Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con la Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Entre los lugares que conoceremos se encuentran algunos de sus templos más fascinantes: Lungshan, en Taipéi; Wen Wu, frente al lago del Sol y la Luna; y las coloridas pagodas del Dragón y el Tigre, en Kaohsiung.

Pero los templos taiwaneses no son únicamente monumentos que se visitan. Son espacios vivos, llenos de incienso, ofrendas, consultas, agradecimientos y conversaciones con los dioses. En ellos conviven con absoluta naturalidad el budismo, el taoísmo, la tradición confuciana, las creencias populares y el culto a los antepasados.

En «Templos vivos», nuestro nuevo artículo, nos adentramos en esa relación cotidiana y sorprendentemente práctica que los taiwaneses mantienen con lo divino. Una lectura amena y reveladora que nos ayudará a comprender mejor algunos de los lugares más coloridos, animados y desconcertantes que encontraremos durante el viaje.

Templos vivos

«Los rituales son a la comunidad lo que la casa es a la habitación.» Byung Chul Han.

El viajero que entra por primera vez en un templo taiwanés cree estar cruzando el umbral de algo remotísimo, y en realidad está entrando en una lógica que conoce de sobra: se pide, se concede, se agradece. Lo que sí resulta difícil de asimilar es otra cosa. Aquí no se pertenece a nada. No hay conversión, ni credo, ni bautismo, ni obligación de escoger. La misma persona quema incienso ante una bodhisattva budista, consulta a un dios taoísta, cumple los ritos confucianos con sus mayores y mantiene en casa las tablillas de sus antepasados, sin percibir contradicción alguna, porque las categorías nunca fueron excluyentes. Por eso las encuestas religiosas en Taiwán arrojan cifras que no suman: la pregunta presupone una exclusividad que no hay por ningún lado.

El Templo de Lungshan, en Taipéi, fundado en 1738 por colonos llegados de Fujian, demuestra todo esto en un solo paseo. En la sala delantera se venera a Guanyin, budista. Al fondo, un pleno de deidades taoístas y populares: Mazu, el general Guan Gong, el dios de los exámenes, ante el cual los estudiantes dejan fotocopias de su resguardo de matrícula junto a una piña y unas cebolletas; y el Anciano bajo la Luna, casamentero oficial, que reparte hilos rojos y tiene siempre la cola más larga del recinto. Una visita, tres tradiciones, ninguna incomodidad.

Ayuda saber que el cielo chino está organizado como una administración pública. Hay un Emperador de Jade en la cúspide, ministerios, funcionarios con competencia territorial, expedientes y ascensos: varios dioses fueron promovidos en su día por decreto imperial. El más humilde de todos, el dios de la tierra es el funcionario de barrio, y su capilla mínima aparece en esquinas, arrozales, medianas de carretera y aparcamientos subterráneos. De ahí que la relación con lo divino sea contractual antes que sentimental. A un funcionario no se le ama: se le presenta una solicitud, se aporta documentación y se espera resolución.

La documentación es el incienso, en forma de tres varillas y en un orden preciso de incensarios para que el humo transporte el mensaje. Y la resolución llega mediante dos piezas de madera en forma de medialuna que se lanzan al suelo. Hay tres respuestas posibles: sí, no, y una tercera en la que ambas caras quedan hacia arriba y que significa que el dios se ríe, porque la pregunta está mal planteada.

En agosto de 2014, el templo de Xingtian (no incluido en nuestro programa), que recibe seis millones de visitantes al año, retiró de madrugada sus dos grandes incensarios y quince mesas de ofrendas por razones de contaminación —en el país se queman cada año entre noventa mil y doscientas veinte mil toneladas de papel ceremonial—. Antes de tocar nada, la dirección le pidió permiso al dios lanzando aquellas mismas piezas de madera. Lo obtuvo. Una reforma medioambiental negociada con la divinidad mediante el rito que se iba a suprimir.

En el lago del Sol y la Luna, el templo Wen Wu —literalmente, «Literatura y Armas»— aloja a Confucio en un lado y a Guan Gong en el otro, y existe porque una presa hidroeléctrica anegó dos templos antiguos que hubo que fundir en uno. En Kaohsiung, junto al estanque de los Lotos, se levantan las pagodas del Dragón y el Tigre: se entra por las fauces del primero y se sale por las del segundo, y la mala suerte queda convertida en buena.

Y una vez al año, durante el séptimo mes lunar, se abren las puertas del inframundo y los muertos sin familia salen a comer. Se les ofrece comida en la calle, se queman papeles y se evita casarse, mudarse, operarse o nadar. No hablamos de aldeas remotas: hay ingenieros de la industria de semiconductores que aplazan una mudanza por este motivo. Quien haya leído a Rulfo no encontrará nada exótico en un país donde los muertos siguen presentes en la conversación.

El visitante suele salir de todo esto preguntándose qué religión ha visto exactamente: si budismo, si taoísmo, si folclore. Es exactamente el tipo de pregunta ante la cual las dos maderas caen boca arriba y el dios se ríe.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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