Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con la Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Nuestro viaje nos llevará por ciudades modernas, templos, montañas, lagos, mercados nocturnos y comunidades indígenas, pero también nos permitirá conocer las distintas culturas que han modelado la compleja identidad de la isla.

Entre todas ellas destaca la profunda y contradictoria influencia de Japón, que gobernó Taiwán entre 1895 y 1945. Ferrocarriles, hospitales, escuelas, sistemas de riego y numerosos edificios históricos recuerdan todavía aquella etapa de modernización, inseparable también de la explotación colonial, la segregación, la represión y los intentos de asimilación cultural.

Para comprender mejor esta herencia, compartimos «La huella japonesa», un magnífico artículo que nos invita a mirar más allá de los monumentos y paisajes que encontraremos durante el viaje. Un relato sobre un pasado que Taiwán no ha olvidado ni absuelto, pero con el que ha aprendido a convivir y que continúa formando parte de su identidad.

Las plazas para este viaje son limitadas.

«No hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.» Walter Benjamin

En abril de 1895, derrotada por Japón, la dinastía Qing cedió Taiwán a perpetuidad en el Tratado de Shimonoseki. No la perdió defendiéndola: la entregó en una mesa de negociación, como quien se desprende de algo que nunca llegó a considerar del todo suyo. En la isla todavía se repite una frase atribuida al ministro Li Hongzhang que despachaba Taiwán como una tierra de hombres sin talento, pájaros que no cantan y flores sin olor. Los taiwaneses no fueron conquistados: fueron cedidos.

No lo aceptaron sin más. En mayo de aquel año las élites locales proclamaron la República de Formosa, que suele citarse como la primera de Asia y que duró unos ciento cincuenta días: los que tardó el ejército japonés en recorrer la isla de norte a sur. La resistencia en el interior se prolongó años.

Fueron cincuenta años de transformación real, y conviene decirlo sin rodeos. El arquitecto del sistema, Gotō Shinpei, era médico y gobernó como tal: primero, estudiar al paciente. Encargó catastros y censos de una minuciosidad asombrosa, y sobre ellos levantó alcantarillado, hospitales y campañas sanitarias que erradicaron la peste y el cólera, un ferrocarril troncal terminado en 1908, puertos, escuelas primarias con matrícula masiva y un sistema de riego que convirtió la llanura seca del sur en el granero de la isla.

Toda esa obra admite, sin excepción, una segunda lectura. El ferrocarril de montaña de Alishan, hoy una excursión encantadora, se trazó para bajar cipreses milenarios hasta el puerto. Las escuelas estaban segregadas y enseñaban en japonés. A los taiwaneses se les abrió la carrera de medicina y se les cerraron el derecho y la política, de modo que su élite fue durante décadas una élite de médicos: exactamente los que la represión de 1947 se llevaría por delante. La modernización fue verdadera. Simplemente, no estaba pensada para ellos.

Ningún caso resume mejor esa ambivalencia que el del ingeniero Hatta Yoichi, autor del embalse y los canales que riegan el sur desde 1930. Murió en 1942, torpedeado su barco; su mujer se arrojó al desagüe del embalse tres años después. Cada 8 de mayo se celebra allí una ceremonia en su memoria; a la del año pasado acudieron más de quinientas personas de ambos países, con el presidente de Taiwán entre ellas. Y en 2017 alguien decapitó su estatua por motivos políticos: la repararon a toda prisa para que llegara entera al aniversario. Un ingeniero del imperio, homenajeado y decapitado por el país al que ocupó.

Tampoco conviene suavizar el resto. En 1930, un grupo seediq se levantó en Wushe durante una fiesta escolar y mató a más de un centenar de japoneses; la respuesta incluyó artillería y gas. A partir de 1937, con la guerra, la administración dejó de gestionar para asimilar: nombres japoneses, santuarios sintoístas, prensa en chino suprimida. Cerca de doscientos mil taiwaneses sirvieron en las fuerzas del imperio y unos treinta mil no volvieron.

Cuando Japón capituló en 1945, la isla recibió a la administración china con esperanza. Duró poco, y de aquellos meses quedó una frase que lo condensa todo: se fueron los perros, llegaron los cerdos. Los perros ladran y muerden, pero guardan la casa; los cerdos solo comen. Quienes la acuñaron no estaban elogiando al imperio: estaban comparando. Después, el nuevo régimen dedicó cuarenta años a borrar el japonés de las aulas, la prensa y la radio, y al prohibirlo lo convirtió en lengua doméstica, en algo que una generación entera habló en voz baja y puertas adentro. La nostalgia se conservó, en buena medida, porque estaba perseguida.

El resultado puede desconcertar al visitante. El presidente de Taiwán se aloja en el antiguo Palacio del Gobernador General, un edificio de ladrillo rojo de 1919 que nadie derribó ni convirtió en museo: se sigue usando para gobernar. Las viejas casas japonesas de madera se restauran y se llenan de cafeterías y librerías. Y tras el terremoto de 2011, veintitrés millones de taiwaneses donaron a Japón más de doscientos cuarenta millones de dólares, situándose entre los mayores contribuyentes del mundo, a un país con el que ni siquiera mantienen relaciones diplomáticas. Nada de eso significa que aquel medio siglo esté perdonado. Significa algo más incómodo de formular y muy fácil de ver sobre el terreno: que Taiwán no ha demolido su pasado colonial ni lo ha absuelto, sino que ha aprendido a habitarlo. Sigue trabajando dentro del edificio, y sigue discutiendo de quién es.

A. Bermejo Vesga

ONEIRA club de viajeros

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