, una obra maestra de la literatura, con una prosa cuidada y con un aire poético muy inspirado. A dejado líneas tan cautivadoras como “Los paisajes, en los sueños infantiles, tenían aquel mismo aspecto vasto y silente” (refiriéndose al desierto) o «Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día… esos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad» refiriéndose probablemente y con franqueza a los sueños truncados de los árabes. Y hay algunos otros textos  memorables, de cariz bélico: “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, que se extiende por todas partes como un gas”, sobre sus ataques esporádicos, o «…nosotros no teníamos bienes materiales que perder; por eso nuestra mejor línea de conducta era no defender nada y no disparar contra nadie. Nuestras bazas eran la rapidez y el tiempo, no la potencia de fuego», sobre su estrategia en el ataque a los turcos. Pero el lirismo se acentúa en algunos apartados de la obra: “…montados sobre sus camellos bayos como estatuas de cobre bajo la feroz luz del atardecer, parecían
estar ardiendo con una luz interior
”,  “La omnipotencia y el infinito eran nuestros más valiosos enemigos, y en verdad los únicos contra los cuales podía luchar un hombre de honor, por ser monstruos creados por su propio espíritu, y ya se sabe que los más formidables enemigos son siempre los que anidan en el propio hogar”.

Una película inspirada en las aventuras de este personaje es el film del mismo título, Lawrence de Arabia, de 1962 dirigida por el mítico David Lean y protagonizada por Peter O’Toole. Un clásico apasionante que no tiene desperdicio y que recientemente tuvimos ocasión de volver a revisar en televisión.

Daniel Bermejo

Alberto Bermejo

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