Viaje a Japón: La literatura japonesa a través de dos autores imprescindibles.
Es tentador atribuir a la condición insular de Japón la extrema originalidad de su arte. Protegida por su lejanía y la aspereza de sus costas, en esta distante isla nacieron tradiciones artísticas tan únicas como la caligrafía, la pintura sumi-e, los poemas haikus o la cerámica raku. Sin embargo, en este artículo nos ceñiremos más en concreto a una de las perlas artísticas de este enorme mural, a ese gran desconocido que es la literatura japonesa a través de dos de sus autores más destacados. Nosotros nos vamos a Japón, con Oneira club de viajeros en noviembre de 2024, en dos grupos, ¿te apuntas con nosotros? Sigue leyendo el artículo en nuestro Blog ONEIRA
Murasaki Shikibu, ¿la primera novelista de la historia?
A la hora de designar la primera novela de la historia de la literatura siempre habrá voces discrepantes, pues conforme echamos la vista al pasado las fronteras entre lo que consideramos una novela o no se desdibujan. Sin embargo, “El Cuento de Genji”, la obra maestra escrita por Murasaki Shikibu, escrita en el siglo XI, es probablemente el libro que más acuerdo concita entre los filólogos del mundo. A pesar de su poco renombre en nuestras tierras, el nombre de esta autora fácilmente puede situarse a la altura de otros colosos literarios tales como Homero, Shakespeare o Cervantes. De la escritora sabemos que nació hacia el 973 en el seno de una familia aristocrática de nivel medio, formaba parte del círculo de damas de compañía de la emperatriz Fujiwara y dio lugar a su obra durante un retiro espiritual a raíz de la muerte de su marido. Su autoría la conocemos por sus diarios, pues la obra como tal carecía de autor e incluso de título.
Ante nosotros tenemos una obra enrevesada, compleja de leer incluso para un lector japonés actual, dados los mil años que nos separan de su nacimiento. La trama versa sobre la vida del príncipe Genji, el hijo del emperador y una concubina de bajo rango. Su destino, lejos de las veleidades del trono, le lleva a recibir un apellido (sólo la familia imperial en esa época carecía de apellido) y convertirse en funcionario al servicio del emperador. Con esta premisa, el argumento se vuelve laberíntico, con multitud de episodios y personajes que se superponen unos sobre otros, convirtiendo el conjunto más próximo a una yuxtaposición de episodios más que en una obra estrictamente unitaria, propio de los inicios de la novela. Para aquellos valientes que quieran sumergirse en el misterioso y fascinante mundo del japón del siglo XI, en la editorial Atalanta tenemos una nueva traducción ilustrada por la que perderse en las más de 1500 páginas que componen el cuento en su conjunto.

Mishima, ¿el último samurai?
La figura de Yukio Mishima es tan controvertida como fascinante. Fue reconocido en vida como una de las grandes plumas de la historia japonesa por obras como “Confesiones de una máscara” o “El pabellón de oro”. Su fama, sus ideales tradicionales y su extrema carisma y personalidad (fue uno de los primeros amantes y practicantes del culturismo en Japón) le llevaron a constituir una suerte de cuerpo militar paralelo al ejército japonés, reducido a la mínima expresión tras la Segunda Guerra Mundial, con apoyo del gobierno. Sin embargo, por el acto por el que es más recordado fue por el intento de golpe de estado que protagonizó el jueves 25 de noviembre de 1970. Esa mañana, tomó un cuartel militar en Tokio, y tras arengar a los militares que lo componían para que tomaran sus armas y restauraran al emperador, al ver que sus palabras no surtían efecto, se quitó la vida con el rito tradicional del harakiri, atravesándose él mismo el estómago con un cuchillo afilado de medio tamaño al mismo tiempo que uno de sus colaboradores le decapitaba con una katana. Así terminaba su vida el gran literato japonés del siglo XX, en un estruendoso acto por el que buscaba poner fin a su vida de la forma más radical y consecuente que tenía a su alcance. De esta manera, Mishima pasó del escritor al mito. Su figura desde entonces ha levantado un gran interés, en especial fuera de sus fronteras. Era, como se suele decir, un hombre repleto de contradicciones, un nacionalista de derechas que anhelaba de forma un tanto esteticista e ideal la restauración del antiguo esplendor de Japón, al mismo tiempo que se veía desgarrado por sus inclinaciones homosexuales. Su obra se nutriría siempre de esta contradicción entre el arte más refinado, a la que él refería como la palabra o el espíritu, y la inquebrantable necesidad de acción, simbolizada por el cuerpo. Para saber más, su vida y su obra fueron magistralmente llevadas al cine en la película “Mishima: una vida en cuatro capítulos”, acompañada por una de las bandas sonoras más bellas que ha dado al cine, a cargo de Philip Glass. En los compases finales de su vida, antes de su sonoro sacrificio, Yukio confiesa:
“El cuerpo y el espíritu nunca se han reconciliado. Nunca en la acción física he encontrado la fría satisfacción de las palabras. Nunca en las letras había experimentado la oscuridad caliente de la acción. Debe haber un principio en que se reconcilia arte y acción. Ese principio, ocurrió en mí, era la muerte… Esta quietud era una belleza más allá de las palabras, que ningún cuerpo o espíritu, pluma o espada, jamás podría tener”
A. Bermejo Vesga
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