La extraña herencia de Indochina

En un viaje a Vietnam en grupo, las huellas de Francia aparecen en lugares inesperados: una fachada, una taza de café o las letras de un letrero. Con ONEIRA club de viajeros recorreremos Vietnam y Camboya del 7 al 22 de enero de 2027, con etapas en Hanói y Saigón, donde nuestro programa incluye la Oficina Central de Correos, el Ayuntamiento y la Ópera. El viaje a Vietnam y Camboya con ONEIRA nos permitirá acercarnos a esa herencia, pero también a lo que los vietnamitas hicieron con ella: transformarla hasta volverla propia.

La etapa colonial francesa de Vietnam se extendió durante casi un siglo, desde los cañonazos sobre Danang en 1858 hasta la derrota de Dien Bien Phu en 1954. Fue tiempo suficiente para partir el país en tres unidades administrativas, encajarlo dentro de un invento cartográfico llamado Indochina y dejar bulevares, catedrales y una ópera. Y también, sin proponérselo, para entregarle la herramienta con la que acabaría siendo expulsada.

Vietnam es uno de los países de la antigua órbita cultural china que dejaron de escribir habitualmente con caracteres. Hoy lo hace en alfabeto latino, con esa constelación de tildes que vuelve su escritura inconfundible, y ese sistema —el quốc ngữ— lo idearon misioneros jesuitas del siglo XVII para catequizar. Dos siglos después, la administración francesa lo impuso en las escuelas con una intención concreta: cortar el cordón que unía al país con China y con su clase de letrados. En 1919 se celebraron los últimos exámenes imperiales y se cerró el sistema que había seleccionado durante siglos a sus funcionarios-poetas.

Lo que ocurrió después fue lo contrario de lo previsto. Los nacionalistas de la Escuela Libre de Tonkín comprendieron en 1907 que ese alfabeto permitía alfabetizar al pueblo a una velocidad imposible con los caracteres, y lo adoptaron como bandera; más tarde, las campañas del Việt Minh lo convirtieron en instrumento de movilización revolucionaria. Un artefacto de misioneros, impuesto por un imperio, terminó siendo el arma con la que ese imperio fue expulsado, y hoy nadie plantea abandonarlo. Del francés, en cambio, la Organización Internacional de la Francofonía calculaba unos setecientos mil hablantes en 2022, menos del uno por ciento de la población. Se conservó el envase y se devolvió el contenido.

Esa misma operación tuvo su momento más brillante el 2 de septiembre de 1945, en la plaza Ba Đình de Hanói. Ho Chi Minh proclamó la independencia con un discurso que arranca citando la Declaración de Independencia norteamericana y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, para enumerar acto seguido lo que Francia había hecho en ochenta años: la explotación económica, el alcohol y el opio, las tierras arrebatadas a los campesinos, la hambruna que aquel mismo año se había llevado a más de un millón de personas en el norte. Un independentista le devolvía a Francia sus propios artículos leídos en voz alta: se había hecho anticolonialista en París, retocando fotografías para comer y presentando en Versalles un memorándum que quedó sin respuesta.

Lo que Francia dejó plantado siguió el mismo camino. Saigón se trazó como una ciudad europea de provincias, con bulevares arbolados, un ayuntamiento de fachada afrancesada, la catedral de Notre-Dame levantada con ladrillo traído de Marsella y una oficina central de correos de nave abovedada que casi todas las guías atribuyen a Eiffel sin fundamento alguno. Hanói respondió con una Ópera que copia en pequeño el Palacio Garnier, un barrio de villas ocres y el puente Long Biên tendido sobre el río Rojo. Y en las montañas quedó Dalat, estación de altura inventada para que los colonos escaparan del calor, con sus chalés pastel y su lago artificial, hoy destino favorito de las lunas de miel vietnamitas. Todo aquello sigue en uso, con cafés en los soportales, motos aparcadas en los porches y ropa tendida en balcones de hierro fundido.

Con la comida ocurrió algo parecido. La baguette llegó con Francia y aquí se convirtió en un pan de miga ligera y corteza fina; rellena de paté, cilantro, chile y encurtido de zanahoria, dio el bánh mì, palabra que ya figura en los diccionarios ingleses. Los franceses plantaron café, pero la leche fresca era impracticable en aquel clima, de modo que se recurrió a la condensada, y de ahí salió el café helado que hoy se bebe en cada esquina. Hasta el áo dài, la prenda que pasa por esencia de la tradición vietnamita, debe parte de su silueta moderna a un rediseño de los años treinta obra de un pintor influido por la moda de París.

Graham Greene ambientó en Saigón, a mediados de los cincuenta, la novela que retrata el momento exacto en que los franceses hacían las maletas y los estadounidenses tomaban posiciones. Del imperio que se marchaba queda hoy un alfabeto que ya es vietnamita, un pan que dejó de ser francés y unas cuantas fachadas ocupadas por gente que no las construyó.

Para descubrir estas historias sobre el terreno, consulta nuestro viaje a Vietnam y Camboya de enero de 2027y conoce otras propuestas de ONEIRA club de viajeros.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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