En octubre de 2026, ONEIRA Club de Viajeros propone una ruta muy especial por Bolivia, adentrándonos en el Altiplano andino, el Salar de Uyuni y las huellas de una civilización que aún late bajo la superficie. No es solo un viaje de paisajes —que lo son, y sobrecogen—, sino también un encuentro con una historia profunda, compleja y, en muchos momentos, desgarradora. Comprender lo que ocurrió en territorios como el Collasuyo nos permite mirar estos lugares con otros ojos, con una sensibilidad distinta, más consciente y respetuosa.
El ocaso del Collasuyo: cuando los Andes conocieron la espada
Grita «¡Devastación!» y suelta a los perros de la guerra. William Shakespeare
El Collasuyo: El corazón del Imperio
El Imperio Inca se dividía en cuatro regiones o suyos. El Collasuyo era el más extenso de todos, abarcando lo que hoy es el oeste de Bolivia, el norte de Chile y el noroeste de Argentina. Para los Incas, esta no era una tierra más; era el lugar de origen de su propia mitología. Según la leyenda, el dios Viracocha emergió de las aguas del Titicaca para crear el sol y la luna.
Este territorio era el centro de la ganadería de camélidos (llamas y alpacas) y, sobre todo, la gran reserva de metales preciosos. Los habitantes originales, los reinos aymaras, habían sido integrados al imperio no solo por la fuerza, sino a través de una compleja red de diplomacia y reciprocidad. Sin embargo, en la década de 1530, este equilibrio milenario estaba a punto de fracturarse por dos frentes: una guerra civil interna y la llegada de unos «hombres de metal» desde el norte.

Los Rostros de la Invasión: Pizarro y Almagro
La caída del Collasuyo no puede entenderse sin dos nombres que encarnan la ambición de la España del siglo XVI. Aunque el protagonismo del declive incaico reside en su propia crisis interna, estos dos personajes fueron los catalizadores del desastre:
- Francisco Pizarro (El “Estratega”): Pizarro era un hombre de origen humilde, procedente de Trujillo, analfabeto, pero con una intuición política asombrosa. Veterano de mil batallas en el Caribe, era calculador y poseía una voluntad de hierro. Fue el artífice de la captura de Atahualpa en Cajamarca. Su papel fue el de «descabezar» el imperio: sabía que, si el Inca caía, el sistema centralizado de los Andes colapsaría como un castillo de naipes. Su enfoque era el control total desde el Cusco.
- Diego de Almagro (El «Impulsivo”): Si Pizarro era el cerebro, Almagro era el motor inquieto. Socio de Pizarro, siempre se sintió eclipsado y mal recompensado. De personalidad apasionada, generosa con sus hombres, pero temeraria, Almagro fue quien realmente llevó la conquista hacia el Collasuyo. En 1535, partió hacia el sur en una expedición legendaria y brutal, buscando una riqueza que igualara a la del Cusco. Su paso por el Altiplano boliviano fue un rastro de sangre y asombro, marcando el inicio del fin de la soberanía inca en la región.
La Tormenta Perfecta: Guerra y Enfermedad
Mientras Pizarro y Almagro avanzaban, el Collasuyo ya sangraba por dentro. El imperio estaba dividido por la guerra entre los hermanos Huáscar y Atahualpa. Esta fractura social hizo que muchos curacas (jefes locales) vieran a los españoles no como invasores, sino como aliados potenciales para librarse del yugo incaico.
A esto se sumó un enemigo invisible: la viruela. Las enfermedades europeas llegaron a los Andes incluso antes que los soldados, diezmando a la población y a la nobleza, dejando al Collasuyo sin líderes capaces de organizar una resistencia unificada.

El Descenso del Sol
La expedición de Almagro hacia el sur fue un calvario de altura. Cruzar los Andes hacia el Collasuyo implicó la muerte de miles de porteadores indígenas y caballos debido al frío extremo y la falta de oxígeno (el famoso sorojchi). Sin embargo, al llegar a los valles y la puna boliviana, la estructura administrativa del Imperio Inca comenzó a desmoronarse. Los tambos (depósitos de comida) fueron saqueados y los caminos reales, el famoso Qhapaq Ñan, empezaron a servir para el desplazamiento de tropas extranjeras.
El «ocaso» no fue un evento de un solo día, sino un proceso de erosión. El Collasuyo pasó de ser el centro espiritual del mundo andino a convertirse en la gran mina de Europa. El oro y la plata que antes adornaban los templos del Sol en el Titicaca fueron fundidos para llenar las arcas de una corona situada a miles de kilómetros.
El ocaso del Collasuyo fue el final de un sistema político, pero no el fin de un pueblo. Bolivia es, en esencia, la hija de ese choque entre la espada de Pizarro y la sabiduría ancestral de los hijos del Sol.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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