Dublín: La ciudad donde se tropieza con las palabras

Dicen que en Irlanda la lluvia no cae hacia abajo, sino que flota en el aire esperando a que alguien la describa. Quizás ese clima, que invita al refugio y a la introspección, sea una de las razones por las que una isla tan pequeña, golpeada por hambrunas y emigración, ha logrado colonizar la imaginación del mundo. Con una población que históricamente apenas superaba la de una gran ciudad europea, Irlanda ha dado al mundo cuatro Premios Nobel de Literatura (Yeats, Shaw, Beckett y Heaney) y un panteón de gigantes que redefinieron las letras modernas. Recorramos juntos este tour por la capital de las letras humanas.

De la sátira al terror: la vieja ciudad

Nuestro recorrido comienza en la Catedral de San Patricio Allí descansa, bajo un epitafio que él mismo escribió («donde la indignación feroz ya no puede desgarrar su corazón»), Jonathan Swift. Antes de ser el autor de Los viajes de Gulliver, Swift fue el Deán de esta catedral. Mientras los turistas admiran la arquitectura gótica, el lector avezado ve en estos muros la cuna de la sátira moderna. Swift utilizó la fantasía no para escapar, sino para atacar la hipocresía política y social de su tiempo. Dublín le enseñó a afilar la pluma como si fuera un estilete.

A pocos pasos, cruzando hacia el Castillo de Dublín, nos acecha la sombra de Bram Stoker. Muchos olvidan que el padre de Drácula fue un funcionario civil que trabajó durante años en la burocracia de este castillo. Se dice que la atmósfera opresiva de la administración victoriana y las leyendas de los «no muertos» del folclore celta se mezclaron en su mente para crear al vampiro más famoso de la historia. Drácula no nació en Transilvania, sino en los -muy extensos- descansos para café de un funcionario frustrado en Dublín.

La Belleza y el Teatro: El Dublín georgiano

Caminando hacia el sur, llegamos a la elegancia de Merrion Square. Frente a la casa número 1, una estatua de colores extravagantes descansa recostada sobre una roca: es Oscar Wilde. Criado en esta zona de la alta sociedad, Wilde personifica el ingenio irlandés que conquistó Londres.

Sin embargo, su mirada de piedra parece cargada de melancolía. Wilde nos recuerda la dualidad de Dublín: una ciudad capaz de producir la belleza estética de El retrato de Dorian Gray y la tragedia personal de su autor. Merrion Square es el escenario de la infancia de Wilde, el lugar donde aprendió que la vida imita al arte, no al revés y que, ante la duda de elegir la belleza o la verdad no se ha de dudar ni un instante: ¡Siempre la belleza!

No muy lejos, cruzando el río hacia el norte, se alza el Abbey Theatre. Este es el reino de W.B. Yeats. Poeta, místico y Nobel, Yeats no solo escribió sobre Irlanda; intentó inventarla. Fundó este teatro para revivir los mitos celtas y dar a la nación una identidad cultural propia antes de que lograra la independencia política. Yeats es la voz del Crepúsculo Celta, el hombre que miraba a la Irlanda rural y mágica desde el escenario urbano.

El Silencio y el Ruido: fundando la modernidad

Si Joyce tuvo la singular ambición de meter todo el universo dentro de Dublín, Samuel Beckett intentó quitarlo todo. Estudiante y posteriormente profesor en el Trinity College, Beckett caminaba por sus patios empedrados absorbiendo el silencio. Al ritmo en el que su maestro Joyce llenaba las páginas, Beckett las vaciaba. El autor de Esperando a Godotrepresenta la austeridad, el humor negro, la vanguardia y el absurdo, nacido quizás de la estricta educación protestante y los muros grises de la universidad más antigua de Irlanda. Si buscas a Beckett en Dublín, no busques una placa; búscalo en los espacios vacíos y en el silencio de sus bibliotecas.

El secreto de la isla

¿Por qué Irlanda? ¿Por qué aquí? La respuesta quizás yazca en la tradición oral de los seanchaí (los contadores de historias celtas) que sobrevivió durante siglos de ocupación. Cuando a los irlandeses se les prohibió hablar su lengua gaélica y se les impuso el inglés, tomaron el idioma del invasor, lo desmontaron y lo volvieron a armar con una música nueva, más rica y rebelde.

Dublín es el resultado de esa alquimia. Es una ciudad pequeña con una sombra alargada, donde los fantasmas de Wilde, Beckett, Yeats y Joyce no asustan a nadie; al contrario, se sientan contigo en el pub, piden una pinta y te susurran al oído que la única forma de sobrevivir a la realidad es convirtiéndola en literatura.

A. Bermejo Vesga

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