Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, ONEIRA club de viajeros recorrerá Taiwán en un gran viaje cultural que nos llevará desde la vitalidad de Taipéi hasta los paisajes del lago del Sol y la Luna, las montañas de Alishan y las ciudades históricas del sur. Todavía quedan plazas disponibles para acompañarnos en esta ruta, en la que conoceremos también Tainan, la antigua capital de la isla, visitando el templo de Confucio, el barrio histórico de Anping y los manglares de Taijiang. Para comprender la importancia de esta ciudad hay que mirar más allá de sus calles actuales e imaginarla frente a un mar que ya no existe: durante siglos, Tainan fue la gran puerta de entrada de Taiwán al mundo.

Tainan, puerta del mundo

«Los acontecimientos son polvo.» Fernand Braudel.

Quien se planta hoy ante los restos del fuerte Zeelandia, en el barrio tainanés de Anping, contempla tierra firme. Casas, calles, un aparcamiento. Cuesta imaginar que aquello fue una isla: una lengua de arena en mitad de una laguna enorme, el llamado mar interior de Taijiang, donde los barcos entraban por un canal y fondeaban a resguardo de los tifones. La laguna se fue cegando durante siglos y una gran riada terminó de rellenarla en 1823. El fuerte no se movió, se movió el mar.

En 1624, tras un pulso entre los holandeses con la marina Ming en las islas Pescadores, aceptaron retirarse a cambio de que nadie les molestara si se instalaban en la isla grande de enfrente, que no pertenecía a nadie y que a la corte china no le interesaba. Aquella es la clave de todo el siglo XVII taiwanés: la primera potencia comercial de Europa montó su base asiática precisamente en el único tramo de costa que ningún imperio reclamaba.

Levantaron el fuerte con ladrillo traído como lastre en las bodegas y lo unieron con un mortero de melaza de azúcar, arroz glutinoso y cal de conchas de ostra machacadas. Aún queda un lienzo de muralla en pie, atravesado y sostenido a la vez por las raíces de un baniano, que es hoy lo más fotografiado de Anping.

¿Qué se comerciaba desde aquí? Sorprende la respuesta. El primer producto global de Taiwán no fue el té ni el azúcar: fue la piel de ciervo. Los venados sika de las llanuras se cazaban por decenas de miles y sus pieles viajaban a Japón, donde se empleaban en armaduras y prendas de guerrero. En los mejores años salieron más de cien mil pieles anuales. En dos generaciones la especie estaba al borde de la extinción. Después vino el azúcar, y con el azúcar la decisión que más consecuencias tuvo: para trabajar las plantaciones, la Compañía importó mano de obra del continente. Los holandeses fabricaron, sin proponérselo, la población china de Taiwán. Y esa población acabaría siendo la que los expulsara.

La expulsión llegó en 1661. Un almirante leal a la dinastía Ming derrotada desembarcó con cientos de barcos y decenas de miles de hombres frente a poco más de mil ochocientos defensores. El asedio duró nueve meses. El gobernador Frederick Coyett resistió hasta febrero de 1662 y capituló con una condición insólita: la guarnición salió del fuerte con las banderas desplegadas y los tambores tocando, un honor que la Compañía casi nunca obtuvo en Asia. A Coyett no le sirvió de nada. Fue juzgado en Batavia por haber perdido la colonia y desterrado a una isla remota. Años después publicó un libro furioso, Formosa abandonada, en el que explicaba que sus superiores le habían negado los refuerzos que pidió durante años. Es un detalle que dice mucho del siglo: el vencido fue el único que escribió.

El vencedor duró todavía menos. Koxinga murió cuatro meses después de su victoria, a los treinta y siete años. El reino que fundó sobrevivió veintiún años, hasta que en 1683 los Qing lo anexionaron, y el emperador estuvo a punto de ordenar la evacuación completa de la isla por considerarla un gasto sin sentido. Hoy, a poca distancia del fuerte que conquistó, hay un santuario donde se le venera como a un dios. Un almirante derrotado en su propia guerra terminó convertido en divinidad local de la ciudad que tomó.

Durante dos siglos Tainan fue Taiwán. Se la llamaba simplemente la ciudad, porque no había otra que mereciera el nombre. Aquí se levantó el primer templo de Confucio de la isla, en 1665, que fue también su primera academia. Aquí estaban la administración, el puerto, el dinero y los letrados. Y aquí terminó todo cuando la laguna se convirtió en llanura: sin fondeadero no hay puerta, y a finales del siglo XIX la capitalidad se marchó al norte, a una ciudad nueva llamada Taipéi.

Perder la capitalidad le sentó bien. Tainan es hoy una ciudad de baja altura, con más de mil seiscientos templos, callejones que no llevan a ninguna parte y una reputación gastronómica excepcional. Conserva algo que las capitales pierden: el tiempo. Y conserva un fuerte de ladrillo holandés, comido por una higuera, mirando fijamente hacia un horizonte de tejados donde antes había cien barcos fondeados.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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