Odilia de Alsacia, la santa ciega que todo lo vio
Odilia de Alsacia, la santa ciega que todo lo vio
Leyenda e historia de la patrona espiritual de la región
Cada septiembre, ONEIRA Club de Viajeros pone rumbo a una de las regiones más mágicas de Europa: Alsacia y la Selva Negra. Tierra de viñedos, pueblos de cuento y arquitectura de entramado, este rincón fronterizo entre Francia y Alemania conserva un alma profundamente espiritual, enraizada en siglos de historia, leyendas y devoción. Entre las figuras que más fuertemente encarnan el espíritu alsaciano se encuentra una santa que, a pesar de haber nacido ciega, llegó a ver con una claridad sobrenatural: Odilia de Alsacia, la patrona mística de la región. Sigue leyendo en nuestro Blog ONEIRA para conocerla mejor:
Odilia nació hacia el año 660 en el castillo de Hohenbourg, en el seno de una noble familia franca. Hija del duque Eticho de Alsacia, su ceguera fue considerada una desgracia, casi una maldición. Se dice que su padre, avergonzado por tener una hija sin vista, quiso repudiarla o incluso mandarla matar. Pero la madre, dispuesta a protegerla, la confió en secreto a un convento benedictino donde la pequeña fue criada con ternura y sabiduría.
La leyenda más difundida cuenta que, al cumplir 12 años, Odilia fue bautizada por san Erhard de Ratisbona, y en ese mismo instante recobró milagrosamente la vista. Este acto de revelación no solo transformó su destino, sino que la dotó de una percepción espiritual fuera de lo común. Desde entonces, su historia se tejió entre la realidad de su vida monástica y el halo milagroso que los siglos añadirían a su figura.
Su padre, finalmente conmovido, le cedió el castillo de Hohenbourg, que Odilia transformó en un monasterio consagrado a la oración y al cuidado de los más necesitados. Allí vivió como abadesa, guiando a una comunidad de mujeres y ejerciendo un liderazgo que combinaba firmeza, dulzura y visión profética. Su santidad, para muchos, consistió tanto en los milagros atribuidos a su intercesión como en la profundidad con la que supo acoger y consolar a los enfermos, a los marginados y a los pobres.

El monasterio de Hohenbourg se convirtió, con el tiempo, en el Mont Sainte-Odile, uno de los lugares de peregrinación más importantes de Alsacia. A más de 750 metros de altitud, dominando el valle del Rin, la montaña ofrece no solo vistas espectaculares sino también una energía espiritual inconfundible. En el corazón del santuario se guarda el relicario de santa Odilia, objeto de veneración para quienes buscan sanación, protección o claridad interior.
Algunos investigadores han relacionado la vida de Odilia con la persistencia de antiguos cultos celtas en la región, señalando que el monte en que se erigió el monasterio ya era un lugar sagrado mucho antes del cristianismo. No es casual que también allí se encuentre el misterioso “mur pagano”, una enigmática muralla de más de 10 kilómetros que rodea la cima de la montaña, cuya función y origen aún suscitan debate entre los arqueólogos.
Santa Odilia fue canonizada popularmente mucho antes de cualquier proceso oficial. Su culto se extendió por toda Alsacia y sigue vivo en las iglesias que llevan su nombre, en las fuentes milagrosas que brotan en la montaña, y en la devoción de los habitantes, que la invocan como protectora de la vista y guía de los caminantes.
Los peregrinos y viajeros ascienden el Mont Sainte-Odile, siguiendo los pasos de los peregrinos y soñadores que durante más de mil años han buscado en este lugar un refugio para el alma. En medio del silencio de los bosques, entre piedras cubiertas de musgo y ecos de antiguos rezos, se descubre que la historia de Odilia no solo es un relato de fe, sino también un canto al poder de la resiliencia y a la visión interior.
Una santa ciega que supo ver más que nadie: el símbolo perfecto de una tierra donde lo legendario y lo espiritual se funden con la belleza del paisaje. Alsacia nos espera con sus secretos, y Odilia será nuestra silenciosa anfitriona.
Alberto Bermejo
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Alsacia y Selva Negra en los relatos de Grimm
Cuentos, brujas y niños perdidos: Alsacia y Selva Negra en los relatos de los Grimm
Escenarios e inspiraciones en estas regiones de leyenda
En septiembre de 2025, ONEIRA club de viajeros pone rumbo a dos regiones de ensueño que parecen salidas de un cuento: Alsacia y la Selva Negra. Un viaje entre viñedos, castillos, pueblos encantadores… y leyendas que sobreviven al paso del tiempo. Aún quedan plazas disponibles para quienes deseen acompañarnos en esta travesía única por el corazón más mágico de Europa.
Cuando en el siglo XIX los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm comenzaron a recopilar los cuentos populares que más tarde conformarían su célebre colección Cuentos para la infancia y el hogar (1812-1815), pocas regiones de Europa ofrecían un imaginario tan fértil como el corazón de Alemania y sus áreas fronterizas con Francia. Entre esos territorios encantados, la Selva Negra (Schwarzwald) y Alsacia brillaban como un auténtico vivero de relatos de tradición oral: bosques profundos, aldeas de entramado de madera, castillos en ruinas y nieblas que escondían lo inexplicable. No es casual que aquí nacieran muchas de las imágenes más perdurables de los cuentos de hadas.
Los Grimm nunca afirmaron que todos sus relatos vinieran de un lugar concreto, pero estudios posteriores han identificado claramente motivos, personajes y escenarios inspirados en la cultura y el paisaje de estas tierras. La Selva Negra, con sus abetos centenarios, cuevas y cascadas, evoca el entorno perfecto de cuentos como Hansel y Gretel (Hänsel und Gretel) o Blancanieves (Schneewittchen). En ambos relatos, los niños se pierden en el bosque, símbolo de lo desconocido y de los miedos ancestrales de la infancia.
La historia de Hansel y Gretel tiene raíces muy profundas en la región. Las leyendas de la Selva Negra hablaban ya de brujas que habitaban en chozas escondidas en el bosque, algunas descritas como caníbales en las historias más antiguas. De hecho, el motivo de la casa de dulces podría provenir de tradiciones medievales en las que se usaban dulces para atraer a los niños a rituales prohibidos o a cultos paganos supervivientes en áreas rurales.

Por su parte, Alsacia, región de frontera y de riquísima tradición oral germano-francesa, también jugó su papel en el universo de los Grimm. En las aldeas alsacianas se contaban relatos sobre hadas vengativas, hombres lobo y espíritus de los bosques que han dejado su huella en versiones locales de cuentos como El lobo y los siete cabritillos o Caperucita Roja (Rotkäppchen), cuyo escenario original ha sido identificado por algunos folkloristas en la zona del Parque Natural Regional de los Vosgos del Norte, muy próximo a la Selva Negra.
Alsacia era, además, uno de los focos más activos de la llamada caza de brujas en los siglos XVI y XVII. Ciudades como Wissembourg, Saverne o Ribeauvillé vieron procesos judiciales célebres contra mujeres acusadas de hechicería. Este contexto pervivió en los cuentos como advertencias para los niños: las brujas que acechan en los caminos, las pociones envenenadas, los encantamientos de amor y odio... elementos que pueblan los relatos que los Grimm rescataron, muchas veces suavizando su brutalidad original para hacerlos más accesibles.
Por supuesto, los castillos y fortalezas que jalonan ambas regiones contribuyeron también a la iconografía del cuento de hadas. El castillo de Hohenzollern, en el borde sur de la Selva Negra, o los castillos de Alsacia como Haut-Koenigsbourg fueron y son inspiración visual para ilustradores y cineastas que han recreado la atmósfera de los cuentos de los Grimm. Los relatos de princesas cautivas, caballeros valientes o torres encantadas encuentran en estos paisajes su escenario natural.
Hoy, recorrer Alsacia y la Selva Negra es como adentrarse en las páginas de un antiguo libro de cuentos. Los bosques siguen respirando el misterio que fascinó a los Grimm; las aldeas mantienen su encanto suspendido en el tiempo. Y nuestros amigos viajeros de ONEIRA club de viajeros podrán sentir, en cada sendero bajo los árboles o en cada calle empedrada, que aún perviven las huellas de niños perdidos, brujas astutas y sueños de otro tiempo.
Daniel Bermejo
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Rutas del vino en Alsacia
Rutas del vino alsaciano: Riesling, Gewurztraminer y otros encantos blancos
En septiembre de 2025, ONEIRA club de viajeros recorrerá Alsacia y la Selva Negra en un viaje inolvidable entre viñedos, pueblos de cuento y tradiciones centenarias. Descubriremos los paisajes más bellos del este de Francia, saboreando algunos de los mejores vinos blancos de Europa. ¡Todavía hay plazas disponibles para acompañarnos en esta aventura sensorial! ¿Quieres conocer algo más sobre las rutas del vino en Alsacia? Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira
A los pies de los Vosgos y mirando al Rin, Alsacia ha cultivado durante siglos un perfil vinícola propio, afilado y aromático. Lejos del estilo expansivo de otras regiones vitivinícolas, aquí el vino se expresa con precisión, frescura y una fuerte impronta varietal. Alsacia es tierra de blancos, y no de cualquier blanco: algunos de los más longevos, perfumados y gastronómicos de Europa nacen aquí, en un mosaico de parcelas históricas y pueblos que conectan Estrasburgo con Mulhouse.
Las rutas del vino de Alsacia —la “Route des Vins d’Alsace”, señalizada oficialmente desde 1953— recorren más de 170 kilómetros desde Marlenheim hasta Thann. A lo largo de este eje serpenteante, se atraviesan cerca de 70 localidades vitivinícolas, muchas de ellas enclavadas entre colinas cubiertas de viñedos, con fachadas de entramado de madera y calles adoquinadas que parecen detenidas en el tiempo. Pasear por esta ruta es recorrer un paisaje casi teatral, donde los viñedos ondulan como alfombras verdes al pie de castillos en ruinas y campanarios que marcan el ritmo del día. Es un escenario donde la geografía se convierte en experiencia sensorial: cada curva ofrece una nueva postal, y cada parada una copa distinta.

La estrella indiscutible es el Riesling. No el riesling dulce que muchos asocian con Alemania, sino uno seco, tenso, de una mineralidad cortante y una acidez vertical. Cuando se cultiva en suelos de esquisto o granito, el resultado es un vino filoso, gastronómico, con potencial de guarda. Es un vino serio, que no busca seducir por lo obvio, sino convencer por acumulación, trago a trago.
Le sigue de cerca el Gewurztraminer, tal vez el más “alsaciano” en términos aromáticos. Es intenso, con notas florales y especiadas (no por casualidad la palabra “gewürz” significa “especiado” en alemán), y aunque puede tener algo de azúcar residual, su estructura le permite acompañar platos complejos, como quesos de pasta blanda o cocina asiática picante. Alsacia lo cultiva como nadie, sacando versiones que oscilan entre lo exuberante y lo elegante.
Junto a estas dos variedades emblemáticas, otras como el Muscat, el Sylvaner y el Pinot Blanc completan el repertorio local, cada una aportando matices distintos a la paleta de blancos alsacianos.
Más allá del vino en sí, lo que mantiene viva la identidad vitícola de Alsacia es el modo en que se celebra y se transmite. Las festividades de otoño, como las “fêtes des vendanges”, reúnen a productores, vecinos y visitantes en plazas decoradas, entre puestos de comida, catas abiertas y música tradicional. En Eguisheim, la Fête des Vignerons reúne a decenas de bodegueros con siglos de historia familiar, reforzando la continuidad entre generaciones.
La arquitectura de las bodegas también habla de esta conexión entre pasado y presente: muchas están ubicadas en casas del siglo XVII o XVIII, con toneles de roble tallados y patios interiores donde aún se pisa uva en vendimias festivas. Algunos productores mantienen técnicas centenarias —prensados lentos, fermentaciones espontáneas— mientras que otros han modernizado sin romper el vínculo con el paisaje y el legado.
Más que una ruta turística, el camino del vino alsaciano es una forma de entender el vínculo entre territorio, trabajo y tradición. Aquí el vino no se presenta como lujo, sino como herencia viva, capaz de condensar en una copa el carácter de un lugar y de una historia.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Argentina literaria
La Argentina literaria: Borges, Cortázar y la memoria urbana
En octubre de 2025, ONEIRA club de viajeros pone rumbo a Argentina, un país que no solo deslumbra por su geografía inmensa y su efervescencia cultural, sino también por su riquísimo legado literario. En este viaje en grupo, tendremos la oportunidad de caminar por las calles de Buenos Aires que inspiraron a Borges, de evocar los sueños y juegos de infancia de Cortázar, de descubrir los escenarios vivos que han nutrido a poetas y narradores del otro lado del Atlántico. Porque viajar a Argentina es también sumergirse en una patria de palabras, en una tierra donde la literatura se respira en cada esquina. Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
Argentina no solo se recorre con los pies, sino también con la imaginación. Sus ciudades, especialmente Buenos Aires, son escenarios vivos de una rica tradición literaria que ha marcado la identidad cultural del país. Caminar por sus calles es, en muchos sentidos, seguir los pasos de escritores como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, cuyas obras han sabido capturar la esencia de la vida urbana, sus laberintos, sus cafés y sus misterios.
Buenos Aires, ciudad literaria
La capital argentina respira literatura. Si alguna ciudad ha encumbrado el arte de escribir hasta lo más alto esa es Buenos Aires. En sus librerías, cafés y esquinas, resuenan los ecos de una época en la que las letras eran el corazón del debate intelectual y social del país. Borges, con su visión mítica de la ciudad, supo transformar barrios como Palermo en territorios de ensoñación con sus cuentos llenos de referencias a pasajes, bibliotecas infinitas, duelos en patios y callejones con nombre propio. Un paseo por la Plaza Serrano o por el Pasaje Borges es también un recorrido por los universos que imaginó el autor de El Aleph.
Cortázar, por su parte, convirtió la ciudad en un escenario de lo fantástico en el seno de lo cotidiano. En Rayuela, probablemente su obra más importante, Buenos Aires y París se entrelazaban, con la ciudad porteña como singular protagonista caracterizada para la inmortalidad con sus veredas, sus radios encendidas, sus juegos de azar y encuentros fortuitos. Caminar por la Avenida Rivadavia o visitar la esquina de Corrientes y Uruguay nos recuerda que la ciudad es también un tablero en el que se juega la literatura.
Memoria urbana y legado cultural
Pero Argentina no se ciñe simplemente a Borges y Cortázar, la memoria urbana argentina guarda las huellas de ilustres escritores como Roberto Arlt, Manuel Puig, Alfonsina Storni y tantos otros que reflejaron los dramas, las tensiones y los sueños de su tiempo. La literatura argentina no se limita a los grandes próceres de la historia literaria: está presente en los murales, en los grafitis, en los versos impresos en los vagones del subte y en las ferias de libros usados que se despliegan los fines de semana.

El barrio de San Telmo, con su aire bohemio, alberga cafés que fueron refugio de escritores, mientras que en la Biblioteca Nacional —que Borges dirigió— se respira un respeto solemne por el arte de escribir. Incluso el Cementerio de la Recoleta puede leerse como un texto: allí descansan figuras clave de la historia y la cultura argentina, y cada tumba parece narrar su propia novela.
Una invitación a leer caminando
Viajar por la Argentina literaria es una experiencia para los sentidos y para la mente. Es mirar con otros ojos una ciudad que ha sido descrita desde múltiples perspectivas, donde la ficción y la realidad se confunden, y donde la palabra escrita ha moldeado el paisaje urbano tanto como el cemento y el adoquín.
Para los amantes de la literatura, Argentina es mucho más que un destino turístico: es una biblioteca abierta, una historia viva, un país que se lee tanto como se recorre. Porque en sus calles, como en sus libros, siempre hay algo por descubrir.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
La música en la Selva Negra
La música del bosque: canciones tradicionales en la selva negra
El próximo septiembre de 2025, los amigos de ONEIRA club de viajeros recorreremos en grupo los bosques legendarios y las aldeas de cuento de Alsacia y la Selva Negra, un viaje que promete paisajes inolvidables, arquitectura encantadora y vivencias culturales profundas. Entre castillos, viñedos y relojes de cuco, nos adentraremos también en el alma musical de esta tierra: un eco de la naturaleza y del pasado que aún resuena en las canciones tradicionales que se han transmitido durante generaciones.
Y es que la Selva Negra no solo se camina, se escucha. En sus claros y senderos, en sus festivales rurales, en las posadas familiares o en las voces de coros campesinos, la música del bosque late como una melodía ancestral, un puente entre la tierra y el espíritu. Este artículo quiere ser una pequeña ventana a ese universo sonoro, donde la tradición oral, los cantos populares y la naturaleza dialogan en armonía. Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira
En el corazón de Baden-Wurtemberg, la Selva Negra se extiende como un tapiz denso de abetos y leyendas. No solo es uno de los paisajes naturales más icónicos de Alemania, sino también un reservorio cultural donde la música tradicional ha perdurado como un hilo vivo entre generaciones. En pueblos donde los relojes de cuco marcan aún el ritmo de la vida rural, la música sigue sonando no como pieza de museo, sino como parte esencial del día a día. En fiestas, procesiones, mercados o celebraciones de cosecha, la tradición sonora de la región cobra forma a través de instrumentos antiguos, cantos populares y danzas que narran una identidad colectiva.

Uno de los emblemas más característicos de esta tradición musical es el uso del Hackbrett, una especie de salterio de cuerdas percutidas que se ejecuta con pequeños mazos de madera. Su sonido metálico y rítmico se entrelaza con otros instrumentos como el violín, la flauta y sobre todo el Schalmei, una especie de chirimía de origen medieval que aún se escucha en festivales folclóricos del sur de Alemania. Pero si hay un instrumento que reina en la música tradicional de la Selva Negra, ese es sin duda el acordeón diatónico o Ziehharmonika, que llegó a principios del siglo XIX y rápidamente se convirtió en el alma sonora de las aldeas montañosas.
Las piezas más interpretadas son las Volkslieder, canciones populares de temática campesina, amorosa o humorística, que han sido transmitidas de forma oral durante generaciones. Muchas de estas canciones tienen orígenes medievales, y en ocasiones integran melodías pentatónicas propias de una tradición aún más antigua. Se cantan en dialecto suabo o alemánico, y constituyen pequeños fragmentos de memoria colectiva. La voz, en estos contextos, no busca el virtuosismo: lo importante es el ritmo compartido, el estribillo que todos conocen, la experiencia compartida de cantar juntos en una plaza, una taberna o en mitad de un campo en plena fiesta del vino nuevo.
Junto a la música, los bailes tradicionales completan el cuadro de una cultura festiva de raíz campesina. Destacan danzas circulares y de pareja, como el Schottisch, el Ländler o el Zwiefacher, que combinan pasos ágiles con giros marcados y que, más allá de su valor estético, funcionan como coreografías sociales. En muchas aldeas, los bailes son todavía enseñados a los niños como parte de su educación cultural, una forma de seguir arraigados a la historia del lugar.
El calendario festivo de la Selva Negra está lleno de oportunidades para presenciar esta tradición en acción. Destacan eventos como el Heimatfest en Villingen, o los festivales de trajes típicos (Trachtenfeste) en Gutach o Haslach, donde las agrupaciones de música folclórica —a menudo intergeneracionales— animan las calles con desfiles, conciertos al aire libre y bailes públicos. No se trata de espectáculos dirigidos únicamente al turista, sino de celebraciones locales donde el folclore está vivo, funcional, integrado en el ciclo de las estaciones y las cosechas.
La relación entre música y paisaje no es casual. En muchas de estas piezas resuenan los ritmos del trabajo en el campo, los silencios del bosque y los ecos de la montaña. La Selva Negra no es solo el fondo escénico: es también instrumento, caja de resonancia, inspiración. Escuchar una canción tradicional al atardecer, en medio de una aldea rodeada de pinos, es una experiencia que conecta lo sonoro con lo ancestral. Como si el bosque mismo —oscuro, profundo, protector— tuviera también algo que decir.
Hoy, en plena era digital, esta tradición musical se mantiene viva no solo en el ámbito rural, sino también gracias a asociaciones culturales, escuelas de música popular y nuevas generaciones que reinterpretan el legado folclórico sin romper su raíz. En la Selva Negra, la música sigue siendo un idioma del bosque: una forma de contar, de recordar y de celebrar lo que nunca se ha ido del todo
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Goethe en Estrasburgo: juventud, amor y revolución
Goethe en Estrasburgo: juventud, amor y revolución
En septiembre de 2025, ONEIRA Club de Viajeros pondrá rumbo a una de las regiones más fascinantes de Europa: Alsacia & Selva Negra. Un viaje entre dos mundos, donde la historia, la arquitectura y el alma germánica y francesa se entrelazan en cada rincón. Pasearemos por pueblos encantadores, exploraremos bosques legendarios y nos dejaremos seducir por ciudades vibrantes como Estrasburgo, una de las joyas de este itinerario.
Precisamente allí, en Estrasburgo, nos aguarda no solo su imponente catedral y sus canales de postal, sino también una huella literaria que merece especial atención. Porque en esta ciudad vivió, estudió y se transformó un joven llamado Johann Wolfgang von Goethe. En este artículo queremos invitarte a conocer esa etapa singular del genio alemán en la capital alsaciana. Una historia que hará que nuestro próximo paseo por sus calles tenga aún más sentido. Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
Durante las revoluciones liberales del siglo XIX que iniciaron el proceso de construcción de las identidades nacionales de los recién nacidos estados-nación modernos, estos escogieron a sus poetas como símbolos culturales por excelencia. En España, Miguel de Cervantes encarnó la visión del alma quijotesca. Inglaterra consagró a William Shakespeare, maestro absoluto del drama y el lenguaje. Alemania, en cambio, adoptó a Johann Wolfgang von Goethe como el rey de las letras, el genio total. Lo que distingue a Goethe de sus pares no es solo la envergadura y profundidad de su obra, sino su asombrosa versatilidad: dominó con igual maestría la poesía, la novela y el teatro, legando obras monumentales en cada uno de estos géneros que han quedado inscritas en la memoria universal.

Su fama, sin embargo, surgió de un modo tan singular como macabro. Con “Las penas del joven Werther”, Goethe conquistó Europa. La historia del joven enamorado hasta el delirio de una mujer inalcanzable, que termina suicidándose con una melancolía abrasadora, desató una fiebre literaria sin precedentes. Se vendían ediciones clandestinas, se vestía como Werther, se hablaba como Werther… y trágicamente, no pocos jóvenes, contagiados por la intensidad romántica de la obra, imitaron también el trágico final del joven Werther. Fueron los pasos iniciales de lo que más tarde se conocería como el Romanticismo, ese gran despertar sentimental de Europa que envolvió el continente en pasiones extremas, aventuras exóticas y almas atormentadas, algunas hasta la destrucción.
Pero antes de ser Goethe, el mito, fue Johann Wolfgang, un joven de apenas veinte años, inquieto, brillante y enamoradizo. Y fue en Estrasburgo, la capital alsaciana, donde se templó su espíritu y se forjaron las ideas que más tarde sacudirían el corazón cultural de Alemania.
Goethe llegó a Estrasburgo en 1770 para culminar sus estudios de Derecho. La ciudad era entonces una encrucijada entre el mundo germano y el francés, rica en contrastes culturales y políticos, rebosante de ideas ilustradas y agitaciones incipientes. Lejos del severo ambiente de Fráncfort, Estrasburgo le ofreció libertad, belleza y un universo intelectual efervescente. Fue allí donde conoció al filósofo Herder, quien lo introdujo en el estudio de Shakespeare y de la poesía popular alemana, lo que cambiaría para siempre su concepción del arte y la literatura.
Las calles empedradas de Estrasburgo fueron escenario de uno de los primeros grandes amores del joven poeta. En aquellos años Goethe se enamoró de Friederike Brion, la hija del pastor protestante de Sesenheim, un pueblo cercano. La joven fue la musa que el poeta necesitaba para imprimir ese fuego característico de muchas de sus primeras poesías, donde ya se percibe la intensidad de sentimiento que marcaría su obra posterior. El idilio terminó con tristeza —como muchos en la vida del poeta—, pero sembró una semilla poética que florecería en sus baladas y dramas.
La ciudad misma, con su impresionante catedral gótica, dejó una huella imborrable en el joven Goethe. Él la describió como un “gigante petrificado”, una estructura viva que parecía respirar eternidad. En su famosa obra “Poesía y verdad”, recuerda emocionado cómo trepó a la torre de la catedral, embriagado por una mezcla de vértigo y entusiasmo que sintetiza su relación con el conocimiento y lo sublime: siempre al borde del abismo, siempre sediento de altura.
En retrospectiva, muchos biógrafos encuentran en este periodo alsaciano el germen del “Fausto”, la gran obra de su vida. La ambición desmesurada del doctor Fausto, su ansia de saber y de sentirlo todo, ya habitaban al joven estudiante que paseaba por las calles de Estrasburgo, rodeado de nuevas ideas, de revoluciones latentes y de amores imposibles.
Estrasburgo, con sus canales tranquilos, sus tejados empinados y su mezcla de culturas, fue mucho más que una etapa académica para Goethe: fue el escenario iniciático de su juventud y su despertar artístico. En esa ciudad fronteriza, a caballo entre mundos e idiomas, comenzó a escribir no solo versos y cartas, sino también la historia de una revolución emocional y literaria que cambiaría el rostro de Europa.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
El Alma germánica de la Selva Negra
Los caminos del boque, el alma germánica de la Selva Negra
En septiembre, ONEIRA Club de Viajeros se adentra en el corazón de Europa para descubrir dos joyas hermanadas por la historia y el paisaje: Alsacia y la Selva Negra. Nuestro viaje en grupo nos llevará a recorrer pueblos de cuento, bosques míticos y rutas cargadas de simbolismo. Las plazas ya están disponibles para quienes quieran unirse a esta experiencia única, entre viñedos alsacianos y caminos del alma germánica. ¿Nos acompañas? Y para ir entrando en ambiente, te invitamos a sumergirte en el alma profunda de la Selva Negra, que inspiró a filósofos, mitos y leyendas. Sigue leyendo el artículo que nos ha preparado A. Bermejo Vesga
Heidegger entendía que el paisaje que rodea a un hombre acaba permeando inevitablemente en su pensamiento; que uno termina por echar raíces allí donde se trabaja, ríe, sufre y descansa. Por ello, el que fuese uno de los filósofos más importantes del siglo XX y al que Rudiger Safranski caracterizó como el maestro de Alemania, escogió, de entre todos los lugares donde poder meditar y escribir sus mayores obras, una cabaña absolutamente perdida en las profundidades de la Selva Negra, sencilla hasta para los estándares de los pastores locales. En este singular paraje, en una pobreza buscada lejos del bullicio urbano, encontró el pensador el abanico de símbolos que caracterizarían algunas de sus mejores obras.
Para Heidegger, la Selva Negra no era solo un lugar físico, sino una experiencia existencial, íntima en su mayor grado. En su ensayo “Los caminos del bosque” (Holzwege), el filósofo retoma una antigua palabra germánica que describe senderos que no llevan a ninguna parte… o a todos lados. Estos caminos son metáforas del pensamiento, de búsquedas que no prometen ni deben buscar un destino cierto pero que revelan, a cada paso, la esencia de un ser en permanente huida. La montaña, el bosque, el viento en los pinos: todos estos elementos se integran en su visión como formas de retorno al origen, a una existencia más auténtica.

Ese mismo bosque que inspiró a Heidegger es también cuna de un imaginario cultural antiguo y en ocasiones críptico, donde la tradición oral ha tejido durante siglos una red de símbolos, leyendas y ritos que en muchas ocasiones escapan a nuestro entendimiento. Entre todos ellos encontramos, por ejemplo, la figura del cazador, como parte central de la mitología de la región. Lejos de la imagen que podemos tener hoy en día de la figura casi deportiva de la caza, en este universo simbólico el cazador se constituye como una figura arquetípica cargada de ambigüedad, un hombre del bosque que se adentra en un paraje sacro, entre lo civilizado y lo salvaje, entre lo animal y lo divino. Entre las tradiciones paganas más antiguas ya olvidadas, los grandes animales que poblaban los bosques y montañas se confundían con figuras divinas superiores al hombre. En el terrible encuentro entre el hombre y la bestia, la divinidad accedía al sacrificio por el que el alimento se aseguraba en una suerte de ritual sacrificial en el que el momento de la digestión, cazador y presa se volvían uno.
Esta concepción, legada en misteriosos dibujos que emparentan con las primeras muestras de arte e imaginación humanas en las pinturas rupestres dio paso a la figura medieval del Jäger, vestido con su sombrero de plumas y su escopeta ancestral, protagonista en cuentos y baladas como guía, espectro o juez. En otras versiones del folclore, el cazador se convierte en el cazador salvaje (der Wilde Jäger), una figura espectral que atraviesa el cielo nocturno con su jauría, castigando a los arrogantes y protegiendo los misterios del bosque. Se le oye en las tormentas y en el ulular del viento: un recordatorio de que la naturaleza, aunque domesticada, nunca se deja poseer del todo.
Este tejido de mitos, figuras y símbolos ha servido como una forma si se quiere de resistencia cultural. En una Europa cada vez más homogeneizada, Baden-Wurtemberg conserva en sus aldeas, festividades y rituales un carácter que desafía la modernidad. Las mascaradas del carnaval (Fasnacht), con sus máscaras talladas a mano que evocan duendes y espíritus antiguos; los cantos en dialecto suabo; los oficios transmitidos de generación en generación… todo apunta a una cultura que, como el bosque, se regenera en lo profundo.
Si, como algunos escritores osados han intentado en el pasado, tratásemos de recopilar en un solo texto el universo simbólico de las diferentes culturas humanas encontraríamos una oposición universal repetida en muchas de ellas. El contraste entre el jardín y el bosque; la naturaleza atemperada, dominada y circundada por el hombre, frente a su esencia salvaje, misteriosa, llena de peligros, carente de líneas ni demarcaciones que representa el bosque. En los profundos paisajes de la Selva Negra, entre el acople sin fin de sonidos producidos por los animales, el viento y la vegetación y las sendas anárquicas sin destino, nació el espacio simbólico compuesto por silenciosos cazadores, animales-dioses y fuegos sagrados donde emergería la identidad Alemania
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Castillos de Alsacia, viñedos y secretos medievales
Castillos de Alsacia, guardianes de viñedos y secretos medievales
En septiembre, Oneira club de viajeros pone rumbo a una de las regiones más encantadoras de Europa: Alsacia & Selva Negra. Un viaje en grupo que combina naturaleza y patrimonio, pueblos de cuento y paisajes vitivinícolas, con ese sello cultural y viajero que distingue nuestras propuestas. Exploraremos castillos, aldeas floridas, museos insólitos y rincones con historia en esta travesía otoñal por dos mundos entrelazados. Todavía quedan plazas disponibles, así que si sueñas con descubrir estas tierras fronterizas cargadas de misterio y belleza, estás a tiempo de acompañarnos. En este excelente e inspirado artículo de Alberto B Vesga, te invitamos a adentrarte en uno de los grandes símbolos de esta región: sus castillos medievales, guardianes de viñedos, de historias de frontera y secretos que el tiempo aún susurra entre piedras antiguas… Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
Durante siglos, el territorio que fue en su día el sacro imperio romano germánico distó mucho de ser una entidad política unificada, sino más bien un mosaico inabarcable de pequeños reinos, principados, ciudades libres, obispados y ducados que compartían lengua y cultura, pero rara vez un destino común. Esta fragmentación política, que duraría hasta la unificación bajo el Segundo Reich en 1871, fue para muchos intelectuales tanto una maldición como una bendición. Mientras Francia o Inglaterra se consolidaban como potencias centralizadas, la llamada "Germania" permanecía dispersa, vulnerable… y profundamente fértil desde el punto de vista cultural.
Varios pensadores han sugerido que esta “enaneidad política”, como la llamaría el poeta Heinrich Heine, fue precisamente lo que encendió la chispa de una de las mayores ebulliciones culturales de Europa. De esa fragmentación centroeuropea surgieron filósofos como Kant, Hegel o Schopenhauer; poetas como Hölderlin y Rilke o músicos como Bach o Beethoven. La ausencia de una entidad política integradora, cuyo correlato más bello y significativo es la variedad y dispersión de las fortalezas de los nobles locales, se sublimó en un esplendor intelectual sin parangón. Y, como testigos de piedra de esta historia fragmentada, los castillos se alzaron sobre colinas y viñedos, poblando el horizonte alsaciano con su silueta de leyenda.

Este singular paisaje nos retrotrae al universo simbólico del mito de Sigfrido —inmortalizado en la gigantesca ópera de Wagner la Canción de los Nibelungos (Nibelungenlied)—, que encontró en las regiones del Rin y los Vosgos una sorprendente resonancia. La epopeya medieval, escrita en alto alemán medio, cuenta la historia del héroe Sigfrido, cazador de dragones y poseedor del tesoro de los Nibelungos, cuya historia de amor, traición y venganza dejó una huella imborrable en el imaginario cultural de Centroeuropa. Muchos estudiosos sitúan pasajes de esta saga en los márgenes del Rin y la región de los Vosgos, lo que vincula directamente a Alsacia con los escenarios de una de las gestas fundacionales de la identidad germánica. La figura del héroe invulnerable excepto por un pequeño punto en la espalda —bañado en la sangre del dragón— encarna de forma brillante una tensión trágica profundamente humana: la mezcla de fuerza y vulnerabilidad, gloria y destino. Y es precisamente en el entorno de castillos derruidos, cuevas ocultas y bosques espesos donde estas leyendas cobran vida, haciendo que el viajero no solo visite piedras antiguas, sino que camine por los mismos senderos donde la leyenda y la historia se entrelazan.
Entre los castillos más imponentes que podremos encontrar se sitúa el castillo de “Haut-Koenigsbourg”, incluido en nuestro programa de viaje, reconstruido por orden del káiser Guillermo II como símbolo de la restauración imperial alemana. Ubicado estratégicamente a más de 750 metros de altura, ofrece unas vistas formidables sobre la llanura del Rin y los viñedos de la región. Aunque su restauración es del siglo XX, el castillo conserva una atmósfera feudal, con salas de armas, torres almenadas y pasadizos que invitan a imaginar conspiraciones medievales y banquetes de época.
Otro castillo fascinante es el “Château de Fleckenstein”, más alejado de nuestra ruta, cerca de la frontera con Alemania. Excavado en parte en la roca, parece una prolongación natural del paisaje, como si hubiera brotado de la tierra junto a los pinos.
Estos castillos no son solo monumentos: son cápsulas del tiempo, guardianes de secretos, de alianzas olvidadas y traiciones veladas. Cada piedra, cada escudo tallado, cada torre derruida guarda el eco de generaciones que vivieron, amaron, lucharon y soñaron entre sus muros, en este paisaje imposible que nos ha legado la historia.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Viaje a Alsacia & Selva Negra, la Cultura de la Cerveza
Bierkultur: la cultura de la cerveza monástica en Alpirsbach
En septiembre de 2025, los amigos de ONEIRA Club de Viajeros nos embarcaremos en una nueva aventura al corazón de Europa: Alsacia & Selva Negra, una tierra de tradiciones, paisajes encantadores… ¡y buena cerveza! Este artículo que compartimos hoy es un brindis por esa cultura cervecera ancestral, enraizada especialmente en los monasterios del sur de Alemania, donde la Bierkultur ha florecido durante siglos. Os invitamos a sumergiros en esta historia apasionante que cobra vida en muchos de los lugares que recorreremos juntos, y a los que aún no os habéis apuntado… ¡estáis a tiempo de uniros a este viaje con sabor y carácter! Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira: https://oneira.es/cultura-cerveza/
La cerveza en Alemania no es solo una bebida: es un pilar cultural, una institución social, una metáfora líquida de la identidad nacional. Mientras el mundo asocia con entusiasmo la cerveza alemana al Oktoberfest —el colorido y bullicioso festival de Múnich donde la cerveza fluye en litros entre cánticos bávaros—, lo cierto es que la historia cervecera del país es mucho más profunda, diversa y compleja. La cerveza ha sido protagonista en los vasos, pero también en las ideas; ha acompañado brindis alegres y discusiones incendiarias, y ha sido testigo mudo de los ciclos de esperanza y oscuridad que marcaron el devenir alemán.
Las cervecerías, desde la Edad Media hasta el siglo XX, han sido mucho más que simples lugares para beber. Fueron auténticos foros de debate, tertulias improvisadas donde artistas, revolucionarios y obreros compartían jarras y utopías. En estos espacios —cálidos en invierno, bulliciosos en verano— se gestaron algunos de los movimientos intelectuales más audaces del siglo XIX. Pero también, en un giro irónico y siniestro de la historia, fueron escenario del nacimiento de uno de los movimientos más oscuros del siglo XX: el nacionalsocialismo. Fue en la cervecería Bürgerbräukeller, en Baviera, donde un joven y enrabietado Adolf Hitler convocó a sus seguidores, y donde en 1923 organizó el fallido “Putsch de Múnich”, un intento de golpe de Estado que lo llevaría a prisión y a escribir su infame “Mein Kampf". La historia de la cerveza alemana, como la del país mismo, está teñida de luces y sombras.
Pero retrocedamos aún más, a un tiempo anterior a las ideologías modernas y a los pistoleros advenidos políticos, a un tiempo de silenciosos claustros de piedra y rezos en latín. Porque si hoy Alemania es sinónimo de buena cerveza, se lo debe en gran parte a sus monasterios medievales. Durante siglos, fueron los monjes quienes perfeccionaron las técnicas de fermentación, seleccionaron las mejores cepas de levadura, y definieron los estilos que hoy siguen presentes en la cultura cervecera europea. En una época en la que el agua era frecuentemente insalubre, la cerveza era no solo segura de beber, sino una fuente de sustento.

El trabajo cervecero monástico no era únicamente un acto práctico, sino también espiritual. Se creía que el trabajo manual acercaba al monje a Dios, y la elaboración de cerveza, como la copia de manuscritos, formaba parte de ese ideal de disciplina y perfección. Monasterios como Andechs, Weltenburg, o Maulbronn en Baden-Württemberg, aún conservan esta tradición, produciendo cervezas con recetas que, en algunos casos, tienen más de 400 años de historia.
Estas cervezas monásticas eran ricas, nutritivas y de alta graduación alcohólica. Durante la Cuaresma, los monjes las consumían como “pan líquido” —flüssiges Brot— ya que, al estar en ayuno, necesitaban una fuente de energía que no violara las reglas religiosas. Las levaduras que empleaban, cuidadosamente conservadas, eran verdaderos patrimonios vivos, transmitidas de generación en generación como un legado biológico y cultural.
Hoy, los visitantes de la región alsaciana pueden recorrer rutas cerveceras que atraviesan abadías rodeadas de bosques, degustar cervezas trapenses, dobles o ahumadas, y descubrir un universo donde lo sagrado y lo sensorial se funden en un solo trago. Algunas cervecerías monásticas ofrecen hospedaje, comidas tradicionales y catas guiadas, convirtiendo la experiencia en una inmersión cultural y espiritual.
La Bierkultur alemana es, en definitiva, mucho más que espuma y cebada. Es una memoria líquida que fluye entre los siglos, fermentada por monjes, saboreada por pueblos enteros, y marcada tanto por el éxtasis del brindis como por la responsabilidad de recordar.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/
Alsacia: una región entre dos mundos
¿Te vienes con nosotros a descubrir Alsacia y la Selva Negra? Este septiembre de 2025, ONEIRA club de viajeros te propone un viaje fascinante por el corazón de Europa, entre viñedos, pueblos de cuento y paisajes que parecen salidos de una postal. Alsacia, tierra de encuentros y contrastes, nos seduce con su espíritu entre dos mundos: el encanto francés y la tradición germánica. Y al otro lado del Rin, la mítica Selva Negra nos envolverá con su naturaleza exuberante y sus leyendas. En este artículo que sigue, te contamos por qué Alsacia ha sido siempre una región tan codiciada, qué la hace única y qué maravillas nos esperan en nuestro recorrido. ¡Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira y déjate tentar por esta aventura que estamos preparando para ti!
Pocas regiones encarnan con tanta fuerza el drama y la belleza de Europa como Alsacia. Esta franja de tierra, situada entre el Rin y los Vosgos, ha sido durante siglos un cruce de caminos, un puente —o un campo de batalla— entre Francia y Alemania. Su historia no solo es un reflejo de tensiones geopolíticas, sino que en más de una ocasión ha sido su epicentro. En el libro “Los sonámbulos”, el historiador Christopher Clark narra con precisión quirúrgica cómo los líderes europeos de principios del siglo XX, cegados por intereses nacionales, orgullo y decisiones torpes, avanzaban como sonámbulos hacia el abismo de la Primera Guerra Mundial. En este relato lleno de ruido y furia que es nuestra historia, Alsacia aparece como una bella herida: codiciada, disputada, símbolo del honor perdido y, por ende, de la guerra inevitable.
La anexión de Alsacia y Lorena por parte del Segundo Imperio Alemán tras la guerra franco-prusiana de 1870 fue una humillación difícil de digerir para Francia. El joven imperio germánico, liderado por una Prusia orgullosa y militarista, apodada en otro libro de Clark como el reino de hierro, no solo derrotó a su enemigo histórico, sino que se llevó consigo una región que simbolizaba, para muchos franceses, una parte esencial del alma nacional. Desde entonces, Alsacia fue convertida en una suerte de vitrina de germanización, un escaparate donde Berlín quería demostrar la supremacía de su cultura y modelo político y con el que quería probar así su igualdad como imperio advenedizo frente a los vetustos regímenes de Francia, Inglaterra y Rusia. Lo que representaba de orgullo para el joven imperio, suponía una vergüenza difícil de olvidar para nuestros vecinos, un sentimiento como se sabe poderoso que demandaría en último término para su calma un serie de holocaustos como pocas veces más se han visto en la historia.
Alsacia, por tanto, no solo fue un territorio, sino un símbolo. En sus calles empedradas, en sus aldeas floridas y en sus viñedos acariciados por el sol, se libró una batalla silenciosa entre identidades. El conflicto entre germanidad y francofonía marcó a generaciones, dejó cicatrices en la arquitectura, en los apellidos, en las lenguas habladas en casa y en la memoria colectiva.
Sin embargo, de este dolor brotó también una esperanza. El reloj del mundo sobrepasó las terribles horas de la Segunda Guerra Mundial y sus horrores y con ello, otra historia dio comienzo. En esta enésima ocasión en la que los europeos sembramos de muertos el continente nos terminaron por convencer de que el continente no podía seguir desangrándose por Alsacia, ni por ninguna otra región. La reconciliación francoalemana, cimentada sobre los escombros de dos guerras mundiales, decenas de millones de muertos y un trauma colectivo, fue el germen de la Unión Europea. Y Alsacia, antaño campo de batalla, se convirtió en símbolo de unión. No es casual que Estrasburgo, su capital, sea hoy sede del Parlamento Europeo.

Dejando atrás la sombra de los cañones y los uniformes, Alsacia resplandece como un rincón de cuento. Pasear por Colmar es como adentrarse en una postal viva: fachadas de entramado de madera, canales serenos, flores por doquier. Estrasburgo, con su imponente catedral gótica y su casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad, vibra con una energía que es a la vez alemana y francesa, una mezcla de precisión y encanto.
Antaño anhelo de superpotencias, escenario de horas sombrías, hoy invita a recorrer paisajes ondulados cubiertos de viñedos, donde se producen algunos de los vinos blancos más finos de Europa, como el Riesling o el Gewürztraminer. Los pueblos vinícolas, como Riquewihr o Eguisheim, parecen suspendidos en el tiempo, felizmente ignorantes de las décadas pasadas, conservando una estética medieval y una hospitalidad que es tan cálida como sus colores otoñales.
Alsacia es todo eso: una región entre dos mundos, donde la historia más cruda convive con una belleza que desarma. Es el lugar donde Europa aprendió, con mucho dolor, que sus fronteras no deberían definirse por sangre ni orgullo, sino por puentes, castillos, vinos y palabras.
A. Bermejo Vesga
ONEIRA club de viajeros
info@oneira.es
Síguenos en nuestras Redes Sociales:
Facebook: https://www.facebook.com/Oneiraviajes/
Twitter: https://twitter.com/OneiraViajes
Instagram: https://www.instagram.com/oneiraviajes/










