Danzas tradicionales cingalesas
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo” Baruch Spinoza
Antes de cualquier creación fruto de la inventiva humana, de ninguna herramienta por simple que fuera, los hombres contaron con el lenguaje más universal con el que contamos, el idioma del cuerpo y su movimiento; quizás por ello podamos afirmar que la danza es el arte universal por excelencia. Ya sea en una discoteca ibicenca abarrotada o en un ritual tribal en el confín más remoto del áfrica subsahariana, las personas sentimos una unión especial con el otro al participar todos del ritmo que dicta un instrumento; un trance inexplicable que nos libera por momentos de las cargas y preocupaciones cotidianas. Quizás por ello, entre los teóricos y mayores artistas de la danza moderna es común afirmar que la danza como tal es el arte popular por excelencia, el que más debe al acerbo del pueblo llano, el que más se sustrae a cualquier intento de elitismo; lo que reafirma de nuevo esta práctica como patrimonio profundamente humano que va más allá de los inicios de la historia, a través de fronteras y culturas.
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En pocos lugares del mundo la danza se integra en su ADN de una forma tan vibrante y explosiva como en Sri Lanka. Tras las playas doradas, las plantaciones de té y los templos milenarios, es posible perder de vista la importancia y el alcance cultural que el baile tiene entre los lugareños. Sus orígenes se enlazan con las bases propias del alma cingalés, recogiendo las influencias de las deidades hindúes, las leyendas locales y la inevitable presencia de Buda. En esta compleja red encontramos tres grandes familias, cada una con su propia energía: la acrobática Kandyana, la mística de las Low Country y la devocional de Sabaragamuwa.
Kandyana: la acrobacia del cielo
Probablemente sea la más conocida, la que uno se imagina al pensar en las danzas populares de la isla. La danza Kandyana (Uda Rata Natum) es la joya de la corona, nacida en las verdes y brumosas colinas que rodean a la ciudad sagrada de Kandy. De los tres tipos podríamos calificarla como la más refinada y, sin duda, la más exigente físicamente. Los bailarines, con sus pechos desnudos adornados con espectaculares pectorales plateados, brazaletes y un increíble tocado que imita a una cobra, parecen desafiar la gravedad. Realizan saltos, giros rapidísimos (pirouettes) y contorsiones que exigen la fuerza de un atleta olímpico. El ritmo lo marca el Geta Beraya, un tambor de dos caras que los percusionistas tocan con una velocidad frenética. Es una danza que busca el cielo, elegante y explosiva a la vez.

Low Country: Las máscaras de la tierra
De las colinas pasamos a las húmedas llanuras de las costas al sur de la isla, y el carácter de la danza cambia por completo. Si en la danza Kandy los bailarines con sus acrobáticos movimientos miran a los ojos a los dioses para honrarlos, la danza de las tierras bajas busca apaciguar a los demonios.
Su origen se retrotrae a las prácticas locales de sanación y exorcismo previas al budismo. Este carácter infunde un aspecto más terrenal y teatral al baile, que se realiza con máscaras pintorescas con las que los bailarines simulan ser demonios. Los movimientos acrobáticos dan paso al dramatismo, al gesto y miradas penetrantes con los que se buscan ahuyentar a la enfermedad y la mala suerte. Aquí encontramos, sin duda, al Sri Lanka chamánico y místico.
Sabaragamuwa: el equilibrio entre dos mundos
Entre las colinas de Kandy y la costa sur encontramos el tercer gran estilo, en la provincia de Sabaragamuwa. Si tuviésemos que resumir brevemente este estilo podríamos afirmar que es un equilibrio entre las dos precedentes, una danza que toma prestada la acrobacia y energía del Kandy con el propósito ritual y conexión con los dioses locales más propios de las tierras bajas. Su propósito es honrar al dios Saman, protector de la región. Aunque también usan trajes elaborados, es la más estrictamente devocional de las tres, muy enfocada en su integración en rituales agrícolas para pedir lluvia y bendecir las cosechas.
Sin duda, y como las danzas cingalesas atestiguan, es inabarcable la cultura y belleza de la que es capaz el hombre y su cuerpo. Ante esta evidencia solo queda apreciarlas y adoptar el humilde punto de vista de Spinoza, que se atrevió a definir a Dios, pero ante el cuerpo no pudo más que dejar un interrogante.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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