El culto a los antepasados
Un viaje cultural a Vietnam en grupo permite acercarse a una cultura en la que los vínculos familiares no terminan con la muerte. En el viaje a Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, conoceremos Hanói, Huế, Hoi An y Saigón. La ruta incluye también Quang Phu Cau, el pueblo del incienso: una buena ocasión para pensar qué significado tienen esas varillas más allá de su color y su aroma. Este artículo nos invita a mirar hacia el lugar donde tantas de ellas acaban encendidas: el altar familiar.
El altar familiar en Vietnam
En muchas casas vietnamitas puede faltar el sofá, pero no el altar. Ocupa un lugar elevado y destacado de la vivienda, y en él hay fotografías de padres y abuelos, un incensario, fruta, té y a veces un paquete de tabaco o una taza de café, porque al abuelo le gustaban. No es un rincón devocional ni un recuerdo enmarcado: es un sitio en uso. Antes de un examen, de un viaje o de una operación, alguien enciende unas varillas y le cuenta lo que ocurre. Ni la vivienda moderna ha borrado esa presencia: el altar también encuentra su sitio en los pisos de la ciudad.
La consecuencia más desconcertante para un visitante europeo es de calendario. En Vietnam, una de las grandes fechas familiares no es el cumpleaños del difunto, sino el aniversario de su muerte: el đám giỗ. Suele contarse por el calendario lunar, se cocina durante la mañana, viene la familia y se sirve al muerto antes que a nadie. Después se espera. En muchas familias, el tiempo que tarda el incienso en consumirse marca la espera antes de compartir las ofrendas. Es como si él hubiese comido primero y solo entonces se sentaran los vivos a comer lo mismo. Lejos de ser una ceremonia fúnebre repetida cada año, es una comida familiar en la que el ausente es el anfitrión. En Año Nuevo se limpia la casa para recibir a los antepasados, se les invita a quedarse los días de fiesta y al terminar se les despide.
La vía de los abuelos
Nada de esto se deja encerrar fácilmente en una sola religión, y ahí está la clave. También se habla de đạo ông bà, la vía de los abuelos, y estas prácticas pueden encontrarse entre budistas, católicos y personas sin afiliación religiosa, porque atraviesan la frontera entre la fe y el parentesco. Las formas varían, pero la obligación de recordar resulta reconocible.
La lengua ayuda a entenderlo. En vietnamita existe tôi, un pronombre de primera persona relativamente neutro, especialmente en contextos formales. Sin embargo, en la conversación cotidiana es muy frecuente nombrarse y dirigirse al otro mediante términos de parentesco —hermano mayor, tía, nieto— incluso cuando se habla con alguien que no pertenece a la familia. Un idioma que lleva tantas relaciones familiares a la conversación difícilmente iba a expulsar de casa a quienes fundaron ese árbol genealógico.

Una larga discusión entre la fe y la familia
Cuando los misioneros llegaron a Asia oriental se dividieron: muchos jesuitas sostenían que honrar a los antepasados era un acto civil y familiar, compatible con el bautismo; otros religiosos lo consideraban idolatría. El pleito, conocido como la querella de los ritos, se prolongó durante generaciones, llegó hasta el emperador de China y dio lugar a condenas papales como la de 1704, que restringieron aquellas prácticas entre los conversos. Fue un obstáculo enorme para la misión, porque podía exigir a las familias elegir entre el bautismo y los gestos con los que honraban a sus mayores.
La instrucción romana de 1939 abrió una nueva etapa al admitir determinados homenajes civiles a los difuntos. En Vietnam, las orientaciones episcopales de 1965 y 1974 desarrollaron esa apertura y precisaron cómo podían practicarse los ritos familiares de manera compatible con la fe católica. Hoy, en muchas casas católicas del país, el crucifijo y el altar dedicado a los antepasados comparten el espacio doméstico. Habían hecho falta siglos de debate para reconocer el lugar de aquellos gestos en la vida familiar.
La memoria también ocupa el espacio público
Tampoco el materialismo de Estado borró la necesidad de recordar. Junto a las campañas contra determinadas prácticas consideradas supersticiosas, la memoria nacional fue llenándose de cementerios de combatientes caídos, homenajes e incienso. No son ritos idénticos a los de una casa, pero muestran hasta qué punto el vínculo con los muertos sigue dando forma a la vida pública.
Ho Chi Minh pidió en su testamento ser incinerado y que sus cenizas se repartieran entre el norte, el centro y el sur del país; su cuerpo, sin embargo, fue conservado y permanece en el mausoleo de Hanói. La familiaridad del nombre con el que se le recuerda, tío Ho, convive con la solemnidad del homenaje nacional.
Un plato más en la mesa
Queda la parte que duele. En una tradición donde el muerto necesita un lugar, un nombre y parientes que lo recuerden, morir lejos y sin sepultura puede adquirir un significado especialmente angustioso: el alma se imagina errante y hambrienta, sin dirección a la que volver. Las guerras del siglo XX dejaron cientos de miles de combatientes sin localizar o sin identificar. Detrás de cada cifra hay una familia que no sabe dónde buscar.
Durante décadas, miles de familias han recorrido el país intentando encontrarlos, y algunas han recurrido a médiums que afirmaban poder localizar restos, en un fenómeno que llegó a encontrar amparo en iniciativas institucionales. Esa acogida no demuestra la validez de sus métodos, pero sí ayuda a medir la profundidad de la necesidad a la que respondían.
Se les puede llamar superstición si se quiere. También se les puede llamar lo que son: gente intentando poner un plato más en la mesa.
Para conocer Vietnam con esta mirada cultural, descubre el viaje de enero de 2027 con ONEIRA y otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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