Nuestro viaje a Perú con Paracas como extensión opcional permite asomarse a uno de los contrastes más sorprendentes del país. ONEIRA club de viajeros recorrerá Perú del 11 al 26 de mayo de 2027; quienes elijan la extensión de Nazca y Paracas, del 25 al 28 de mayo, contratada aparte, podrán navegar hasta las islas Ballestas y acercarse al desierto. Una invitación a descubrir cómo una misma corriente alimenta la abundancia del océano y la aridez de la costa. Puedes conocer el programa del viaje a Perú con ONEIRA y su extensión al final del recorrido.

«En esta gran cadena de causas y efectos, ningún hecho puede considerarse aisladamente.»Alexander von Humboldt

La península de Paracas apenas recibe lluvia y no tiene un solo río. Frente a sus orillas, el agua que la rodea sostiene una de las pesquerías más productivas del planeta. Las dos cosas ocurren por la misma razón, y la razón empieza en el viento.

Los alisios soplan paralelos a esta costa, de sur a norte. La rotación de la Tierra desvía mar adentro esa agua superficial, y el hueco lo rellena otra que sube desde capas más profundas, fría y cargada de nitratos y fosfatos procedentes de la descomposición de materia orgánica. Eso es un afloramiento, y convierte el sistema de la corriente de Humboldt en uno de los mares más fértiles que existen. La anchoveta que cría sostiene una de las mayores pesquerías del mundo.

El precio lo paga la tierra. El agua recién llegada del fondo enfría el aire que tiene encima, y una inversión térmica limita su ascenso, favoreciendo nieblas y nubes bajas que apenas dejan lluvia sobre la costa.

De ambas cosas juntas salió algo imposible en otro lugar. Millones de aves pescan en ese mar y duermen en los islotes de enfrente, trasladando a la roca, en forma de excremento, la fertilidad que han sacado del agua. En otra costa la lluvia lo disolvería en una semana. Aquí apenas llueve, y el guano se acumuló durante milenios en capas de decenas de metros. El desierto resultó ser el almacén del mar.

Humboldt se llevó muestras a Europa en 1804 y los químicos de París comprobaron su extraordinaria riqueza fertilizante. Hacia 1840, con los suelos europeos agotados, empezó la fiebre. El Estado peruano controló los yacimientos y durante cuarenta años vivió de vender estiércol de pájaro: el guano, con las islas Chincha como uno de sus grandes centros de extracción, llegó a sostener la mayor parte de los ingresos fiscales del país.

Lo que vale tanto se defiende con barcos. El 14 de abril de 1864 una escuadra española ocupó las Chincha en medio de una crisis diplomática y buscando el punto donde más dolía; España no había reconocido todavía la independencia peruana. Perú, aliado con Chile, Ecuador y Bolivia, combatió el 2 de mayo de 1866 frente a las baterías del Callao, en el enfrentamiento que dejó en España la frase de Méndez Núñez sobre la honra y los barcos. La paz entre Perú y España no se firmó hasta 1879. La última campaña militar española en Sudamérica se libró por unos islotes cubiertos de excrementos.

Cuatro años antes de aquel combate, Victor Hugo había interrumpido Los Miserables para dedicar un capítulo a las alcantarillas de París, titulado «La tierra empobrecida por el mar». Sostenía que Europa arrojaba al agua su propia fertilidad mientras mandaba barcos al otro extremo del mundo a recoger estiércol de aves marinas. «No hay guano comparable a los detritos de una capital», escribió; «si nuestro oro es estiércol, nuestro estiércol es oro». Aquellos barcos estaban fondeados frente a Paracas.

Quien navega hoy hasta las Ballestas encuentra el sistema en marcha, y sorprende su sencillez. Una cadena alimentaria muy corta conecta aquí el plancton con los grandes depredadores. Diatomeas, anchoveta, y a partir de ahí todo lo demás: colonias de guanayes que oscurecen la roca, piqueros, pelícanos de medio metro de pico, pingüinos de Humboldt a catorce grados de latitud, que están ahí porque la corriente arrastra agua fría desde el sur, y lobos marinos de trescientos kilos en las repisas. Muchos dependen de la anchoveta, aunque no sea su único alimento.

En el barro de la bahía se alimentan las parihuanas, flamencos blancos con las alas rojas. Allí desembarcó San Martín el 8 de septiembre de 1820 con la expedición libertadora, y la tradición sostiene que de aquellas aves sacó los colores de la bandera peruana. La historia es dudosa, aunque tiene su lógica: en esta costa, hasta el color de una bandera terminaría saliendo de lo que asciende cada mañana desde el fondo.

Si te apetece descubrir este encuentro entre naturaleza e historia, consulta la extensión opcional a Nazca y Paracas de nuestro viaje a Perú. En ONEIRA club de viajeros nos gusta recorrer los lugares con las historias que ayudan a comprenderlos.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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