En nuestro próximo viaje a Taiwán con ONEIRA club de viajeros descubriremos mucho más que sus templos, ciudades y hermosos paisajes. Nos acercaremos también a la historia de una isla habitada desde tiempos remotos, cuya identidad no puede comprenderse sin sus pueblos indígenas. Sus culturas, vinculadas al gran mundo austronesio que se extiende por los océanos Índico y Pacífico, conservan lenguas, músicas, ceremonias y tradiciones sorprendentes. Hoy os invitamos a viajar hacia el pasado más antiguo de Taiwán, cuando sus habitantes ya navegaban por mares lejanos y conectaban la isla con buena parte del sudeste asiático y Oceanía.

Antes de China, los pueblos austronesios

«No son islas en un mar lejano, sino un mar de islas.» Epeli Hau´ofa

En tumbas de la Edad del Hierro repartidas por Filipinas, Vietnam, Tailandia y Borneo aparece un mismo tipo de pendiente: una pieza de nefrita verde con dos cabezas de animal, tallada con una destreza notable. Durante mucho tiempo se dio por hecho que la piedra sería local. No lo es. El análisis geoquímico la hace converger, una y otra vez, en un único yacimiento de la costa oriental de Taiwán. Siglos antes de que existiera la Ruta de la Seda funcionaba en el mar de China Meridional una ruta del jade, y el material salía de aquí en embarcaciones sin cubierta.

Hay una segunda prueba, y es todavía más silenciosa. Los pueblos del Pacífico fabrican telas golpeando la corteza de la morera de papel, un árbol que no se propaga solo fuera de su hábitat y que por tanto viaja siempre en manos humanas. Cuando se analizaron genéticamente las moreras de Polinesia, los linajes condujeron al sur de Taiwán. Una planta funcionando como pasaporte tres mil años después de embarcar.

Que esta isla es el punto de partida de la expansión austronesia lo sostiene desde hace décadas la lingüística; el jade y la morera son su equivalente material, palpable. Pero lo que sigue no trata de quienes se marcharon, sino de quienes se quedaron: los pueblos que llevan cinco mil años aquí y que hoy son una minoría en su propia isla.

Los bunun viven en la alta montaña y cantan una plegaria para la cosecha del mijo a ocho voces y sin letra, en la que los cantores van elevando el tono muy despacio hasta que las voces encajan en un acorde. Cuando aquella grabación llegó a Europa en los años cuarenta obligó a revisar teorías asentadas sobre el origen de la polifonía. Los atayal, en el norte, tatuaban el rostro: los hombres se lo ganaban en la guerra y las mujeres demostrando maestría en el telar; la última mujer con el tatuaje tradicional murió en 2022, a los ciento seis años, y hay jóvenes que se lo están volviendo a hacer. Los paiwan del sur tienen nobles, plebeyos, dinteles tallados y una víbora por antepasada. Y los tao, en la Isla de las Orquídeas, tienen a sus parientes más próximos no en Taiwán, sino al otro lado del canal, en el archipiélago filipino de Batanes.

Después llegaron los demás, y la historia se vuelve previsible. Los holandeses evangelizaron y castigaron. Los Qing los clasificaron en bárbaros crudos y bárbaros cocidos según su docilidad, y dejaron que perdieran las tierras mediante contratos que no sabían leer. Los japoneses declararon la montaña propiedad del Estado por carecer de dueño registrado, tendieron alambradas electrificadas por las cumbres, aplastaron con artillería y gas el levantamiento de Wushe en 1930 y los reordenaron por decreto en nueve categorías. El Kuomintang impuso el mandarín, repartió nombres chinos en 1946 y los rebautizó oficialmente como compatriotas de la montaña.

Ese nombre duró hasta 1994, cuando una campaña de años y una enmienda constitucional lo sustituyeron por yuanzhumin: habitantes originarios. Merece la pena detenerse ahí un segundo. Conseguir que te llamen por tu nombre exigió modificar la Constitución. Los pueblos reconocidos son hoy dieciséis; ellos mismos se cuentan cerca de treinta, y varios siguen pleiteando por figurar en la lista. En 2016 llegó la primera disculpa oficial del Estado. Hay ya televisión en lenguas indígenas, cantantes que llenan recintos en toda Asia cantando en paiwan y escritores como Syaman Rapongan, tao, que narra desde dentro lo que significa construirse la propia canoa. Y hay heridas sin cerrar: desde 1982 la Isla de las Orquídeas custodia más de cien mil bidones de residuos radiactivos, instalados sin que sus habitantes supieran qué se estaba levantando allí. El engaño se reconoció oficialmente en 2019 y hubo indemnización; la retirada, que es lo que piden, sigue sin fecha.

Queda todavía una capa por debajo de todas. Quince de los dieciséis pueblos conservan leyendas sobre unas gentes de baja estatura y piel oscura que habitaban las montañas antes que ellos; se han recopilado más de doscientos cincuenta relatos distintos, recogidos por funcionarios chinos, etnógrafos japoneses e investigadores contemporáneos. Siempre se tuvieron por mitología.

En 2022 se publicó el estudio de un esqueleto femenino hallado en unas cuevas de la costa oriental, enterrado en cuclillas hace seis mil años, cuyos rasgos craneales resultaron más cercanos a los de las poblaciones de Filipinas y las islas Andamán que a los de cualquier grupo austronesio. Los saisiyat los llaman ta’ai. Su propio relato admite que fueron sus antepasados quienes los exterminaron, que después les llovieron las desgracias y que dos supervivientes les enseñaron la ceremonia con la que debían recordarlos. La celebran cada dos años y llevan siglos haciéndolo. En una isla donde cada recién llegado quiso empezar la historia por sí mismo, ese es probablemente el gesto más antiguo y más desconcertante de todos: un pueblo que se niega a olvidar a quienes borró.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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