Uganda sigue siendo uno de esos destinos capaces de cambiar nuestra forma de mirar la naturaleza. Este próximo mes de diciembre, Oneira viajará de nuevo al corazón de África y todavía disponemos de algunas últimas plazas en una de nuestras salidas. Entre los grandes momentos del viaje estará el encuentro con los chimpancés en los bosques de Uganda: una experiencia que va mucho más allá de observar animales en libertad. Porque cuando los vemos comunicarse, cuidar a sus crías, establecer alianzas o resolver conflictos, resulta inevitable reconocernos un poco en ellos. En este artículo nos acercamos precisamente a ese fascinante espejo evolutivo que compartimos con nuestros parientes vivos más cercanos

Chimpancés

Si miramos de frente y profundamente a los ojos de un chimpancé,

una personalidad inteligente y segura de sí misma nos devuelve la mirada.

Si ellos son animales, ¿qué somos nosotros? Frans de Waal

El grito que nos precede

El silencio en el Bosque de Kibale anticipa la tormenta. De pronto, el aire se rasga. En algún punto de la selva ugandesa, antes incluso de que el ojo alcance a distinguir una silueta entre la espesura, irrumpe el pant-hoot, ese grito largo, ascendente, casi ceremonioso, con el que los chimpancés anuncian su presencia.

Hay algo profundamente perturbador en ese sonido: no parece el rugido lejano de una bestia exótica, sino la voz de una inteligencia que se mueve en un territorio tan remoto como extrañamente cercano. Uganda, con sus bosques húmedos y densos, es uno de los grandes escenarios africanos para este encuentro.

La herida de Darwin y el choque de identidad

Cuando en el siglo XIX Charles Darwin tuvo la osadía de sugerir que no éramos una creación aislada, sino el resultado de una evolución compartida con los simios, el mundo victoriano sufrió un síncope cultural. La idea de que bajo nuestros trajes y modales latía el instinto de un primate era inaceptable.

Sin embargo, caminar hoy por los senderos de Uganda es aceptar que Darwin no solo tenía razón, sino que se quedó corto en la descripción del vínculo. No es solo anatomía; es una psicología compartida. Observar a un grupo de chimpancés en Kibale es asistir a una obra de teatro donde se representan la política, la diplomacia y el afecto de forma tan pura como desencarnada.

El legado de Jane Goodall

Nuestra percepción moderna de estos seres le debe todo a Jane Goodall. Fue ella quien, en las selvas de Gombe, rompió el protocolo científico al ponerles nombres en lugar de números. Nos enseñó, con el corazón en un puño, como una madre se dejaba morir de hambre por la tristeza que le produjo la muerte de su hijo. Nos presentó a individuos: madres abnegadas, jóvenes traviesos y líderes carismáticos. Nos mostró que los chimpancés fabrican herramientas, poseen ritos de consuelo y mantienen vínculos familiares que duran décadas.

Jane, movida siempre por una profunda empatía, inicialmente vio a los chimpancés como una versión «mejorada» y pacífica del ser humano, hasta que fue testigo de la Guerra de los Cuatro Años.

Los orígenes de nuestra propia sombra

La comunidad que ella estudiaba, los Kasakela, se dividió de forma orgánica: un grupo se quedó en el norte y otro, los Kahama (siete machos y tres hembras), se desplazó hacia el sur. Lo que empezó como una separación pacífica terminó en lo que Goodall solo pudo describir como una guerra civil.

Lo que horrorizó a la investigadora no fue la violencia en sí, sino su naturaleza premeditada. No eran peleas accidentales por comida o apareamiento. Eran «patrullas de castigo». Grupos de machos del norte se internaban en silencio en el territorio del sur, se escondían entre la maleza y esperaban a que un antiguo «amigo» estuviera solo.

Durante cuatro años, los ataques se repitieron con una precisión militar. Uno a uno, los machos de la facción del sur fueron cazados y ejecutados, utilizando todo tipo de técnicas de carácter casi militar (emboscadas, trampas…). Las hembras fueron secuestradas o golpeadas. La comunidad Kahama fue, literalmente, borrada del mapa.

La cara y la cruz

Para bien y para mal, las huellas de nosotros mismos nos dirigen hasta ellos. Al observar a una comunidad de chimpancés, no solo ves su capacidad de cuidar al herido o de jugar durante horas; ves también su capacidad para la guerra y la política territorial.

Es un espejo incómodo. En su estructura social vemos lo mejor de nosotros: la cooperación y la empatía. Pero también vemos nuestra sombra: la ambición y la violencia tribal. Uganda no te ofrece un safari contemplativo; te ofrece el reflejo que permite observar nuestra propia esencia.

A.  Bermejo  Vesga

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