ONEIRA club de viajeros viaja a Bolivia en octubre de 2026 para adentrarse en uno de los escenarios más sobrecogedores de la historia humana: la legendaria ciudad de Potosí. Llegar hasta aquí no es solo alcanzar una altitud extrema —más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar—, sino ascender simbólicamente a uno de los vértices donde se decidió el destino del mundo moderno. Pocos lugares concentran con tanta intensidad la grandeza y la tragedia, la riqueza desbordante y el sacrificio humano. En el corazón del altiplano, bajo la mirada imponente del Cerro Rico, se alza una ciudad que en el siglo XVII rivalizó con las grandes capitales europeas y cuya historia, aún hoy, late con una fuerza difícil de describir. Potosí no se visita: se comprende, se siente… y, de algún modo, se padece.
Llegar a Potosí es ascender a una de las cimas de la historia universal, una ciudad que en el siglo XVII llegó a ser más poblada que Londres o París y que hoy, a más de cuatro mil metros de altitud, sigue custodiando la memoria de una ambición que transformó la economía global. El aire aquí es fino y frío, cargado de una solemnidad que solo las ciudades que han tocado el cielo pueden ostentar. El epicentro de todo es el Cerro Rico (Sumaj Orcko), esa pirámide perfecta de mineral que fue descubierta por accidente por el indígena Diego Huallpa en 1545. Cuenta la leyenda que, al encender una fogata para protegerse del gélido viento andino, vio cómo la plata líquida brotaba de la tierra en hilos brillantes, como si la montaña misma estuviera sangrando una riqueza inagotable que cambiaría el rumbo de la humanidad.
A partir de ese momento, Potosí se convirtió en la Villa Imperial, el motor incansable que alimentó el Imperio Español y la fuente primordial de donde brotaron los «Reales de a 8». Esta fue la primera moneda de reserva mundial, una divisa global que circuló con la misma autoridad en los mercados de la Dinastía Ming en China que en las cortes europeas, sentando las bases del capitalismo moderno y estableciendo una red de comercio transoceánico que unió por primera vez a los cinco continentes bajo el signo de la plata potosina.
Sin embargo, la opulencia de Potosí tiene un reverso oscuro y desgarrador que nuestros amigos de ONEIRA club de viajeros percibirán en cada esquina de sus calles empedradas y sus balcones tallados. La riqueza que permitió construir iglesias con altares de oro y casonas señoriales se erigió sobre el sistema de la «mita», un régimen de trabajo forzado que obligó a millones de indígenas a abandonar sus comunidades para descender a las entrañas de la montaña. Allí, el polvo tóxico, los derrumbes constantes y el uso del mercurio para el refinamiento convirtieron al cerro en «la montaña que come hombres», un lugar donde la supervivencia era un milagro diario frente a la deidad del inframundo, el «Tío», a quien los mineros aún hoy rinden culto para pedir protección.
Se estima que una cantidad ingente de personas perdieron la vida en este complejo minero a lo largo de tres siglos, creando un contraste brutal entre la exquisita belleza arquitectónica de la ciudad y el sacrificio humano que la financió. La expresión «vale un Potosí», inmortalizada por Cervantes en el Quijote para describir algo de valor incalculable, sigue resonando en el aire de la ciudad como un eco persistente. Es un recordatorio de que aquí se acuñó no solo el dinero, sino el destino de todo un continente y la identidad mestiza de una nación que aprendió a rezar en templos de una belleza sobrecogedora.

En el corazón de la ciudad se alza la imponente Casa Real de la Moneda, una fortaleza de piedra con muros de más de un metro de espesor y cinco patios que albergan la maquinaria original de acuñación, movida en su día por el esfuerzo de mulas y, más tarde, por la potencia del vapor. Presidiendo el primer patio se encuentra el misterioso «Mascarón», una figura tallada en 1856 por el artista francés Eugenio Mulón cuya sonrisa irónica ha generado infinitas leyendas. Para unos es la imagen del dios Baco, símbolo de la abundancia y la embriaguez del éxito; para otros, una burla al director de la ceca o una representación deformada del conquistador que, tras siglos de codicia, se encuentra con la mirada burlona de una tierra que nunca pudo ser totalmente poseída.
Visitar Potosí hoy es ser testigo de una herida abierta pero orgullosa. El cerro, perforado por miles de túneles que parecen las venas de un gigante exhausto, corre riesgo de colapso, recordándonos que la historia es una construcción frágil. No obstante, la verdadera riqueza de esta tierra reside hoy en la resiliencia de su gente y en el aura de sus iglesias, como San Lorenzo de Carangas, cuya fachada es el máximo exponente del barroco mestizo. Potosí sigue siendo, en esencia, un lugar de peregrinación para entender que la belleza y la historia suelen nacer de la tensión entre la gloria más absoluta y la realidad más cruda.
Daniel Bermejo
ONEIRA club de viajeros
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