Del 23 de marzo al 4 de abril de 2027 viajaremos a Taiwán con ONEIRA club de viajeros para descubrir una isla fascinante, donde los grandes templos, los paisajes de montaña, las tradiciones orientales y las ciudades más modernas conviven con una sociedad abierta y dinámica. Pero el Taiwán que hoy admiramos no surgió de manera sencilla: durante buena parte del siglo XX vivió bajo un régimen autoritario y una de las leyes marciales más prolongadas de la historia. Conocer este apasionante camino hacia la democracia nos ayudará a comprender mejor los lugares que visitaremos y el carácter de sus habitantes. Si quieres vivir con nosotros este gran viaje por una de las islas más sorprendentes de Asia, todavía estás a tiempo de solicitar información y reservar tu plaza. Hoy os contamos cómo Taiwán conquistó su libertad.
De la ley marcial a la democracia
«El momento más peligroso para un mal gobierno es generalmente aquel en que empieza a reformarse.» Alexis de Tocqueville.
Para entender lo que hoy es Taiwán conviene empezar medio siglo antes de Chiang Kai-shek. Entre 1895 y 1945 la isla fue colonia japonesa: una administración eficaz, que construyó ferrocarriles y escuelas, y que trató a los taiwaneses como súbditos de segunda. Cuando en 1945 Japón capitula y la isla pasa a la República de China, la población recibe a los nuevos administradores como liberadores. Tarda unos meses en comprender que ha cambiado de dueño, no de condición: llegan funcionarios que los miran con recelo por haber servido al enemigo, la corrupción se instala, la inflación devora los ahorros y los puestos de responsabilidad se reparten entre recién llegados.
El 28 de febrero de 1947, unos agentes golpean en una calle de Taipéi a una mujer que vende tabaco de contrabando. En cuestión de horas la isla entera está en la calle. La represión que llega desde el continente no es una carga indiscriminada, sino selectiva: se lleva por delante a la élite taiwanesa educada —médicos, abogados, profesores, notables locales—, es decir, a quienes podrían articular una alternativa. Las cifras todavía se discuten. El silencio que vino después duró cuarenta años.

El 19 de mayo de 1949 se declara la ley marcial. No se levantará hasta el 15 de julio de 1987: treinta y ocho años, una de las más largas de la historia mundial. A ese periodo lo llamaron el Terror Blanco, y conviene precisar su mecánica, porque no fue la del panóptico de Foucault. El panóptico supone una torre central desde la que alguien vigila, y su eficacia consiste en que el vigilado nunca sabe si en ese momento lo están mirando. En Taiwán la torre se repartió entre los vecinos: el sistema funcionaba por denuncia, y una carta anónima bastaba para arruinar una vida. El miedo resultante es distinto y más íntimo. No se teme al Estado: se teme a la mesa de al lado.
Los condenados iban a Isla Verde, un peñasco frente a la costa oriental convertido en cárcel política. Allí pasó casi nueve años el escritor Bo Yang. Su delito había sido traducir al chino una tira de Popeye en la que un padre y un hijo, náufragos en un islote, se proclamaban cada uno presidente. Se leyó como sátira de los Chiang.
Mientras tanto, en el centro de Taipéi envejecía la imagen más exacta de aquel sistema: el llamado parlamento de los diez mil años. Sus diputados habían sido elegidos en 1947 en las provincias del continente y conservaban el escaño porque no era posible convocar elecciones en circunscripciones que el gobierno ya no administraba. Durante cuatro décadas legislaron sobre Taiwán unos representantes de otro país, cada vez más ancianos, sin relevo posible. Difícil encontrar mejor imagen para un régimen incapaz de renovar su élite: una asamblea que no podía cambiar sin dejar de existir.
El 10 de diciembre de 1979, Día de los Derechos Humanos, una manifestación en Kaohsiung acaba en redada y consejo de guerra. Los procesados son la plana mayor de la oposición clandestina. Los defiende un grupo de abogados jóvenes y desconocidos.
Porque la grieta decisiva no se abrió en la calle, sino arriba. Chiang Ching-kuo, hijo y heredero, había dirigido durante años el aparato de seguridad: era el arquitecto del edificio represivo. Presidente desde 1978, fue él quien empezó a desmontarlo. En septiembre de 1986, cuando la oposición funda ilegalmente el Partido Democrático Progresista en un hotel de Taipéi, el gobierno conoce la sala, la hora y los nombres. No detiene a nadie. Al año siguiente levanta la ley marcial. Muere en enero de 1988.

La ciencia política ha dado nombre a este mecanismo. O’Donnell y Schmitter distinguieron entre duros y blandosdentro del propio régimen y sostuvieron que la mayoría de las transiciones no empiezan con una multitud, sino con esa fractura interna, en el momento en que una parte del poder calcula que reprimir sale más caro que ceder. Algo parecido ocurriría poco después en la Unión Soviética, donde también fue el heredero del sistema quien comenzó a desarmarlo, aunque allí el desenlace fue muy diferente.
Lo demás llegó deprisa. En 1990 los estudiantes acamparon a los pies del memorial de Chiang Kai-shek exigiendo elecciones reales. En 1991 se jubiló por fin al parlamento de 1947. En 1996 se celebraron las primeras presidenciales directas, mientras China lanzaba misiles de prueba sobre el estrecho. Y en el año 2000, el partido que había gobernado medio siglo perdió y entregó el poder sin un disparo. El nuevo presidente era uno de aquellos abogados anónimos que en 1979 habían defendido a los acusados de Kaohsiung; otro llegaría a primer ministro. Sin proponérselo, el régimen había fabricado a su élite sucesora en una sala de juicios.
Quien viaje hoy a Taiwán puede ir a ver cómo termina la historia. En Cihu, junto al mausoleo donde el cuerpo de Chiang Kai-shek sigue aguardando un traslado al continente que nunca llegó, hay un parque con más de cien estatuas suyas, retiradas de plazas, cuarteles y patios de colegio de toda la isla. Están de pie, sentadas, a caballo, en bronce y en mármol, todas él, reunidas entre los árboles. Nadie las destruyó. Se limitaron a bajarlas del pedestal y dejarlas ahí, en un jardín tranquilo, donde ya no presiden nada. Es una manera muy poco espectacular de cerrar cuarenta años, y probablemente la más taiwanesa: sin derribos, sin ajustes de cuentas, sin ruido. Solo un país que un día decidió que aquel señor ya no tenía por qué mirarlo desde arriba.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
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