Viaje a Malasia & Singapur: Arte y Murales en Penang
Si un caminante relatara un paseo por Penang, empezaría en Lebuh Armenian, donde una bicicleta real sostiene a dos niños pintados que parecen escaparse de la pared. A pocos pasos, un kopitiam —cafetería de herencia china y malaya— sirve kopi espeso y tostadas con kaya. El vapor de los fideos, la madera de las persianas y un farol rojo trazan el marco de una ciudad que trabaja con materiales sencillos y una cortesía aprendida en la calle.Penang funciona como bisagra entre mares y continentes: es un puerto que acoge, un mercado que reparte, un barrio que conversa. Las shophouses de dos o tres plantas se alinean con arcadas peatonales —los five-foot ways— y mezclan vivienda, taller y mostrador. Esa trama, hoy protegida, actúa como partitura. Penang, y otros lugares maravillosos como este, descubriremos en nuestro viaje a Malasia & Singapur de ONEIRA club de viajeros, que realizaremos en enero de 2026, ¿quieres conocerlo con nosotros? Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
En una esquina aparece la primera pieza de varilla de acero. No es un relieve clásico, sino un dibujo soldado que recorta figuras a tamaño real y las pega al muro como una viñeta. Forma parte de Marking George Town, un proyecto de señalización creativa que salpica el centro con caricaturas y rótulos breves. Cada escena cuenta una microhistoria del barrio —apodos, oficios, reglas no escritas— y deja el fondo a la fachada original.
El siguiente alto es un mural que juega con objetos reales. Una ventana, una silla, una moto aparcada. La pintura no pretende ser un lienzo autónomo; se engancha a la vida que ya ocupa la acera. El caminante lo entiende al vuelo. Arte sin solemnidad, de escala doméstica, que dignifica el gesto cotidiano: el limpiabotas paciente, la colada al viento, los niños que miran desde el bordillo.

Ese desbordamiento creativo se aceleró con el George Town Festival. Desde 2010, la ciudad se convierte cada año en una galería dispersa: instalaciones efímeras, teatro de calle, residencias abiertas y talleres con vecinos. El festival no inventó la energía local, pero le dio ritmo y visibilidad. Durante semanas, patios, escuelas y mercados cambian de uso. El público aprende a mirar su propio paisaje como soporte válido para el arte, y el arte aprende a negociar con horarios, sombras y tráfico.
El paseo dobla hacia Jalan Masjid Kapitan Keling. A un lado, la mezquita Kapitan Keling ordena su geometría. Enfrente, el templo de la Diosa de la Misericordia exhala incienso; unas manzanas más allá, el templo hindú Sri Mahamariamman tensa guirnaldas de flores. Dos varillas de acero, clavadas discretamente, perfilan a un vendedor de roti y a un platero con martillo. Un subtítulo ironiza con afecto. Murales y varillas no compiten con el culto: lo acompañan desde la medianera, como vecinos que se saludan a diario.
La ruta continúa hacia los clan jetties, muelles de madera levantados por antiguas comunidades chinas sobre pilotes. En Chew Jetty, pasarelas estrechas conducen a casas con altares y bicicletas. El mar trae sal, óxido y viento. Algunos murales sobreviven como sombras; otros se han desvanecido sin drama. La intemperie actúa como curador severo y recuerda que estamos en un puerto, no en una sala de clima controlado.

La fama, sin embargo, tiene reverso. El éxito de los murales atrajo cámaras, cafeterías nuevas y alojamientos de fin de semana. Los alquileres subieron; algunos oficios se desplazaron; aparecieron fachadas preparadas para el retrato. Gentrificación —encarecimiento y cambio social— es la palabra técnica. La ciudad responde con reglas: materiales permitidos para restaurar, carteles que enseñan a anclar sin dañar, licencias que equilibran ocio y descanso. A veces se retiran piezas que bloquean una ventana o saturan una esquina; otras se reubican para despejar una ruta vecinal.
El caminante regresa hacia el punto de partida por Lebuh Armenian. La bicicleta con los niños reaparece entre risas y cámaras, pero ya no parece postalesca. Es puerta de entrada a un sistema más amplio. Penang no vende un “distrito artístico” aislado; ofrece una ciudad que aprendió a usar el arte como explicador público. Lo hace con humor, con memoria y con la economía propia del puerto: aprovechar lo que hay, sumar capas sin borrar la base, medir los recursos.
Queda una idea de fondo. La bisagra que define a Penang —entre China, India y el mundo malayo; entre comercio y vecindad— se reconoce hoy en su capa creativa. Murales y varillas funcionan como manual de instrucciones de la ciudad, y el George Town Festival aporta la energía cíclica para reescribirlo cada año. Cuando la popularidad amenaza con expulsar a quienes sostienen el lugar, el debate se abre: horarios, usos mixtos, techos de alquiler, y horarios de silencio pactados.
El caminante cierra el día con tinta en la mirada. Ha comprobado que el puerto sigue siendo puerto y el mercado, mercado. El arte ocupa su sitio: incrustado en la vida cotidiana, atento a las sensibilidades del barrio, capaz de convertir una esquina en relato sin convertir la ciudad en decorado.
A. Bermejo Vesga
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Los mercados de Malasia
Los mercados de Malasia: el alma del día a día
Colores, olores y voces en los mercados tradicionales
En enero de 2026, ONEIRA club de viajeros emprenderá un fascinante viaje a Malasia & Singapur, un recorrido por dos mundos distintos que comparten una misma energía: la mezcla. En ningún otro lugar se percibe tan claramente esa diversidad como en los mercados tradicionales de Malasia, verdaderos escenarios donde late el alma del país.
Allí se cruzan culturas, religiones, sabores y lenguas. Los mercados no son solo lugares donde se compra y se vende; son el corazón vivo de cada comunidad, el punto donde los malayos, chinos e indios —los tres grandes pilares del mosaico malasio— se encuentran, negocian, ríen y comparten el pulso cotidiano de la vida.
En Kuala Lumpur, el Central Market conserva el encanto de la época colonial. Construido en 1888, este edificio art déco es hoy un emblema cultural donde el viajero puede adquirir batiks pintados a mano, piezas de artesanía o probar dulces tradicionales mientras escucha música local. A pocos pasos, el barrio de Chinatown vibra con sus puestos callejeros, los aromas del laksa y del char kway teow recién hecho, y los regateos amistosos que marcan el ritmo del día.
Más al norte, en la isla de Penang, los mercados son un espectáculo sensorial. En Chowrasta Market, uno de los más antiguos de George Town, se mezclan los perfumes del jengibre, el curry y el durián. Las voces resuenan entre montones de fruta tropical, telas coloridas y especias apiladas con precisión artesanal. Cada puesto parece una pequeña galería de colores y texturas.
En los pueblos del interior, la experiencia se vuelve aún más auténtica. Los mercados abren antes del amanecer, cuando los primeros rayos de sol doran las hojas de plátano que envuelven el nasi lemak, plato nacional de Malasia. Los campesinos llegan con sus productos frescos —plátanos, rambután, piñas, mangostanes— y el aire se impregna del humo de los pequeños braseros donde se asan brochetas de satay. La vida rural se muestra sin artificios: sencilla, laboriosa y hospitalaria.
El viajero que se adentra en un mercado malasio se enfrenta a una experiencia multisensorial. El sonido de las conversaciones en varios idiomas, el olor de las especias recién molidas, el tacto de las frutas exóticas o el brillo de los tejidos tradicionales transmiten una lección de diversidad. Aquí, la comida no es solo alimento: es cultura, es memoria compartida.
Y es que en Malasia la gastronomía es un lenguaje común que une a las comunidades. Cada plato cuenta una historia: la herencia china de los fideos, la influencia india en los curris, la raíz malaya en el uso del coco y las hojas de plátano. Probar un teh tarik (el té espumoso malayo) en un mercado local es sumergirse, por un instante, en la vida real del país.
Cuando nuestro grupo ONEIRA llegue a estos lugares vibrantes, comprenderemos que los mercados de Malasia son mucho más que espacios comerciales: son un espejo de su alma, donde tradición y modernidad conviven en perfecta armonía. Entre risas, aromas y gestos cotidianos, descubriremos la esencia de un país que, más allá de sus templos y rascacielos, sigue latiendo en los mismos puestos donde cada día se renueva el milagro de la vida.
Alberto Bermejo
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Viaje a Malasia: Penang y su legendario E&O
La huella británica en el Este: los hoteles coloniales de Penang
Relato y leyenda del Eastern & Oriental Hotel, espejo del esplendor del Imperio
En enero de 2026, ONEIRA club de viajeros recorrerá Malasia y Singapur, un viaje que combina modernidad, selvas ancestrales y la huella profunda del colonialismo europeo en Asia. Pocas ciudades resumen mejor esa mezcla que George Town, en la isla de Penang, donde el pasado británico se refleja aún en los ventanales de madera, los salones de té y los hoteles centenarios que miran al mar. Entre todos ellos, uno destaca por su historia y su magnetismo: el Eastern & Oriental Hotel, un auténtico icono del lujo colonial. Si no surge ninguna complicación de última hora, nuestros viajeros Oneira tendrán la oportunidad de pernoctar en este destacado hotel colonial, durante su estancia en Penang. ¿Quieres conocer más sobre él? Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
Un puerto de historias
Penang fue durante el siglo XIX una pieza clave del imperio británico en el Estrecho de Malaca, una ruta que conectaba el océano Índico con el Pacífico. Fundada en 1786 por el capitán Francis Light, George Town se convirtió pronto en un puerto próspero y cosmopolita. Comerciantes chinos, marineros árabes, funcionarios ingleses y exploradores se cruzaban aquí en una Babel tropical donde las fragancias de especias se mezclaban con el humo de los barcos de vapor.
En ese escenario de prosperidad y exotismo nació, en 1885, el Eastern & Oriental Hotel, obra de los hermanos Sarkies, empresarios armenios que también fundarían más tarde el Raffles de Singapur y el Strand de Rangún. El E&O, como lo llaman los locales, fue concebido como el gran refugio de la élite colonial, una parada obligada para los viajeros que surcaban el Imperio de Occidente a Oriente.

Ecos del Imperio
El edificio original, de estilo victoriano, aún conserva su esplendor. Techos altos, ventiladores de aspas, suelos de madera oscura y un vestíbulo donde el tiempo parece haberse detenido. Desde su terraza frente al mar se contempla el mismo horizonte que veían los oficiales británicos hace más de un siglo, cuando las fragatas descansaban en el puerto y el té se servía al atardecer con estricta puntualidad.
El E&O fue, durante décadas, un punto de encuentro de escritores, diplomáticos y aventureros. Entre sus huéspedes ilustres figuran Rudyard Kipling, Somerset Maugham o Douglas Fairbanks. En sus estancias se respiraba una atmósfera de novela: el ruido distante de las cigarras, el roce de las palmas, el rumor de conversaciones en inglés y malayo. Todo en él evocaba la elegancia de un mundo que desapareció con las guerras y el declive de los imperios, pero cuya memoria aún flota entre sus columnas.
Un símbolo renacido
El hotel ha sabido reinventarse sin perder su esencia. Tras varias restauraciones, mantiene ese aire de grandeza tranquila, con suites que conservan mobiliario de época, bibliotecas, galerías de fotos antiguas y un servicio que parece rendir homenaje a otra era. Hoy forma parte del patrimonio vivo de Penang y es, al mismo tiempo, un museo de la hospitalidad colonial y un refugio contemporáneo con vistas al estrecho.
George Town, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es el escenario perfecto para esta historia: una ciudad que combina arquitectura colonial, templos chinos, mezquitas y coloridas mansiones peranakan. Entre murales de arte urbano y calles repletas de vida, el E&O sigue recordando el tiempo en que el Imperio británico trazaba su mapa sobre los mares del Sudeste Asiático.

El alma de un tiempo
Visitar el Eastern & Oriental Hotel no es solo entrar en un edificio histórico; es viajar a un modo de entender el mundo. En sus galerías se percibe la tensión entre modernidad y memoria, entre la nostalgia de lo perdido y la fascinación por lo exótico que definió a toda una época.
Cuando el grupo de ONEIRA llegue a Penang, el atardecer teñirá de oro los tejados coloniales y el mar reflejará la luz de un pasado que aún resiste. Quizá, en ese instante, comprendamos por qué Kipling escribió que el Este “siempre guarda un misterio al que el viajero no deja de volver”.
Alberto Bermejo
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El Budismo en el Sudeste Asiático
La filosofía budista en el Sudeste Asiático
El budismo no es una doctrina prístina ni uniforme nacida directamente de Buda, sino una disciplina viva cuya fuerza reside en su capacidad de adaptación. En cada rincón del Sudeste Asiático ha dialogado con rituales locales, acompañado a comerciantes, bendecido reyes y modelado calendarios. En enero de 2026 viajamos a Malasia y Singapur con ONEIRA Club de Viajeros, y será una oportunidad única para descubrir de cerca esta sabiduría milenaria en contextos urbanos y tradicionales. Aún quedan plazas disponibles, y nos encantaría que te unieras a esta aventura cultural y espiritual. Más que un bloque cerrado, el budismo es una familia de prácticas que se mezclan con lo local sin perder su esqueleto moral propio.
Ese esqueleto lo trazan algunas nociones centrales. Interdependencia (pratītyasamutpāda), que significa que nada existe por sí mismo: todo surge en relación. Anatta, concepto que niega un “yo” fijo y sustancial; el individuo es un proceso cambiante. Dukkha, que nombra la experiencia de insatisfacción que atraviesa la vida cuando se aferra a lo que cambia. Anicca recuerda esa impermanencia universal. Upaya —“medios hábiles”— legitima adaptar la enseñanza al contexto para aliviar el sufrimiento. Con estas claves y un horizonte místico de liberación —el nirvana como cese del apego—, el budismo echó raíces muy diversas por el Sudeste Asiático.

El Theravada (“doctrina de los antiguos”) se apoya en el canon pali y una vida monástica exigente. Predomina en Tailandia, Myanmar, Laos y Camboya, con lazos antiguos con Sri Lanka. La práctica cotidiana combina la meditación con el hacer mérito (dāna y buenas obras) para apoyar a la sangha —comunidad monástica— y cultivar virtud. La sociedad organiza su calendario alrededor de ordenaciones, ofrendas y ceremonias de paso.
El Mahayana (“gran vehículo”) pone el foco en el ideal del bodhisattva, que renuncia a la liberación final para ayudar a todos. En el Sudeste Asiático enraíza sobre todo en Vietnam, donde convive con influencias confucianas y taoístas, y en las comunidades chinas de Singapur, Malasia e Indonesia. Templos dedicados a Guanyin (Kuan Yin) y a otros bodhisattvas comparten espacio con altares ancestrales y asociaciones de clan. Es un budismo de ciudad: procesiones, bibliotecas, clínicas de caridad y escuelas, con liturgias que alternan cantos en chino, vietnamita y sánscrito.
La región conoció épocas de esplendor budista antes de su mapa actual. En Java (siglos VIII–IX), la dinastía Sailendra levantó Borobudur, mandala de piedra con relieves didácticos que aún guía peregrinaciones. En el Imperio jemer, la corte basculó entre hinduismo y budismo mahayana hasta que el Theravada se asentó de forma estable. Muchas capitales reales del continente combinaron astrología, ritual brahmánico y ética budista para legitimar al soberano como dhammarāja —rey que gobierna según el Dharma—. La modernidad no borró esas capas: las capitales actuales siguen invocando bendiciones monásticas para inaugurar hospitales o puentes, mientras universidades y centros de meditación renuevan la práctica contemplativa.

El budismo ha aprendido a convivir con vecinos exigentes. En Tailandia y Camboya, comparte calle con minorías musulmanas y cristianas; en Myanmar, esa convivencia se ve tensionada por nacionalismos que no hablan por toda la tradición. En Singapur y Malasia, convive con islam, hinduismo y taoísmo en barrios donde un templo, una mezquita y una iglesia se ven desde la misma esquina. La clave está en distinguir niveles: la filosofía propone un trabajo interior —atención, compasión, desapego—; el ritual ordena festividades; la vida civil fija reglas comunes. Cuando esa distinción se respeta, la convivencia fluye.
La interdependencia sugiere que nadie se salva solo; cuidar al otro es cuidarse. Upaya invita a escoger formas que funcionen aquí y ahora, sin fetichizar el medio. Desde su semilla, el budismo traía una predisposición a integrarse pacíficamente con otras prácticas religiosas y con un marco civil compartido. Por eso pudo coronar reyes y consolar campesinos, inspirar reformas educativas y bendecir mercados. No hay pureza perdida que recuperar, sino una conversación antigua que sigue produciendo sentido. En el Sudeste Asiático, esa conversación se oye en el golpe de un gong, en un aula silenciosa y en un muelle donde un pequeño altar vela la salida de los barcos.
A. Bermejo Vesga
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Cameron Highlands: legado colonial y aroma a té
Cameron Highlands: frescor y plantaciones de té. Historias de colonos británicos y encanto tropical
Cameron Highlands nos ofrece un respiro: aire fresco, colinas infinitas teñidas de verde y el aroma envolvente del té recién cosechado. Estas montañas fueron el refugio predilecto de los colonos británicos que buscaban alivio frente al calor tropical, y aún conservan un aire de otra época, entre casas de estilo inglés, jardines floridos y antiguas plantaciones que parecen suspendidas en el tiempo. Pasear por sus caminos o disfrutar un high tea al atardecer se convierte en una experiencia deliciosa, una pausa elegante en medio del viaje por el corazón de Malasia.
En nuestro viaje en grupo de enero 2026 con ONEIRA Club de Viajeros, recorreremos también estas tierras de niebla y frescor, descubriendo sus paisajes ondulantes, sus aldeas coloniales y el encanto silencioso de un rincón que combina historia, naturaleza y el inconfundible sabor del té malayo. Conoce más, continuando en nuestro Blog Oneira:
Situado a unos 1.500 metros de altitud, este enclave montañoso fue descubierto a finales del siglo XIX por el topógrafo británico William Cameron, de quien toma el nombre. Desde entonces, Cameron Highlands se convirtió en un refugio de clima templado para los colonos británicos, cansados del calor tropical de las tierras bajas. Hoy en día, conserva ese aire nostálgico de estación de montaña, con casas de estilo Tudor, jardines de rosas y el célebre Smokehouse, donde el “afternoon tea” se disfruta como en la Inglaterra victoriana, pero rodeado de selva tropical.
El gran protagonista de Cameron Highlands es el té. Sus colinas se despliegan en un tapiz de color esmeralda, con hileras perfectamente alineadas que forman paisajes hipnóticos. Visitaremos plantaciones como la de BOH Tea Estate, fundada en 1929, que hoy es la más grande de Malasia. Allí se puede aprender sobre el proceso de cultivo y producción, desde la recolección manual de las hojas hasta su secado y envasado, antes de degustar una taza con vistas panorámicas.

Pero Cameron Highlands también es famoso por sus fresas. Gracias al clima fresco, numerosas granjas permiten a los visitantes recogerlas directamente de la planta, una experiencia sencilla pero encantadora. Además, se producen mermeladas, tartas y helados de fresa que se han convertido en símbolo local.
Más allá de las plantaciones, la región alberga joyas naturales como el Bosque Musgoso (Mossy Forest), un ecosistema único donde el aire está impregnado de humedad, los árboles cubiertos de musgo parecen sacados de un cuento y la niebla envuelve cada rincón. Pasear por este entorno es como adentrarse en un escenario mágico donde el tiempo parece haberse detenido.
Los jardines de mariposas, colmenas de abejas y viveros de flores completan la experiencia, mostrando la riqueza agrícola y biológica de la región.
Cameron Highlands no es solo naturaleza: también es historia. Su legado colonial se percibe en la arquitectura, en el ritual del té y en la organización de la vida cotidiana. Es un lugar donde Malasia se muestra diferente, fusionando su riqueza tropical con una herencia europea que ha dejado huella.
Para los viajeros de ONEIRA, esta etapa es un alto en el camino, una oportunidad de respirar aire fresco, caminar entre colinas de té, probar fresas recién recogidas y dejarse seducir por el encanto de la montaña tropical. Un destino que combina descanso, belleza y cultura, en el corazón verde de Malasia.
Daniel Bermejo
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Taman Negara: la selva más antigua del planeta en nuestro viaje a Malasia & Singapur
Taman Negara, el corazón verde de Malasia. Una inmersión en la selva más antigua del planeta
Viajar a Malasia con ONEIRA club de viajeros significa adentrarse en un mundo de contrastes. Uno de los más impactantes es sin duda el Parque Nacional Taman Negara, la selva tropical más antigua del planeta. Con más de 130 millones de años de historia viva, este santuario natural no solo es un espacio protegido, sino también un reflejo de la fuerza de la vida en estado puro. En nuestro viaje de enero 2026 a Malasia & Singapur, con plazas disponibles, recorreremos este pulmón verde del Sudeste Asiático y descubriremos además la riqueza cultural de Kuala Lumpur, la espiritualidad de templos y comunidades locales, y la modernidad vibrante de Singapur, la ciudad del futuro.
Taman Negara se extiende a lo largo de 4.343 km² en el centro de Malasia peninsular, cubriendo territorios de tres estados: Pahang, Kelantan y Terengganu. Es el hogar de una biodiversidad incomparable: más de 10.000 especies de plantas, cientos de mamíferos y aves, y un sinfín de insectos y reptiles. Entre los animales más emblemáticos se encuentran el elefante asiático, el tigre de Malasia, el tapir malayo y aves como el cálao rinoceronte, con su pico curvado y colorido. La densidad del bosque hace que no siempre sea fácil ver a estos animales, pero la sensación de caminar entre los mismos árboles que ellos habitan es, por sí sola, inolvidable.
Nuestra inmersión en Taman Negara comienza con un viaje por el río Tembeling, navegando en canoas tradicionales que marcan la transición entre el mundo moderno y el universo verde de la selva. Desde allí, los viajeros de ONEIRA se adentran en rutas de trekking que revelan un paisaje de árboles gigantescos, lianas interminables y sonidos que parecen orquestados por la propia naturaleza.

Uno de los momentos más esperados es el Canopy Walkway (actualmente en fase de apertura) una pasarela suspendida a más de 40 metros de altura, que permite caminar literalmente entre las copas de los árboles. Desde allí, la selva se presenta como un océano verde sin límites, una perspectiva que deja sin aliento.
La aventura continúa con una excursión en barca hasta Lata Berkoh, un paraje fluvial de aguas cristalinas y rápidos ligeros, perfecto para refrescarse. También se visita el Kelah Sanctuary, un centro dedicado a la conservación del pez mahseer, especie local muy apreciada.
Y al caer la noche, una caminata guiada por la selva revela otro universo: insectos fosforescentes, ranas cantoras, y con suerte, algún mamífero nocturno. El silencio se llena de vida, y los viajeros perciben cómo el bosque se transforma en cada instante.
Más allá de la aventura, Taman Negara invita a una reflexión profunda sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. En la selva, cada respiración se siente más pura, cada paso nos conecta con una vida ancestral que nos precede en millones de años.
El encuentro con las comunidades Orang Asli, los pueblos originarios de la zona, añade otra dimensión a la experiencia. Ellos mantienen un vínculo espiritual con el bosque, del que obtienen alimento, medicina y sentido de pertenencia. Sus historias y prácticas tradicionales son una lección de sostenibilidad y respeto hacia el entorno.
En ONEIRA, consideramos Taman Negara como una experiencia de renovación interior, un recordatorio de que somos parte de un ecosistema mucho mayor. No es solo un parque nacional: es una catedral verde donde la naturaleza se convierte en espiritualidad.
Daniel Bermejo
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Viajar a Malasia y Singapur: claves para entender el budismo en Asia
La filosofía budista en el sudeste asiático
El budismo no es una doctrina prístina ni uniforme nacida directamente de Buda, sino una disciplina viva cuya fuerza reside en su capacidad de adaptación. En cada rincón del Sudeste Asiático ha dialogado con rituales locales, acompañado a comerciantes, bendecido reyes y modelado calendarios. En enero de 2026 viajamos a Malasia y Singapur con ONEIRA Club de Viajeros, y será una oportunidad única para descubrir de cerca esta sabiduría milenaria en contextos urbanos y tradicionales. Aún quedan plazas disponibles, y nos encantaría que te unieras a esta aventura cultural y espiritual. Más que un bloque cerrado, el budismo es una familia de prácticas que se mezclan con lo local sin perder su esqueleto moral propio.
Ese esqueleto lo trazan algunas nociones centrales. Interdependencia (pratītyasamutpāda), que significa que nada existe por sí mismo: todo surge en relación. Anatta, concepto que niega un “yo” fijo y sustancial; el individuo es un proceso cambiante. Dukkha, que nombra la experiencia de insatisfacción que atraviesa la vida cuando se aferra a lo que cambia. Anicca recuerda esa impermanencia universal. Upaya —“medios hábiles”— legitima adaptar la enseñanza al contexto para aliviar el sufrimiento. Con estas claves y un horizonte místico de liberación —el nirvana como cese del apego—, el budismo echó raíces muy diversas por el Sudeste Asiático.
Theravada: monacato, mérito y lengua pali
El Theravada (“doctrina de los antiguos”) se apoya en el canon pali y una vida monástica exigente. Predomina en Tailandia, Myanmar, Laos y Camboya, con lazos antiguos con Sri Lanka. La práctica cotidiana combina la meditación con el hacer mérito (dāna y buenas obras) para apoyar a la sangha —comunidad monástica— y cultivar virtud. La sociedad organiza su calendario alrededor de ordenaciones, ofrendas y ceremonias de paso. Sobre ese tronco crecen injertos locales: culto a espíritus tutelares (phi en Tailandia, nats en Myanmar) y ritos brahmánicos de corte que coronan a los reyes o bendicen infraestructuras.
Mahayana y diásporas: compasión en clave urbana
El Mahayana (“gran vehículo”) pone el foco en el ideal del bodhisattva, que renuncia a la liberación final para ayudar a todos. En el Sudeste Asiático enraíza sobre todo en Vietnam, donde convive con influencias confucianas y taoístas, y en las comunidades chinas de Singapur, Malasia e Indonesia. Templos dedicados a Guanyin (Kuan Yin) y a otros bodhisattvas comparten espacio con altares ancestrales y asociaciones de clan. Es un budismo de ciudad: procesiones, bibliotecas, clínicas de caridad y escuelas, con liturgias que alternan cantos en chino, vietnamita y sánscrito. La idea de upaya legitima esa flexibilidad: se eligen formas que enseñan mejor allí donde se vive.

Huellas antiguas y modernidad tropical
La región conoció épocas de esplendor budista antes de su mapa actual. En Java (siglos VIII–IX), la dinastía Sailendra levantó Borobudur, mandala de piedra con relieves didácticos que aún guía peregrinaciones. En el Imperio jemer, la corte basculó entre hinduismo y budismo mahayana hasta que el Theravada se asentó de forma estable.
Muchas capitales reales del continente combinaron astrología, ritual brahmánico y ética budista para legitimar al soberano como dhammarāja —rey que gobierna según el Dharma—. La modernidad no borró esas capas: las capitales actuales siguen invocando bendiciones monásticas para inaugurar hospitales o puentes, mientras universidades y centros de meditación renuevan la práctica contemplativa.
Una ética para sociedades plurales
El budismo ha aprendido a convivir con vecinos exigentes. En Tailandia y Camboya, comparte calle con minorías musulmanas y cristianas; en Myanmar, esa convivencia se ve tensionada por nacionalismos que no hablan por toda la tradición. En Singapur y Malasia, convive con islam, hinduismo y taoísmo en barrios donde un templo, una mezquita y una iglesia se ven desde la misma esquina. La clave está en distinguir niveles: la filosofía propone un trabajo interior —atención, compasión, desapego—; el ritual ordena festividades; la vida civil fija reglas comunes. Cuando esa distinción se respeta, la convivencia fluye.
Semillas de convivencia
La interdependencia sugiere que nadie se salva solo; cuidar al otro es cuidarse. Upaya invita a escoger formas que funcionen aquí y ahora, sin fetichizar el medio. Desde su semilla, el budismo traía una predisposición a integrarse pacíficamente con otras prácticas religiosas y con un marco civil compartido. Por eso pudo coronar reyes y consolar campesinos, inspirar reformas educativas y bendecir mercados. No hay pureza perdida que recuperar, sino una conversación antigua que sigue produciendo sentido. En el Sudeste Asiático, esa conversación se oye en el golpe de un gong, en un aula silenciosa y en un muelle donde un pequeño altar vela la salida de los barcos.
A. Bermejo Vesga
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Malasia indígena: los orang asli y la sabiduría del bosque
El pueblo orang asli, guardianes de la selva
Amanece en la ribera del Tembeling y huele a hoja húmeda y resina. Una familia batek recoge el abrigo de ramas que levantó anoche; una cesta de rotén recibe miel, tubérculos y dardos. No hay prisa, pero sí ritmo. Es la vida de uno de los pueblos orang asli —comunidades originarias de la península malaya— que mantiene en la selva su casa, su calendario y su norma. En nuestro viaje a Malasia y Singapur (enero 2026) con ONEIRA Club de Viajeros, descubriremos esta conexión ancestral con la naturaleza recorriendo el mítico Parque Nacional Taman Negara. Quedan plazas disponibles para quienes quieran vivir una aventura auténtica, entre selvas, culturas vivas y ciudades futuristas. Batek significa moverse sin romper: una ética que cabe en una mochila liviana. Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira
El bosque como constitución
Para los batek, el bosque es una institución completa. Distribuye derechos —quién aprovecha una colmena y cuándo— y marca tabúes. Sostiene la justicia con mecanismos visibles: se habla en público, se explica y se corrige. Si alguien insiste en acaparar, el grupo le retira apoyo y compañía durante un tiempo. No hay policía ni jefes. Opera una vigilancia mutua que descansa en la convicción de que el monte tiene entidad propia. Animales, ríos y árboles exigen un trato respetuoso. La ley se renueva con cada estación, marcando el momento de levantar el hogar y cambiar de vida.
El nomadismo no es fuga: es gestión. Un campamento batek se levanta con ramas, hojas y lianas, y se desmonta sin herir el terreno. En el equipaje entran esteras, ollas ligeras, palos cavadores y la cerbatana de bambú; todo sustituible, todo pensado para días o semanas. Cuando los frutos merman o las huellas de caza escasean, se cambia de cuenca. La movilidad reparte la presión sobre el entorno y evita que el “tener” se vuelva dominio. Como un péndulo, el movimiento mantiene abierto el bosque.
La política cotidiana replica esa ligereza. No hay jefes con poder coercitivo, porque el que manda pierde prestigio. La decisión surge de conversaciones prolongadas y del acuerdo posible; la broma y el silencio son frenos eficaces al abuso. La economía es de retorno inmediato: se come, se comparte, se intercambia pronto. Acumular genera sospecha; compartir trae reconocimiento sin crear deudores fijos. El resultado es un igualitarismo práctico, vigilado por todos, que no cabe en un edicto, pero sí en el día a día.
Antropólogos en busca de respuestas
Cuando los grandes capos de la antropología del siglo XX buscaron entender al ser humano original sin la gruesa capa de la civilización, volvió la vista a modos de vida como el batek. La cuestión no era romantizar, sino observar: ¿cómo vivían? ¿siempre fue normal la propiedad, la autoridad y la desigualdad? ¿qué prácticas impiden que el poder se asiente? La respuesta está en la tríada que vemos en el bosque: movilidad que disuelve jerarquías, consumo presente que frena la acumulación, y control social del exceso. Esa mirada al pasado más remoto, nacida al calor de campamentos y riberas, iluminó el espejo donde comparar la fábrica y la selva.

El árbol upas
Y, sin embargo, pocos desearían hoy la vida en la selva. Lluvias súbitas, mosquitos, enfermedades y presiones externas hacen el día a día de lo más exigente. En ese marco tomó forma una leyenda que fascinó a Europa: el «árbol upas», capaz —según relatos— de matar a distancia a quien se acercara, un árbol rodeado de cadáveres, mortal de necesidad; aunque el mito exageraba un hecho más cotidiano. El upas en realidad es el Antiaris toxicaria. Y lo que es mortal, tras tratamiento, es su látex, el ipoh, recogido tras sangrar la corteza con cortes finos. Los batek luego lo cuecen hasta espesarlo y, a veces, se mezcla con otros jugos que estabilizan su efecto.
Con ese veneno preparan dardos para el sumpit, su famosa cerbatana.
Si el proceso anterior no era lo suficientemente llamativo, aquí se encuentra la maravilla técnica: un tubo de bambú pulido y recto con precisión; dardos de palma con un pequeño copo de kapok que sella el aire; una embocadura ajustada a la fuerza del soplo. Nada más, y basta. El resultado es balística silenciosa y fiable, ligera y reparable en el propio bosque, peligrosa solo donde se busca: en la punta. El ipoh no toca la comida ni las heridas. El venado se limpia con cuidado y la pieza entra al fuego sin rastro de toxina. Un arma perfecta acorde a las leyes de la selva.
El orden del bosque
El orden del bosque tiene voz ritual. El chamán —halak— figura clave en la tribu, media con potencias que habitan ríos, montes y nubes. Entre todas ellas destaca el dios del trueno, Gobar, que no es capricho sino vigilancia: la tormenta corrige los excesos humanos. Los halak reciben cantos en sueños; en trance, “caminan” por la selva para enfriar conflictos o pedir fruta. La cura más eficaz es a menudo un relato que recoloca a cada cual en la trama común. La cosmología no está “allá arriba”: está en el sendero.
Por eso el bosque actúa como constitución y es una prolongación íntima del corazón de los pueblos orang asli. El que encuentra miel reparte; quien no respeta tabúes queda a la intemperie social. No hacen falta códigos escritos: bastan historias donde espíritus y animales premian el cuidado y castigan la desmesura. Esa justicia de estación preserva corredores vivos y equilibra el acceso a recursos. Es también una pedagogía de la medida, aprendida al calor del fuego, con nombres de árboles y ríos que son, en sí mismos, artículos de ley.
A. Bermejo Vesga
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Singapur: Confucio bajo los rascacielos
El “espíritu confuciano” no es una religión institucional con dogmas y sacramentos, sino una gramática moral que ordena jerarquías, afectos y responsabilidades. Sus principios —meritocracia y examen, piedad filial, ritual (li), benevolencia (ren) y el ideal del junzi— se manifiestan hoy en la vida ordinaria de Singapur con una curiosa modernidad, en diálogo con el pragmatismo de herencia británica, el capitalismo global y una pluralidad étnica que incluye chinos, malayos e indios. Este fascinante tejido de hábitos, leyes y expectativas en continua negociación podremos explorarlo en nuestro viaje de grupo a Malasia & Singapur en enero de 2026. Ya puedes reservar tu plaza y venir con nosotros a descubrir los contrastes de esta ciudad-Estado singular, donde Confucio aún susurra entre rascacielos futuristas y templos centenarios. Entretanto, te invito a que leas un poco más sobre el aspecto confuciano de Singapur. Sigue leyendo en nuestro Blog Oneira:
Meritocracia y examen: virtud con boletín de notas
Confucio defendía el gobierno de los capaces, no de los linajes. Ese ideal alimentó los antiguos exámenes imperiales y, en clave moderna, inspira la meritocracia singapurense. La escuela pública es rigurosa; evaluaciones nacionales deciden accesos a itinerarios y universidades. Padres y alumnos encadenan academias vespertinas y tutorías. La palabra local kiasu —miedo a quedarse atrás— resume la presión. Hay beneficios evidentes: movilidad social, cuadros técnicos competentes, confianza en que el esfuerzo cuenta. También hay costes: ansiedad, desigualdades reforzadas por el capital cultural de partida y una infancia absorbida por la agenda del rendimiento.
Piedad filial: el deber que vuelve a casa
La piedad filial (xiao) ordena el respeto y cuidado de los mayores. En Singapur, el principio toma forma legal con la Maintenance of Parents Act (1995), que permite a los ancianos reclamar una pensión a hijos adultos ante un tribunal especializado. Más allá de la ley, la norma social pesa: visitas semanales, manutención compartida, decisiones médicas consultadas con la familia extensa. El reverso aparece cuando la longevidad y la doble jornada —laboral y de cuidados— cargan a la generación intermedia, a menudo a las mujeres. Surgen nuevas prácticas: reparto de tareas entre hermanos, contratos de cuidados, ahorro temprano para la vejez. El principio permanece, pero se adapta a hogares pequeños y ritmos urbanos exigentes.

Ritual (li): la forma que civiliza el gesto
Li nombra el conjunto de rituales y buenas formas que hacen previsible la convivencia. No es un formalismo vacío; es una pedagogía de la atención. En Singapur se reconoce en hábitos cotidianos: colas ordenadas, entrega de sobres rojos (ang bao) en Año Nuevo lunar con ambas manos, tono moderado en el ascensor. La ciudad coreografía el respeto con reglas simples que evitan choques.
Benevolencia (ren): instituciones con rostro humano
Ren es la benevolencia, la disposición a ponerse en el lugar del otro. Su rastro aparece en asociaciones de clan, templos y consejos comunitarios que otorgan becas, sostienen tutorías y organizan donaciones.
En un sistema que exige mucho, estas redes actúan como amortiguadores: apoyo escolar asequible, comedores solidarios, visitas a mayores solos en bloques.La benevolencia también se expresa en políticas públicas que buscan equilibrio entre seguridad y oportunidad, como la fuerte apuesta por vivienda social de calidad o programas para el empleo senior. No todo encaja siempre: a veces la ayuda llega tarde o se reparte con sesgos. Aun así, la expectativa de un trato justo y humano permanece como horizonte compartido.
El junzi contemporáneo: servicio, autocultivo y profesionalidad
El junzi es, en Confucio, la persona cabal: alguien que se cultiva para servir al bien común. En Singapur, el ideal dialoga con la figura del funcionario meritocrático, el profesional honesto o el emprendedor que devuelve a la sociedad parte de lo recibido. Becas del servicio público, códigos estrictos contra la corrupción y una cultura de cumplimiento sostienen la idea de que la rectitud es práctica, no mera predicación. El junzi de hoy estudia, trabaja, cuida a sus padres y respeta la ley; a veces se cansa. De ahí que ganen espacio las conversaciones sobre salud mental, conciliación y éxito sostenible, sin renunciar a la excelencia.

Autoridad y consentimiento: jerarquía con frenos
La ética confuciana valora la jerarquía como red de responsabilidades mutuas. Singapur añade un corrector anglosajón: la supremacía de la ley. Escuelas, oficinas y barrios funcionan con cadenas claras de mando, pero también con procedimientos auditables. La deferencia hacia maestros y superiores convive con canales de queja, encuestas públicas y tribunales accesibles. La mezcla produce instituciones eficientes y, a veces, una autocensura que empobrece el debate. El reto consiste en formar ciudadanos respetuosos que no confundan respeto con silencio.
Una ciudad plural que habla varios idiomas morales
Sin embargo, nada de lo anterior ocurre en el vacío. Singapur es multirreligiosa y multilingüe; su calendario integra festividades chinas, malayas e indias; su derecho inspira confianza anglosajona; su economía opera en redes globales. El confucianismo aporta una guía que se cruza con otras tradiciones: el gotong-royong malayo (ayuda mutua), la ética tamil del deber y el individualismo liberal. La pluralidad no borra el legado chino; lo sitúa y lo matiza. Hablar de Confucio en Singapur es describir una gramática viva que organiza prioridades sin cerrar la conversación. En esa dialéctica, la ciudad encuentra su tono: una combinación de reglas claras y sensibilidad por el otro.
A. Bermejo Vesga
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Singapur: el legado de Lee Kuan Yew
La figura de Lee Kuan Yew
En enero de 2026 ONEIRA club de viajeros se aventura en Malasia & Singapur (¡contamos con plazas libres, si quieres acompañarnos de viaje!). Una figura extraordinaria en la historia de este último país es Lee Kuan Yew. La biografía de Lee Kuan Yew cabe en una fórmula conocida en las ex colonias británicas: abogado formado en Cambridge, fundador del partido político PAP en 1954, primer ministro desde 1959 hasta 1990, y figura central del Singapur independiente desde 1965. Sus decisiones forjaron un Estado funcional y una economía abierta en tiempo récord, pero también delimitaron con firmeza el campo político y mediático. Esa dualidad —construcción y control—es la que aún hoy continúa marcando su legado. Si te interesa esta historia, leyendo en nuestro Blog Oneira:
Forjar un país desde la orilla
Singapur salió de la unión con Malasia el 9 de agosto de 1965. No fue un triunfo épico, sino una ruptura forzada que dejó a Lee ante una ciudad-Estado con tensiones étnicas y un paro elevado. Su gobierno desde el primer momento priorizó la estabilidad social, la vivienda, la industria ligera y atraer a multinacionales. La estrategia se apoyó en un puerto hiper eficiente y una infraestructura pública y una administración reclutada enteramente en base al mérito. El resultado fue una transformación sostenida que elevó a Singapur de un país de ingresos bajos a una referencia económica a nivel mundial en apenas dos generaciones.
Ciudad, vivienda y bilingüismo
El programa de vivienda pública de la HDB (la agencia pública de vivienda del país) cambió el paisaje social. Desde mediados de los años ochenta, más del 80% de la población residente pasó a vivir en pisos públicos, con mezcla de ingresos y cuotas étnicas para mitigar la segregación. El Estado urbanizó, reubicó barrios precarios y convirtió el “piso” en pilar de ciudadanía económica. Paralelamente, Lee impulsó una política de bilingüismo singular: inglés como lengua de trabajo común y “lenguas maternas” —mandarín, malayo, tamil— como anclaje cultural. Esa combinación facilitó insertarse en la economía global sin perder referencias identitarias, aunque generó debates sobre cargas escolares y homogenización lingüística.
Control político y líneas rojas
El reverso de la estabilidad del país fue un perímetro estrecho para la oposición, los medios y la protesta. El Gobierno usó la Ley de Seguridad Interna —heredada del periodo colonial— para detener sin juicio a opositores reales o percibidos. Dos operaciones se volvieron emblema: Coldstore en 1963 y Spectrum en 1987, con decenas de arrestos por supuestas conspiraciones de izquierda. La prensa quedó sujeta a licencias y controles bajo la Newspaper and Printing Presses Act de 1974, dentro de una “gestión” del ecosistema mediático defendida por el propio Lee. El espacio cívico no desapareció, pero aprendió a moverse con cautela.

“Valores asiáticos” y paternalismo
Durante los noventa, Lee articuló una defensa del “paternalismo democrático” con el léxico de los “valores asiáticos”. Sostuvo que la prioridad colectiva, la deferencia y el orden social podían justificar límites a ciertas libertades si con ello se garantizaban cohesión y prosperidad. El argumento generó réplicas dentro y fuera de Asia, pero fijó un marco del que Singapur aún no se ha desligado del todo. Sus entrevistas y la literatura académica de la época documentan esa controversia.
¿Visionario o autoritario?
Las etiquetas puede que simplifiquen, pero ayudan a ordenar la biografía del gobernante. Podemos catalogarlo de visionario, ya que es innegable que tuvo una la lectura precisa del entorno regional, por su apuesta temprana por reglas pro-empresa, puertos y aeropuertos de primer nivel, y por la profesionalización del Estado. Autoritario, por el uso de leyes de excepción, por la presión legal sobre críticos y por una arquitectura electoral que consolidó la hegemonía del partido que creó. Su trayectoria posterior como Senior Minister y Minister Mentor prolongó esa influencia más allá de 1990, apuntalando continuidad y, para algunos, dependencia de un liderazgo carismático.
Legado en disputa, instituciones en marcha
Hoy, buena parte de los logros de Lee son estructura: puertos líderes, educación exigente, finanzas sólidas y vivienda pública amplia. También lo son sus sombras: medios prudentes, oposición fragmentada y una cultura política que valora el consenso por encima del conflicto. Las sucesivas generaciones han ajustado ese modelo con más transparencia, políticas sociales refinadas y mayor atención a la salud mental y desigualdad, sin abandonar el núcleo tecnocrático. Las tensiones recientes —escándalos puntuales, debates sobre libertad de expresión o el rol de las redes— muestran que el prestigio anticorrupción convive con un escrutinio más intenso.
Un juicio razonable
Lee Kuan Yew no fue un demócrata liberal en el sentido clásico. Fue un constructor de Estado con una convicción férrea de que el desarrollo exigía orden, disciplina y una administración honesta. Su éxito económico es difícil de discutir; sus límites políticos, también. Quizá la fórmula más justa sea esta: su legado es un sistema que produjo riqueza y seguridad a gran escala, a costa de acotar el disenso. La pregunta que deja a sus herederos no es si mantener ese equilibrio, sino cómo moverlo con una sociedad más educada, conectada y exigente. Ese, más que su carisma, es el debate que sigue vivo en Singapur.
A. Bermejo Vesga
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