En nuestro próximo viaje a Taiwán con ONEIRA club de viajeros tendremos la oportunidad de descubrir una isla fascinante, en la que los templos tradicionales, los paisajes naturales y las ciudades más dinámicas conviven con una extraordinaria herencia cultural. Entre las visitas imprescindibles de nuestra aventura se encuentra el Museo Nacional del Palacio de Taipéi, custodio de una de las mejores colecciones de arte chino del mundo. Sus tesoros no solo nos permitirán acercarnos al refinamiento de la China imperial, sino también conocer una apasionante historia de guerras, huidas y viajes que explica cómo miles de obras maestras encontraron finalmente refugio en Taiwán. Hoy os contamos su historia.
Hay museos que nacen alrededor de una colección y otros cuya propia historia parece una novela de aventuras. El Museo Nacional del Palacio de Taipéi pertenece a esta segunda categoría. Sus salas conservan cerca de setecientas mil piezas que permiten recorrer varios milenios de civilización china. Pero antes de llegar a Taiwán, muchas de ellas atravesaron un país en guerra, viajaron en trenes, barcos y camiones y permanecieron ocultas durante años para evitar su destrucción.

El origen de la colección se encuentra en la Ciudad Prohibida de Pekín. Durante siglos, los emperadores chinos reunieron en sus palacios pinturas, caligrafías, porcelanas, jades, bronces rituales, libros raros y objetos de extraordinaria delicadeza. No eran únicamente obras bellas: representaban la continuidad de la autoridad imperial y condensaban la memoria cultural del país.
La caída de la última dinastía en 1912 puso fin al Imperio, aunque el emperador destronado Puyi continuó residiendo algún tiempo en la Ciudad Prohibida. Tras su expulsión definitiva en 1924, las antiguas colecciones imperiales pasaron a ser patrimonio público. En 1925 abrió allí sus puertas el Museo del Palacio.
La tranquilidad duró poco. Ante el avance japonés sobre el norte de China, en 1933 se decidió evacuar las piezas más valiosas. Miles de cajas fueron enviadas primero a Shanghái y Nankín. Cuando comenzó la guerra abierta con Japón en 1937, los tesoros emprendieron una nueva huida hacia el interior del país. Divididos en varias expediciones, recorrieron rutas distintas hasta encontrar refugio en Sichuan y otras regiones alejadas del frente.
El traslado fue una empresa extraordinaria. Había que proteger rollos de seda, porcelanas quebradizas, manuscritos centenarios y antiguos bronces en medio de bombardeos, carreteras difíciles y constantes desplazamientos. Conservadores, funcionarios y trabajadores acompañaron las cajas durante años. Gracias a aquel esfuerzo, la colección sobrevivió casi intacta a una de las etapas más destructivas de la historia de China.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, las obras regresaron a Nankín. Sin embargo, la guerra civil entre nacionalistas y comunistas volvió a amenazarlas. A finales de 1948, el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek ordenó seleccionar las piezas consideradas más importantes y trasladarlas a Taiwán. Entre diciembre de 1948 y febrero de 1949, tres barcos transportaron miles de cajas hasta la isla. No viajó toda la colección, pero sí una parte excepcional por su calidad artística e importancia histórica.

Los tesoros permanecieron inicialmente en almacenes de Taichung y después fueron instalados en depósitos especiales en Beigou. Finalmente, en 1965 se inauguró el Museo Nacional del Palacio en Waishuangxi, al norte de Taipéi. Su arquitectura, inspirada en los palacios tradicionales chinos, parecía ofrecer una nueva residencia a una corte desaparecida.
Entre sus obras más populares se encuentra la célebre Col de jadeíta, cuyos tonos blancos y verdes fueron aprovechados para reproducir las hojas de una verdura, incluyendo dos diminutos insectos. También sorprende la Piedra con forma de carne, un fragmento de jaspe tallado y teñido hasta parecer un apetitoso trozo de panceta estofada. Junto a estas piezas curiosas se exhiben refinadas porcelanas, paisajes pintados, caligrafías de grandes maestros y bronces rituales de hace más de tres mil años.
Pero el museo es mucho más que una cámara del tesoro. Su existencia plantea cuestiones todavía sensibles. Para la República Popular China, aquellas obras forman parte inseparable del patrimonio histórico chino. En Taiwán, entretanto, el museo se ha convertido en una institución propia y en uno de los pilares de su vida cultural. Las piezas hablan de la China imperial, pero su accidentado viaje pertenece también a la historia contemporánea taiwanesa.
Quizá ahí resida su mayor fascinación. El Museo Nacional del Palacio no conserva solamente objetos desplazados: custodia una memoria que también viajó. Cada jade, cada pintura y cada porcelana sobrevivieron porque alguien decidió embalarlos y ponerlos a salvo. Contemplarlos es admirar la belleza de una civilización, pero también recordar hasta qué punto la cultura puede ser frágil, viajera y, al mismo tiempo, extraordinariamente resistente.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
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