En marzo de 2027 volvemos a mirar hacia Asia para descubrir una de sus islas más fascinantes: Taiwán. Del 23 de marzo al 4 de abril, ONEIRA Club de Viajeros recorrerá un país sorprendente, donde grandes ciudades, montañas, templos, paisajes costeros y una extraordinaria herencia cultural conviven con una de las sociedades más modernas de Oriente. Todavía disponemos de plazas para acompañarnos en este viaje, pensado para quienes disfrutan descubriendo no solo lugares, sino también las historias y las ideas que ayudan a comprenderlos. Porque Taiwán guarda algo especialmente valioso: durante buena parte del siglo XX se convirtió en refugio de tradiciones que al otro lado del estrecho atravesaban tiempos convulsos, y algunas de ellas encontraron en la isla una nueva manera de dialogar con el mundo contemporáneo. Una de las historias más fascinantes es la del llamado budismo humanista, protagonista del magnífico artículo que compartimos hoy y que nos acerca a otra de las muchas dimensiones que harán de nuestro viaje a Taiwán una experiencia cultural extraordinaria.
Budismo humanista: una espiritualidad para el mundo contemporáneo
«Los budas aparecen entre los hombres; nunca alcanzan la budeidad en los cielos.» Āgamas
China, años veinte del siglo pasado. La tradición -el budismo- que había levantado los colosos de Longmen y las bibliotecas de Dunhuang apenas ocupa ya un lugar en la vida de la gente: aparece apenas cuando hay que enterrar a alguien. Los monasterios conservan tierras y rentas, pero se han convertido en empresas funerarias con liturgia, y el monje es un profesional al que se contrata para que cante por los muertos. Fuera de sus muros, los reformistas republicanos discuten si no sería más útil transformar los templos en escuelas. El budismo chino no está perseguido: está de más.
A esa parálisis responde una generación con una idea sencilla y, en su contexto, casi insolente: que el budismo debía servir para vivir, y no solo para morir. Como toda revolución, necesitó dos clases de hombres muy distintos, dos tipos de temperamentos radicales.
Primero el agitador. Taixu (1890-1947) fue un monje incómodo, polemista, con instinto de periodista, que exigió una triple reforma —de la doctrina, de la institución y de la propiedad— y denunció que se había construido un budismo de los difuntos. Fracasó en casi todo lo práctico, típico de una personalidad pasional y desorganizada como la suya: sus proyectos institucionales se deshicieron uno tras otro.
Después, quien ordena. Yin Shun (1906-2005), erudito paciente y de temperamento opuesto, hizo con aquel impulso lo que hacen los buenos administradores de una revolución: convertir el grito en argumento. Buscó fundamento textual y lo encontró en los Āgamas, en el pasaje que abre este artículo. Le dio nombre —renjian fojiao, budismo del ámbito humano— y, sobre todo, le dio una dirección sobre la que construir.

Porque lo que aquellos hombres proponían no era una novedad, sino una vuelta a lo que siempre fue. La figura central del budismo mahayana es el bodhisattva: aquel que, pudiendo extinguirse en el nirvana, renuncia a hacerlo mientras quede un solo ser que sufra. Alguien que elige quedarse. El budismo humanista no inventó nada; se limitó a bajar esa figura del altar a la calle, y a preguntar qué significaba tomarla en serio en una sociedad con hospitales, periódicos y elecciones.
Faltaba el tercero: el que lo pusiera en pie. Hsing Yun nació en 1927 en una aldea pobre de Jiangsu y se ordenó a los doce años. En 1949, con la derrota nacionalista, cruzó el estrecho entre la multitud del éxodo y llegó a Taiwán sin nada; sus primeras semanas en la isla las pasó detenido, sospechoso de espía comunista. La escena resume bien lo que era entonces Taiwán: un territorio pequeño que recibía de golpe una masa de talento desproporcionada para su tamaño —militares, catedráticos, novelistas y también la élite monástica del budismo chino— y que no tenía forma de distinguir a un refugiado de un infiltrado. Pocos años después, la Revolución Cultural arrasaba en el continente los monasterios que aquellos monjes habían dejado atrás. Sin habérselo propuesto, la isla se convirtió en el arca de una tradición que estaba siendo demolida en su país de origen.
En 1967 Hsing Yun compró una ladera de bambú cerca de Kaohsiung y la llamó Fo Guang Shan, la Montaña de la Luz de Buda. Lo que levantó allí durante medio siglo se parece poco a lo que solemos imaginar bajo la palabra monasterio: emisoras de radio, una editorial, un diario, televisión, coros juveniles con música moderna, universidades en Taiwán y en California, un templo en Los Ángeles y una asociación internacional de seglares con millones de miembros en decenas de países. Ordenó además a mujeres en un número sin precedentes: hoy las monjas superan ampliamente a los monjes y dirigen buena parte de las instituciones de la orden.

Quien llega hoy encuentra un recinto de escala imperial, construido para custodiar una reliquia dental del Buda: una avenida flanqueada por ocho pagodas y cuatro estupas, y un Buda sedente de bronce que se distingue desde la autopista. En el comedor se come gratis. La desmesura y la sopa pertenecen al mismo proyecto: una religión que ha decidido no esperar a que vengan a buscarla.
Fo Guang Shan no está sola. La misma pregunta —qué hace una tradición antigua dentro de una sociedad moderna— recibió en Taiwán cuatro respuestas distintas, las llamadas cuatro grandes montañas. Fo Guang Shan apostó por la cultura y la difusión. Tzu Chi, fundada por la maestra Cheng Yen, por la filantropía, hasta convertirse en una de las mayores organizaciones de socorro de Asia. Dharma Drum, por el estudio y la meditación. Chung Tai Shan, por una arquitectura contemporánea de una audacia desconcertante. Quien recorre la isla no visita cuatro templos: visita cuatro maneras de contestar.
Hsing Yun murió en 2023, a los noventa y cinco años. Los últimos los pasó ciego; una diabetes le había ido apagando la vista. Siguió haciendo caligrafía. Como no podía ver dónde levantar el pincel ni dónde volver a apoyarlo, escribía frases enteras de un solo trazo, sin interrupción, confiando la línea completa a la memoria de la mano. Cuesta encontrar mejor imagen de lo que aquellos tres hombres habían propuesto: no elevarse, no retirarse, no aguardar el cielo. Seguir escribiendo en el mundo, a oscuras y sin levantar la mano.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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