Espíritus de Vietnam
Un viaje cultural a Vietnam también se disfruta aprendiendo a mirar lo que no aparece a primera vista. En el viaje a Vietnam y Camboya de ONEIRA club de viajeros, del 7 al 22 de enero de 2027, conoceremos el templo Ngọc Sơn, junto al lago Hoàn Kiếm de Hanói, y un templo Cao Đài en el delta del Mekong. Dos lugares de nuestra ruta que nos invitan a descubrir un país donde los espíritus no pertenecen únicamente a las leyendas: también encuentran su sitio en los hogares, los comercios y la vida cotidiana.
«Todo está lleno de almas.» Victor Hugo, Las contemplaciones
En 1853, desterrado en Jersey, Victor Hugo pasó dos años sentado ante una mesa de tres patas transcribiendo lo que le dictaban los muertos. Por allí desfilaron Shakespeare, Aníbal, Jesucristo y el propio océano. Sus allegados guardaron las actas de aquellas sesiones y en Francia el episodio se recuerda como una excentricidad de un genio en el exilio. Setenta años más tarde, en una llanura del sur de Vietnam, aquello tuvo una consecuencia que a Hugo no se le pudo pasar por la cabeza.
En 1926, un grupo de funcionarios vietnamitas al servicio de la administración colonial fundó una religión que aseguraban haber recibido dictada, también mediante escritura mediúmnica. El espiritismo de salón francés había desembarcado en la colonia y se había encontrado allí con una tradición local de oráculos por pincel que llevaba siglos en funcionamiento. La religión se llamó Cao Đài, tiene su sede en Tây Ninh, y en su templo, bajo un Ojo Divino de varios metros, hay un mural donde tres santos firman una alianza entre Dios y los hombres: un poeta vietnamita del siglo XVI, Sun Yat-sen y Victor Hugo, con levita y pluma en la mano. Es el patrón espiritual de sus misiones en el extranjero.

Como anécdota resulta simpática, aunque conviene leerla más bien como síntoma: el mundo invisible vietnamita está densamente poblado y admite incorporaciones. También está ordenado, y su orden es vertical. En muchas casas y comercios del país, lo invisible se reparte por alturas. En lo alto de la pared, el altar de los antepasados. A ras de suelo, junto a la puerta del negocio, una hornacina roja iluminada con dos figuras —el dios de la tierra y el dios de la riqueza—, con su ofrenda de café, plátanos y un cigarrillo encendido: están abajo porque pertenecen a la tierra y porque tratan con quien cruza el umbral. Y fuera, en el bordillo, se deja comida para las almas sin familia, a las que se alimenta y no se invita a pasar. Tres alturas, tres grados de confianza.
La liturgia más espectacular pertenece al culto de las Diosas Madre, que divide el universo en palacios —el cielo, las montañas, las aguas—, cada uno con su color y su señora, y un panteón de decenas de figuras. En su ritual central, un médium cubierto con un velo rojo va siendo ocupado por un espíritu tras otro, hasta treinta y seis en una sola sesión, cambiándose de vestido en público mientras una orquesta canta la música que corresponde a cada personaje; al terminar cada encarnación, el espíritu reparte dinero y fruta entre los asistentes. La administración colonial lo llamó superstición y las autoridades socialistas también: estuvo prohibido hasta 1987. En 2016, la UNESCO lo inscribió como patrimonio inmaterial de la humanidad.
Nada de esto vive confinado en los templos. La primera persona que cruza el umbral de una casa el día de Año Nuevo determina la suerte de los doce meses siguientes, de manera que se elige con antelación, se comprueba su año de nacimiento y se la cita a una hora exacta. Si el primer cliente de la mañana mira el género y se marcha sin comprar, el tendero quema un papel en la puerta y abanica el humo hacia la calle para limpiar la jornada. Las matrículas de moto cuyas cifras suman nueve se pagan a precios desproporcionados. Y quienes hacen esto son ingenieros de treinta años y promotoras inmobiliarias que contratan geomantes antes de levantar un edificio. Hay un refrán vietnamita que lo explica mejor que cualquier tratado: si veneras, la cosa se vuelve sagrada; si te abstienes, sales indemne. Pascal, en la Francia del siglo XVII, calculó exactamente lo mismo.
Y el catálogo no se limita a los humanos. En toda la costa central los pescadores veneran a la ballena como protectora de náufragos y la llaman «señor pez»: cuando una vara en la arena se le celebra un funeral completo, y quien la encuentra primero guarda luto como si hubiera perdido a un padre. Hay templos que custodian esqueletos de veinte metros. En el centro de Hanói, en cambio, lo que se conserva es una tortuga: el último ejemplar gigante del lago Hoàn Kiếm murió en 2016, la noticia abrió los informativos y hubo quien la interpretó como un aviso. Está conservada, en una vitrina, en el templo de la isla, recibiendo visitas.
Descubre el viaje a Vietnam y Camboya de enero de 2027 y sigue explorando otras culturas con ONEIRA club de viajeros.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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