Los caminos del boque, el alma germánica de la Selva Negra

En septiembre, ONEIRA Club de Viajeros se adentra en el corazón de Europa para descubrir dos joyas hermanadas por la historia y el paisaje: Alsacia y la Selva Negra. Nuestro viaje en grupo nos llevará a recorrer pueblos de cuento, bosques míticos y rutas cargadas de simbolismo. Las plazas ya están disponibles para quienes quieran unirse a esta experiencia única, entre viñedos alsacianos y caminos del alma germánica. ¿Nos acompañas? Y para ir entrando en ambiente, te invitamos a sumergirte en el alma profunda de la Selva Negra, que inspiró a filósofos, mitos y leyendas. Sigue leyendo el artículo que nos ha preparado A. Bermejo Vesga

Heidegger entendía que el paisaje que rodea a un hombre acaba permeando inevitablemente en su pensamiento; que uno termina por echar raíces allí donde se trabaja, ríe, sufre y descansa. Por ello, el que fuese uno de los filósofos más importantes del siglo XX y al que Rudiger Safranski caracterizó como el maestro de Alemania, escogió, de entre todos los lugares donde poder meditar y escribir sus mayores obras, una cabaña absolutamente perdida en las profundidades de la Selva Negra, sencilla hasta para los estándares de los pastores locales. En este singular paraje, en una pobreza buscada lejos del bullicio urbano, encontró el pensador el abanico de símbolos que caracterizarían algunas de sus mejores obras.

Para Heidegger, la Selva Negra no era solo un lugar físico, sino una experiencia existencial, íntima en su mayor grado. En su ensayo “Los caminos del bosque” (Holzwege), el filósofo retoma una antigua palabra germánica que describe senderos que no llevan a ninguna parte… o a todos lados. Estos caminos son metáforas del pensamiento, de búsquedas que no prometen ni deben buscar un destino cierto pero que revelan, a cada paso, la esencia de un ser en permanente huida. La montaña, el bosque, el viento en los pinos: todos estos elementos se integran en su visión como formas de retorno al origen, a una existencia más auténtica.

Ese mismo bosque que inspiró a Heidegger es también cuna de un imaginario cultural antiguo y en ocasiones críptico, donde la tradición oral ha tejido durante siglos una red de símbolos, leyendas y ritos que en muchas ocasiones escapan a nuestro entendimiento. Entre todos ellos encontramos, por ejemplo, la figura del cazador, como parte central de la mitología de la región. Lejos de la imagen que podemos tener hoy en día de la figura casi deportiva de la caza, en este universo simbólico el cazador se constituye como una figura arquetípica cargada de ambigüedad, un hombre del bosque que se adentra en un paraje sacro, entre lo civilizado y lo salvaje, entre lo animal y lo divino. Entre las tradiciones paganas más antiguas ya olvidadas, los grandes animales que poblaban los bosques y montañas se confundían con figuras divinas superiores al hombre. En el terrible encuentro entre el hombre y la bestia, la divinidad accedía al sacrificio por el que el alimento se aseguraba en una suerte de ritual sacrificial en el que el momento de la digestión, cazador y presa se volvían uno.

Esta concepción, legada en misteriosos dibujos que emparentan con las primeras muestras de arte e imaginación humanas en las pinturas rupestres dio paso a la figura medieval del Jäger, vestido con su sombrero de plumas y su escopeta ancestral, protagonista en cuentos y baladas como guía, espectro o juez. En otras versiones del folclore, el cazador se convierte en el cazador salvaje (der Wilde Jäger), una figura espectral que atraviesa el cielo nocturno con su jauría, castigando a los arrogantes y protegiendo los misterios del bosque. Se le oye en las tormentas y en el ulular del viento: un recordatorio de que la naturaleza, aunque domesticada, nunca se deja poseer del todo.

Este tejido de mitos, figuras y símbolos ha servido como una forma si se quiere de resistencia cultural. En una Europa cada vez más homogeneizada, Baden-Wurtemberg conserva en sus aldeas, festividades y rituales un carácter que desafía la modernidad. Las mascaradas del carnaval (Fasnacht), con sus máscaras talladas a mano que evocan duendes y espíritus antiguos; los cantos en dialecto suabo; los oficios transmitidos de generación en generación… todo apunta a una cultura que, como el bosque, se regenera en lo profundo.

Si, como algunos escritores osados han intentado en el pasado, tratásemos de recopilar en un solo texto el universo simbólico de las diferentes culturas humanas encontraríamos una oposición universal repetida en muchas de ellas. El contraste entre el jardín y el bosque; la naturaleza atemperada, dominada y circundada por el hombre, frente a su esencia salvaje, misteriosa, llena de peligros, carente de líneas ni demarcaciones que representa el bosque. En los profundos paisajes de la Selva Negra, entre el acople sin fin de sonidos producidos por los animales, el viento y la vegetación y las sendas anárquicas sin destino, nació el espacio simbólico compuesto por silenciosos cazadores, animales-dioses y fuegos sagrados donde emergería la identidad Alemania

A. Bermejo Vesga

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