LA RUTA DE LA SEDA

Transitando por la China profunda

Texto: Susana Ávila

Publicado originalmente en Objetivo Viajero, n.º 4, julio de 2026, pp. 8-21.

Nuestra amiga y viajera Susana Ávila, periodista y especialista en hinduismo y religiones orientales, nos comparte su fascinante recorrido por la antigua Ruta de la Seda .

La Ruta de la Seda, un nombre con ecos de magia. Un viaje que no parece se pueda realizar si no es en alfombra voladora, con el pasaporte de los sueños y con la imaginación por equipaje.

Plantearse hacer la Ruta de la Seda puede ser una idea tan atractiva como imposible. Porque no existe «la Ruta», tendríamos que hablar más bien de las rutas. El comercio entre Oriente y Occidente se ha practicado desde la antigüedad y para ello se han utilizado multitud de caminos que se extendían más de doce mil kilómetros.

Atravesando todo el continente asiático, conectando China con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía para alcanzar Europa y África.

Un trayecto que atraviesa cordilleras, valles, desiertos en los que se buscaban oasis, puertos, karavansarais… y que además no siempre era el mismo, debido a las inclemencias del tiempo, los procesos geológicos, los bandidos, las situaciones políticas, que iban desviando la trayectoria y había que buscar diferentes alternativas.

El término Ruta de la Seda no se acuñó hasta el siglo XIX, cuando un ingeniero y geógrafo alemán, Ferdinand Freiherr von Richthofen, lo introdujo en su obra «Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda», refiriéndose a una de las mercancías que circulaban por ella junto con compañeros tan codiciados como diamantes de Golconda, jade de China, perlas del golfo Pérsico, rubíes de Birmania, ámbar, marfil, laca, especias, coral…

Tampoco hay que entenderla como la aventura de un comerciante que hiciera la ruta completa. La lógica de mercado era comprar barato donde se fabricaba el producto y vender caro donde ese producto no existiese. Llevaban sus productos hasta un punto y ahí los vendían o los cambiaban por otros y regresaba a casa. En cada transacción el precio iba subiendo y al final del camino se había multiplicado exponencialmente.

La seda, el misterio secreto

Y ¿por qué Ruta de la Seda, cuando sabemos que circulaban otros muchos productos?

Cuenta la leyenda que allá por el tercer milenio antes de Cristo, la esposa del emperador de China estaba tomando una taza de té bajo un árbol de morera cuando un gusano cayó en su interior. El insecto había formado un capullo para cobijarse en su interior mientras se producía el paso de crisálida y alcanzar el estado de adulto convirtiéndose en mariposa. Al sacarlo de la taza se formó un hilo finísimo y brillante; hasta un kilómetro y medio de hilo pudo salir de un solo capullo, pero tan fino que se necesitaron no menos de doce hilos para poderlo tejer.

Había nacido la seda, arquetipo del lujo, la riqueza y también del misterio.

Occidente conoció la seda manufacturada que les llevaban los comerciantes que venían de Oriente, pero no sabían cómo hacerla y los chinos protegieron deliberadamente esa tecnología durante cerca de 3000 años, desde las primeras evidencias arqueológicas de sericultura en el tercer milenio antes de Cristo hasta el siglo VI d.C. Exportar un gusano de seda vivo, sus huevos o, incluso, semillas de morera blanca que es el único alimento del gusano Bombyx mori en su estado larvario, era castigado con pena de muerte. Un material tecnológicamente desconocido valía su peso en oro.

Pero, continúa la leyenda, fue otra princesa china quien dio a conocer al mundo aquel extraño producto sacando del país unos gusanos de seda ocultos en su cabellera.

Una versión menos romántica y más posible es que fueron dos monjes nestorianos, de una rama herética del cristianismo, que se habían refugiado en China, donde vivieron y conocieron cómo se producía la seda.

En el año 552 d.C. se presentaron ante el emperador Justiniano, que llevaba años tratando de romper la dependencia de Bizancio respecto al comercio de la seda que tan altos costes le producía, y le propusieron darle los medios para producirla dentro del imperio, algo que no había conseguido ningún espía ni mercader hasta el momento.

Ellos eran portadores de huevos de gusanos de seda escondidos en bastones de bambú huecos. Los huevos sobrevivieron al viaje y a los controles a dos hombres santos anónimos. En Bizancio se establecieron criaderos, se plantaron moreras para alimentarlos y se instalaron los primeros telares para seda producida en suelo europeo. El monopolio que China había mantenido durante tres mil años bajo pena de muerte acabó en una tarde gracias a dos monjes sin ningún afán de protagonismo.

La puerta oeste de Asia

Plantearse seguir uno de los caminos por el que transitase la seda china, el vidrio veneciano, las especias de la India o el marfil africano es misión imposible.

No cabe sino visitar una serie de puntos en los que confluían caravanas atraídas por la existencia de oasis que les permitieran un alto en el camino. Lugares de descanso donde intercambiar mercancías con otros comerciantes y que con el tiempo se han convertido en ciudades con un alto desarrollo económico. Prosperidad que empaña la romántica idea de encontrar karavansarais rodeados de dunas y con camellos cargados de ricas mercancías…

La puerta real que conecta el Turquestán Oriental con China es una ciudad perdida llamada Taxkorgan, que significa «Torre de Piedra», hoy convertida en ruinas, pero por donde antiguamente pasaban las principales caravanas, ya fueran en la dirección que fueran.

La siguiente ciudad importante que encontramos es Kashgar, situada en los confines occidentales de China, que algunos llaman Kashi.

Se muestra como un microcosmos de ese macrocosmos que supone el conjunto laberíntico que sería la Ruta de la Seda en su tramo por China. Una ciudad moderna y funcional pero que conserva su casco histórico con todo el sabor que podíamos esperar en nuestra imaginación. Encerrado en el perímetro de sus murallas, parece que el tiempo se ha detenido y hace evocar su pasado esplendor.

La cuenca del Tarim

Y nada más salir de Kashgar nos encontramos con uno de los escollos más peligrosos del camino, el desierto de Taklamakán, del que se pueden decir todo tipo de barbaridades.

Es uno de los más secos y extensos del mundo, con dunas que oscilan entre 100 y 300 m de altura, con una amplitud térmica que va desde 50 °C de máxima hasta -40 °C de mínima. Eso obliga a tomar una drástica decisión, bordearlo por el norte o por el sur.

Nosotros utilizamos el camino del norte que atraviesa poblaciones como Ürümqi y Turfan, lugares donde, de aquella actividad comercial, nacieron importantes núcleos urbanos con una potencia económica extraordinaria. Y aquí nos encontramos con «otro producto» de enorme importancia, porque aquella ruta no solo era comercial, por ella también circulaban culturas, lenguas, escrituras, religiones y pueblos a los que los avatares de la historia desplazaron de sus orígenes.

El Museo Regional de Xinjiang en Ürümqi conserva una gran cantidad de momias encontradas en la cuenca del Tarim, perfectamente conservadas de manera natural, sin seguir los complicados rituales de ultratumba que practicaban los egipcios convertidos en taxidermistas religiosos de su cultura.

La razón está en la extrema sequedad del ambiente que propició la conservación de los cuerpos, incluso la de sus vestiduras y accesorios, muy elaborados y coloridos, con un amplio sentido estético. Y con ello hemos comprobado el origen caucásico de los habitantes de la zona.

La otra ciudad importante de la zona es Turfan, una ciudad-estado, importante centro comercial muy vinculado a la antigua Ruta de la Seda. Su prosperidad estribaba, en buena parte, en la gestión que hacían del fértil oasis junto al que se habían establecido, pues ingeniaron un sistema de canales, llamado karez, que suministraban agua abundante con la que alimentaban sus cultivos y nutrieron a la población local y a los viajeros que pasaban.

Consistía en una serie de pozos verticales que recogían la nieve derretida de las montañas y la conducían mediante canales subterráneos hasta el oasis. De esta manera reducían la evaporación y evitaban contaminarse.

Este sistema de agua y riego de karez es un importante patrimonio histórico que juega un papel primordial en la vida cotidiana de la población local de Turfan.

En Turfan se combina la montaña y el desierto, el pueblo y las ruinas, porque un enclave que no puede dejarse de lado son las ruinas de Jiaohe, a 10 km de la capital.

Una fortaleza natural situada en la cima de una meseta en forma de hoja entre dos profundos valles fluviales, un oasis imprescindible en el camino. Jiaohe fue capital del reino tocario de Jushi, desde el año 108 a.C. hasta el 450 d.C. Después se convirtió en prefectura y ya, a partir del año 640 con la dinastía Tang, fue dignificado con el título de condado de Jiaohe, siendo sede del Protector General de las Regiones Occidentales.

Finalmente fue abandonada tras ser destruida durante una invasión de los mongoles a las órdenes de Gengis Khan. Corría el siglo XIII.

Dunhuang, una frontera cultural

En el extremo más oriental del desierto de Taklamakán, ya es posible que vuelvan a confluir las dos rutas que se habían abierto para salvar el Taklamakán.

Dunhuang representa un punto de inflexión en nuestro camino, hacia el oeste la etnia uigur, de origen caucásico, y hacia el este el imperio chino.

Allí, en las Cuevas de Mogao, se identifica el centro fundamental en la expansión del budismo hacia China. El hallazgo de un increíble número de textos, preservados casi milagrosamente en cuevas gracias a la extrema sequedad de la región, evidencia la penetración de una gran cantidad de pueblos que llevaron consigo su influencia cultural y religiosa.

A unos 6 km de Dunhuang, en las estribaciones del desierto del Gobi, se encuentra el Oasis Yueyaquan (literalmente, Lago de la Medialuna), uno de los más famosos que abastecieron de agua a los viajeros y mercaderes que transitaban por la antigua Ruta de la Seda, denominado así por la peculiar forma de la laguna que lo forma. Junto a él se levanta una pagoda y el sitio es especialmente frecuentado por visitantes atraídos por las dunas y la posibilidad de dar un paseo en camello emulando otros tiempos.

 

El corredor de Hexi

Es un estrecho corredor geográfico que se extiende unos 1000 km en dirección NO-SE, al norte de la alta y desolada meseta tibetana y al sur del desierto de Gobi.

El corredor de Hexi o corredor de Gansu es esencialmente una cadena de oasis que cobraron una gran importancia para los comerciantes que recorrían la Ruta de la Seda.

A lo largo de él encontramos la ciudad de Jiayuguan donde en el año 1372 la dinastía Ming, reinante en aquel momento, decidió levantar una fortaleza que protegiera la frontera noroeste del imperio y rematar el final de la Gran Muralla que se extendía hasta allí.

El Fuerte de Jiayuguan se erige como el último baluarte de la Gran Muralla China. Rodeado de desiertos, lo convertían en un enclave estratégico, ideal para la defensa de las ciudades del imperio y, en los términos comerciales que estamos tratando, era un lugar ideal para actuar de aduana y recaudar los impuestos que propiciaba el intercambio de mercancías.

Al salir de Jiayuguan se presenta ante nuestros ojos el increíble paisaje del Geoparque Nacional de Danxia, un arco iris de formaciones rocosas que toman caprichosas formas.

Luego el complejo monástico de Mati, nombre que significa literalmente herradura y hace referencia a la pezuña del caballo celestial que apoyándose en una roca dejó su huella y se elevó hasta los cielos.

El conjunto total lo forman 70 cuevas interconectadas por pasarelas colgantes que ofrecen un asombroso aspecto.

Casi al final del corredor alcanzamos la ciudad de Xining, en la altiplanicie tibetana, un importante cruce de caminos.

Por un lado, el de Zhangye desde donde hemos llegado tras dejar atrás el complejo de Mati y por el otro, Lanzhou que se convirtió en paradigma de riqueza ya que en la zona se encontraron varias minas de oro.

Xining se considera la entrada a China desde el Tíbet y allí se construyó el mayor monasterio budista, fuera del Tíbet, el Ta’en o Kumbum.

En realidad, se trata de un gompa, que combina las características de fortaleza con su función principal que es la de las enseñanzas y formación. Su estructura y diseño es la de un mandala o recinto geométrico sagrado en el que se distribuyen ordenadamente las distintas capillas y aulas con bancos para que los monjes oren y mediten.

Ante la puerta de la sala central, o Templo Dorado, donde se encuentra el arca que almacena los tesoros de la Secta de los Bonetes Amarillos, los peregrinos se postran cien veces y el suelo muestra huellas de desgaste donde tocan sus manos y pies.

Pero la sala más rica es la que tiene sus muros decorados con paneles realizados con manteca de yak que se conservan en unas cámaras con temperatura constante.

La cultura tibetana del lugar se manifiesta en el Museo de Arte Tibetano que custodia un thangka de 618 metros que se extiende en una inmensa vitrina ondulada para no interrumpir la continuidad de la pieza.

En ella se refleja toda la cosmogonía budista a través del Mahayana, y presta atención a otros aspectos como la astronomía, la tecnología, la ciencia, la medicina, la arquitectura, la lingüística y la poesía, en un espectáculo visualmente impresionante y colorista.

La obra, que ya ha sido incluida en el Libro Guinness de los récords, ha ocupado a 400 artistas tibetanos durante más de treinta años.

Y para nosotros es también el final de nuestro trayecto por la Ruta china de la Seda.

Hemos recorrido montañas, desiertos, caminos otrora transitados por camellos y hoy por aviones, trenes de alta velocidad, coches que han cruzado y dejado atrás carreteras, calzadas por donde un día pasó la historia y se instaló, desarrolló y floreció una buena parte de la cultura.

Ver la Ruta de la Seda como un trayecto simplemente comercial es quedarse muy, pero que muy, corto.

Hay que conocer a los pueblos, religiones, idiomas y cultura que durante siglos le han dado su sello de identidad.

Susana Ávila

Madrid