Taiwan, una isla de identidades superpuestas

Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027, coincidiendo con las vacaciones de Semana Santa, ONEIRA club de viajeros os invita a descubrir Taiwán, la Isla Inesperada, en un recorrido de 13 días desde Madrid. Con plazas todavía disponibles (no van quedando muchas), viajaremos de norte a sur entre ciudades vanguardistas, templos, antiguos pueblos mineros, bosques de montaña, mercados nocturnos y comunidades indígenas, alojándonos en hoteles seleccionados de 4**** y 5***** y acompañados por guía de habla hispana. Pero para comprender verdaderamente Taiwán no basta con admirar sus paisajes: hay que conocer las sucesivas culturas que han dejado su huella en la isla. Pueblos austronesios, comerciantes y misioneros europeos, emigrantes chinos, administradores japoneses y refugiados llegados del continente fueron creando, capa tras capa, una identidad tan compleja como fascinante. Y lo más curioso… los españoles estuvieron también allí, en el norte de Taiwán, para proteger los contactos con las Filipinas. Muy interesante. Sigue leyendo para conocer más en nuestra Blog Oneira, en este excelente artículo de A. Bermejo Vesga.

«La identidad no se compartimenta, no se reparte ni en mitades ni en tercios.» Amin Maalouf

Hay una familia de lenguas que se extiende desde Madagascar hasta la Isla de Pascua y desde Hawái hasta Nueva Zelanda: el austronesio, unos cuatrocientos millones de hablantes repartidos por media circunferencia del planeta. Durante décadas se discutió dónde estaba su raíz. La hipótesis hoy más aceptada la sitúa en un solo lugar, y no es ninguno de los grandes archipiélagos: es Taiwán. El argumento es de diversidad interna —de las diez ramas principales de la familia, nueve se encuentran en la isla—, la misma regla por la que sabemos que el latín no nació en América. Dicho de otro modo: de un territorio del tamaño de Cataluña salieron los navegantes que acabaron poblando el Pacífico y el Índico.

La primera identidad de Taiwán es, por tanto, austronesia, y tiene milenios. Hoy se reconocen oficialmente dieciséis pueblos indígenas, unas seiscientas mil personas, en torno al 3 % de la población. Los pueblos de llanura fueron absorbidos casi por completo por los colonos posteriores, y de aquello quedó un refrán taiwanés que resume el asunto mejor que cualquier estadística: tenemos abuelos venidos de la China, pero no abuelas.

En 1624 llega la segunda capa, y llega en forma de empresa. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales fue una criatura extraordinaria: la primera sociedad que colocó acciones entre el público, y a la vez una potencia con derecho a acuñar moneda, firmar tratados, levantar fortalezas y declarar la guerra. Un Estado con accionistas. Taiwán le interesaba como nudo logístico entre la seda china y la plata japonesa, y allí levantó el fuerte Zeelandia, en la actual Tainan. La globalización empezó con contables holandeses decidiendo dónde poner un almacén.

Aquellos comerciantes hicieron además algo que nadie había previsto. Para evangelizar, sus misioneros transcribieron al alfabeto latino la lengua siraya de los indígenas de la zona. Los holandeses fueron expulsados en 1662, pero la escritura se quedó: durante más de siglo y medio los siraya siguieron redactando en aquel alfabeto sus contratos de compraventa de tierras, los llamados manuscritos de Sinckan. Un abecedario europeo sobreviviendo un siglo y medio a los europeos, en manos de quienes lo recibieron y usado para defender sus propias fincas ante los recién llegados.

Y entre 1626 y 1642 hubo también una capa española. La corona ocupó el norte de la isla y fundó allí Santísima Trinidad, en la actual Keelung, y el fuerte de Santo Domingo, en Tamsui. Dieciséis años escasos, hasta que los holandeses los echaron. Pero el rastro no se borró del todo: el cabo del extremo nororiental de Taiwán se llama hoy Sandiaojiao, que no es más que la transcripción china de Santiago, el nombre que le pusieron aquellos marinos al pasar. Un santo español convertido en fonema chino en un mapa asiático. En cuanto al fuerte de Tamsui, fue español, luego holandés, después imperial chino, más de un siglo consulado británico, luego japonés y hoy museo taiwanés. Seis banderas en un solo edificio.

Las migraciones chinas, que suelen contarse como una, fueron varias y mal avenidas. Quien expulsó a los holandeses en 1662 fue Koxinga, hijo de padre chino y madre japonesa, nacido en Japón, y hoy lo reivindican todos: Pekín como el héroe que echó a los colonialistas de Occidente, el Kuomintang como el leal a una dinastía caída que se refugió en la isla soñando con reconquistar el continente, Japón como hijo propio y el nacionalismo taiwanés como fundador del primer Estado de la isla. Un hombre, cuatro banderas. Después, los Qing gobernaron a regañadientes durante dos siglos, con prohibiciones de emigrar con familia y una frontera interior que separaba a los colonos de los indígenas, y no convirtieron Taiwán en provincia hasta 1887, ocho años antes de cederla.

Vinieron luego los cincuenta años japoneses, que dejaron ferrocarriles, hábitos y una nostalgia perseguida; y en 1949, un millón largo de refugiados del continente y cuarenta años de ley marcial dedicados a imponer el mandarín y a castigar a los niños que hablaban taiwanés en el patio. Ambos regímenes se propusieron sustituir la identidad de la isla. Ambos acabaron siendo un estrato más.

Lo interesante es lo que ha salido de ahí, y que se puede fechar con precisión. Cuando la Universidad Chengchi empezó a medirlo en 1992, un 25,5 % de los encuestados se declaraba chino, un 17,6 % taiwanés y casi la mitad, ambas cosas. Hoy alrededor de un 62 % se declara solo taiwanés, un 31 % ambas cosas y menos de un 3 % solo chino. La respuesta mayoritaria se ha invertido en una sola generación, y lo ha hecho en libertad. No es un pueblo redescubriendo su esencia: es un pueblo decidiendo qué quiere ser.

Se nota en todo. En la lengua, que pasó del castigo escolar a tener canales de televisión propios en taiwanés, hakka e idiomas indígenas. En la religión: Mazu, protectora de los navegantes, llegó en los barcos de los migrantes de Fujian y es hoy la deidad más popular de la isla, con una peregrinación anual de nueve días que moviliza a cientos de miles de personas. Y en la mesa, donde las capas se comen una detrás de otra: vino de mijo indígena, ostras hoklo, té molido hakka, tempura heredada de los japoneses con nombre taiwanizado y una sopa de fideos con ternera que pasa por plato tradicional chino y que en realidad inventaron, en el sur de la isla, unos veteranos llegados en 1949.

Nada de esto se sumó amablemente. Cada capa llegó dispuesta a borrar la anterior y ninguna lo consiguió del todo. Lo que el viajero encuentra hoy no es una mezcla sino un sedimento: estratos que no se disolvieron y que todavía se distinguen a simple vista. Taiwán tardó cuatro siglos en tener un nombre para todo eso. Lleva una sola generación usándolo.

A. Bermejo Vesga

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